¿Merece la pena visitar Turín? Conoce ahora mismo mi opinión más sincera

Salí de la estación de Porta Nuova y los soportales de Via Roma arrancaban prácticamente enfrente, así que eché a andar hacia el centro por debajo de ellos. El tráfico es intenso y en los cruces fui con cuidado, porque aquí los coches no esperan mucho. Esa fue mi primera impresión, una ciudad grande y con prisa, y no es la que me llevé al irme. Quería comprobar si merece la pena visitar Turín, una ciudad que casi nadie pone en su primera lista de Italia.

La respuesta corta es que sí. Turín pierde en fama frente a Roma o Florencia, pero lo agradecí desde el primer paseo porque hay bastante menos gente y los precios son más razonables. Por sus avenidas rectas y sus cafés me recordó más a París que a Roma. Y tiene dos museos que por sí solos justifican el viaje.

Por qué Turín me convenció entre los soportales de Via Roma y la Mole

Via Roma es la calle de las tiendas de marca y la recorrí bajo los soportales mirando más los edificios que los escaparates, todos con la misma altura y la misma línea. A mitad de camino se abre la Piazza San Carlo, a la que llaman el salón de Turín, y me pareció preciosa. Las iglesias gemelas de Santa Cristina y San Carlo Borromeo cierran un lado y el caballo de bronce de Manuel Filiberto ocupa el centro. Me senté en la terraza del Caffè Torino a tomar algo con las fachadas delante. Al irme pisé el toro dibujado en el suelo, que según dicen da suerte, y el neón de Martini que hay junto al café quedaba bien para una foto.

Siguiendo Via Roma llegué a la Piazza Castello, enorme y peatonal. El Palazzo Madama es el edificio más curioso de la ciudad, porque por detrás conserva el castillo medieval con sus torres y por delante luce una fachada barroca. Subí a la torre para ver la plaza y la Mole desde arriba. Justo al lado está el Palacio Real, que por fuera es sobrio y no impresiona. Entré igualmente y el interior merece mucho la pena por los salones barrocos y por la Armería Real, de las mejores de Europa.

Una mañana fui temprano al Caffè Al Bicerin, que abrió en 1763 y es tan pequeño que se llena enseguida. Pedí el bicerin, café y chocolate caliente con crema por encima, y me lo bebí sin mezclar, como se toma aquí. Después entré en el Museo Egipcio, el segundo más importante del mundo tras el de El Cairo, con unos 3.300 objetos expuestos. No soy muy de museos y aun así me pareció espectacular por lo bien conservadas que están las piezas.

La Mole Antonelliana la fui viendo asomar por encima de los tejados desde casi cualquier calle, con sus 167 metros, hasta que entré en ella. Dentro está el Museo del Cine, de los más originales que he visto, y lo mejor fue tumbarme en las tumbonas de la sala central a mirar las proyecciones sobre la cúpula. Luego subí en el ascensor panorámico, de paredes transparentes, y desde arriba se ve la ciudad con los Alpes detrás. Para la otra gran panorámica crucé el Po y subí al Monte dei Cappuccini, con una cuesta que se nota en las piernas. Arriba tienes el río y la Mole con las montañas al fondo, y aunque el Museo de la Montaña no me llamó la atención, pagué los 3 € de su terraza y compensan. Esa vista resume bien por qué merece la pena visitar Turín.

Las colas de la Mole y la Torino+Piemonte Card

La cola del ascensor de la Mole puede ser de varias horas y se paga aparte del museo, así que yo compraría la entrada con antelación. En temporada alta haría lo mismo con el Museo Egipcio.

Si vas a entrar en varios museos, la Torino+Piemonte Card sale a cuenta porque incluye el Egipcio y la entrada a los palacios de la Piazza Castello. Los cafés históricos cobran bastante más que un bar normal, y aun así me senté en ellos siempre que pude. El centro se recorre andando, así que no pagaría transporte.

Volvería sin pensarlo, porque sí merece la pena visitar Turín, y con dos o tres días la ves tranquilamente.

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