Salí del metro en Plaza Nueva y me fui andando hasta la Plaza de la Encarnación, unos diez minutos con el sol ya alto. Doblé la esquina y ahí estaban: una mole de madera clara que se levanta de golpe entre edificios viejos del centro. No es sutil. Contrasta tanto que la primera reacción es pararse en seco y mirar hacia arriba. Yo lo hice, como todo el que llega. Alrededor había gente sentada a la sombra que da la estructura, algún grupo con el móvil en alto y un par de turistas buscando el cartel de «I ❤ Sevilla» para la foto de rigor.
Lo primero que pensé fue que había que averiguar por dónde se sube, porque el acceso al mirador no está a pie de calle, sino en la planta -1. Bajé, saqué la entrada y me quedó una duda razonable: pagar quince euros por subir a una pasarela cuando tienes la Catedral a diez minutos andando no es una decisión evidente. Aun así, y lo adelanto ya, merece la pena subir a las Setas de Sevilla. Me costó reconocerlo desde abajo, pero arriba cambia la cosa.
Subir arriba y entender de qué va esto
Se sube en ascensor, que se agradece, y en cuanto pisas la pasarela entiendes por qué la gente insiste. La estructura tiene 28 metros en sus puntos altos y el recorrido es circular, así que fui dando la vuelta entera sin prisa. Desde arriba se ve toda la ciudad: la Giralda, la Catedral, el Guadalquivir al fondo y los tejados rojizos apretados unos contra otros. Paré en el lado que mira a la Giralda porque es donde mejor se entiende Sevilla de un vistazo. La pasarela va subiendo con pequeños escalones en algunos tramos, detalle a tener en cuenta si vas con problemas de movilidad, aunque el 90% del recorrido es accesible.
Aquí es donde merece la pena subir a las Setas de Sevilla de verdad, y no tanto por la madera como por lo que ves desde ella. La entrada general cuesta 15 € e incluye doble acceso durante 48 horas, algo que al principio me pareció un truco comercial y luego usé sin dudar. Si eres de Sevilla o estás empadronado, subes gratis enseñando el DNI en taquilla. Repetí el circuito dos veces. La primera para verlo todo, la segunda para quedarme donde más me gustaba.
El monumento abrió en 2011 y en 2022 fue el segundo lugar más buscado en Google del planeta, solo por detrás del Sky Garden de Londres. Un dato que suena inflado hasta que estás arriba y ves a cuánta gente ha traído. Merece la pena subir a las Setas de Sevilla también por eso, por comprobar en persona por qué se ha vuelto un imprescindible reciente de la ciudad. La única pega clara: el precio ha subido bastante respecto a hace unos años. Lo compensa el doble acceso, que estira mucho lo que pagas.
Dónde queda mejor la foto (y dónde no tanto)
Volví a última hora de la tarde con el segundo acceso y ahí la estructura funciona distinto. La luz daba de lado y la madera cogía tonos naranjas; el lado oeste se llena a tope antes de la puesta de sol, así que llegué con margen para pillar sitio. Queda bien para una foto, sin más misterio. Bonito, la verdad. Por la noche entré al espectáculo de luces Aurora, que va cambiando según la temperatura y el viento, y también vi la proyección Feeling Sevilla, un vídeo inmersivo sobre la ciudad que está incluido en la entrada. Me senté y lo dejé correr. No esperaba gran cosa y me sorprendió.
Abajo, en la plaza y a ras de calle, hay más de lo que parece. Comí de tapas en el Café-Bar Los Alcázares, que pese al nombre del sitio no tiene ni una seta en la carta, cosa que me hizo gracia. Otra tarde me tomé un cóctel en la terraza de La Gorda de las Setas, tranquilo, con música de fondo. Si vas de domingo, el brunch de La Mala es de los sitios de moda del complejo. Y merece un rodeo el Mercado de la Encarnación, el más antiguo de Sevilla metido dentro del edificio más moderno; entré a curiosear entre puestos de producto fresco. Dentro de la propia estructura se celebran los conciertos Candlelight a la luz de velas, homenajes a bandas como The Beatles o ABBA. El interior es lo que menos gente conoce y precioso por dentro.
¿Volvería? Mi veredicto tras callejear por la Encarnación
Bajé por las escaleras de una de las torres, que es la parte que casi nadie mira, y resultó ser lo que más me gustó. Vas descubriendo la estructura desde dentro, con paneles sobre cómo se construyó, las piezas de madera, los tornillos. Al salir hay una fuente de agua fría y rellené la botella antes de seguir andando hacia la Macarena.
Entré con dudas y salí convencido. No es un monumento con siglos detrás, es una pasarela de madera de hace nada, y aun así te da la mejor panorámica de Sevilla y un par de tardes bien aprovechadas. La combinación de subir de día, volver de noche y matar el rato abajo entre tapas y mercado compensa de sobra lo que pagas. Merece la pena subir a las Setas de Sevilla, y yo repetiría mañana mismo. Quizá lo interesante no sea que un sevillano defienda ahora a capa y espada algo que al principio muchos criticaron, sino lo rápido que un sitio nuevo se gana un hueco cuando, sencillamente, funciona.