¿Merece la pena visitar Coimbra? Descubre la opinión de un viajero

Llegué a Coimbra en tren a primera hora de la tarde, con el traqueteo seco de las ruedas aún en la cabeza y una temperatura más baja de lo que esperaba para Portugal. La estación está bien, pero el primer tramo hacia el centro ya avisa: cuestas largas y maletas que sobran. No es una ciudad cómoda de entrada, y eso se nota desde el minuto uno.

El alojamiento estaba cerca de la Baixa, pero tardé más de lo previsto en llegar porque las calles no ayudan y la señalización tampoco. A esa hora había poco ambiente, algo raro para una ciudad universitaria. Ahí apareció la duda razonable: merece la pena visitar Coimbra o es solo una parada intermedia entre Oporto y Lisboa.

No hubo flechazo. Hubo silencio, calles empinadas y una sensación de pausa forzada. Coimbra no se esfuerza en caerte bien, y eso marca todo lo que viene después.

Coimbra es una ciudad que te exige tiempo y piernas

Coimbra no se entiende en un paseo rápido. Aquí todo pasa despacio y en desnivel, y si no aceptas eso, la ciudad se te queda corta. Al segundo día ya tenía claro que merece la pena visitar Coimbra solo si ajustas expectativas.

La Universidad de Coimbra lo condiciona todo. Horarios, precios y ambiente giran alrededor de los estudiantes, y cuando no están, la ciudad baja varias marchas. A cambio, no hay ruido constante ni saturación turística fuera de momentos muy concretos.

Me gustó que no viva del souvenir fácil. Hay menos tiendas pensadas para el visitante y más bares normales, librerías pequeñas y menús del día sin trampas. Eso no vende postal, pero suma experiencia real.

Cuando alguien me pregunta si merece la pena visitar Coimbra, suelo matizar. No es una ciudad de estímulo inmediato, pero sí de decisiones coherentes: caminar, sentarte, observar y seguir. Si eso encaja contigo, funciona.

Sitios que se recorren mejor sin prisa

La Universidad de Coimbra me ocupó casi toda una mañana. Esperé para entrar en la Biblioteca Joanina y entendí por qué se controla el acceso: no es un decorado, sigue siendo un espacio vivo. Las vistas desde el patio ayudan a ubicar la ciudad, aunque subir hasta allí cansa.

La Catedral Vieja fue una visita breve y directa. Entré, recorrí el claustro y salí sin sensación de saturación. No necesita más tiempo del justo, y eso juega a su favor.

El Jardín Botánico fue un descanso literal. Pasé allí casi una hora sentado, sin hacer fotos, solo parando piernas. Está algo apartado, pero compensa si vienes de encadenar cuestas.

El Monasterio de Santa Cruz se integra bien en el recorrido diario. Entré casi por inercia y encontré silencio en medio del paso comercial. Ese contraste es lo que más me llevé.

Al cruzar el río, el Monasterio de Santa Clara pesa más por el contexto que por el interior. La caminata merece la pena una vez. La Quinta das Lágrimas, en cambio, se recorre con calma y espacio; es amplia, cuidada y menos concurrida de lo esperado.

Mi opinión de Coimbra tras caminarla

Coimbra no es cómoda ni inmediata, y no intenta serlo. Me quedo con la Universidad, la Catedral Vieja, el Jardín Botánico y los monasterios, porque aportan capas distintas sin ruido ni artificio. Después de varios días andando sin prisa, tengo claro que merece la pena visitar Coimbra si aceptas ciudades que no se explican solas y te obligan a quedarte un poco más.