Dejé el coche en uno de los aparcamientos de la orilla del Queiles y, nada más bajar, vi la torre de la Magdalena asomando por encima de los tejados del cerro. Venía con la duda de si merece la pena visitar Tarazona o si era solo una parada de paso entre Zaragoza y Soria, y la resolví bastante pronto. Para ser una ciudad tan pequeña, tiene muchísimo patrimonio mudéjar y renacentista.
Eso sí, el casco antiguo está en cuesta y la judería tenía algunas zonas en restauración. Me puse calzado cómodo y empecé por la parte baja, que es la más llana.
Una ciudad partida en dos por el Queiles
El río divide Tarazona en dos mitades. Arriba, en el cerro, queda el casco viejo, y abajo la zona donde están la catedral y la plaza de toros. Caminé un tramo por la orilla y me paré en el puente del Hospital, desde donde hay una panorámica guapa del casco histórico con el Palacio Episcopal y la Magdalena en lo alto.
Luego crucé la Plaza de Toros Vieja, que es de lo más curioso que he visto en un coso. Tiene planta octogonal y en realidad son 32 casas levantadas en 1792 alrededor del ruedo, con los balcones mirando al centro. Siguen habitadas y en la arena se hacen conciertos. Me pareció preciosa, y desde el centro sale una foto muy buena.
A pocos minutos andando está la catedral de Santa María de la Huerta, que para mí es el gran motivo por el que merece la pena visitar Tarazona. Estuvo tres décadas cerrada por restauración, reabrió en 2011 y se nota lo bien conservada que está. Por fuera ya llaman la atención la torre y el cimborrio mudéjar, pero dentro es una pasada. Recorrí el claustro, con celosías de yeso que no repiten diseño, y me quedé mirando las grisallas del cimborrio, con desnudos que es muy raro encontrar en una catedral. Pagué la Experiencia Kiborion para subir al cimborrio y la recomiendo, porque arriba ves el templo desde dentro y la ciudad desde fuera.
Subí por El Cinto hasta el Palacio Episcopal
Crucé el río y subí a la Plaza de España, donde está el Ayuntamiento. La fachada es espectacular. Me fijé en el friso de 32 metros con el cortejo de Carlos V tras su coronación en Bolonia, que recorre todo el edificio, y en las figuras de Hércules y los gigantes de la leyenda fundacional. Lo mejor que puedes hacer es sentarte en una terraza de la plaza y tomarte algo mirándola, que es justo lo que hice yo. De aquí sale el Cipotegato cada 27 de agosto, por si te cuadran las fechas.
Desde la plaza me metí en la judería, con calles estrechas y empinadas y las placas de Caminos de Sefarad en el suelo. Callejear por aquí es buen plan. Las Casas Colgadas de la Rúa Alta cuestan un poco de encontrar, pero cuando das con ellas son bonitas y curiosas, apoyadas sobre la antigua muralla y a una escala más modesta que las de Cuenca.
Arriba del todo está el Palacio Episcopal, con una galería de arquillos asomada al Queiles que por fuera ya es muy bonita. Solo se entra con visita guiada, así que me apunté, y compensa por el patio renacentista y por el Salón de Obispos. Lo que más me llamó la atención fueron las cárceles, con más de 200 grafitis en las paredes hechos por religiosos presos y por soldados.
Justo al lado está la Magdalena, la primera catedral que tuvo la ciudad, con una torre mudéjar muy bonita que se ve desde todas partes. Me asomé al mirador de la plaza del Palacio, que tiene la mejor vista de Tarazona, con la plaza de toros octogonal y la catedral abajo. Es el sitio donde hacer la foto de la ciudad para Instagram, y ahí terminé de convencerme de que merece la pena visitar Tarazona.
¿Basta un día para la Tarazona mudéjar?
Sí. En un día te la ves tranquilamente a pie, porque casi todo queda entre el río y El Cinto y las distancias son cortas. Lo único que yo planificaría es el Palacio Episcopal, que tiene horarios reducidos, así que mira cuándo hay visita antes de ir. Para el resto basta con dejar el coche abajo y subir sin prisas. Es una ciudad poco masificada y se pasea a gusto.
Me quedo con la catedral, la fachada del Ayuntamiento y la Plaza de Toros Vieja, y solo por esos tres sitios ya merece la pena visitar Tarazona.