¿Merece la pena visitar Zagreb? Conoce la opinión de un viajero

El primer sonido que registré al salir de la estación central fue el chirrido metálico de los tranvías azules recorriendo las vías. El aire de Zagreb en octubre tiene un filo frío que te obliga a subirte el cuello de la chaqueta mientras buscas el primer café del día. Mi primera impresión fue la de una ciudad que no intenta impresionarte a primera vista, con sus fachadas de un amarillo austrohúngaro algo desgastado por el tiempo.

Me instalé en un pequeño apartamento cerca de la plaza Ban Jelačić y me dediqué a caminar sin un rumbo fijo. A diferencia de la costa croata, aquí no hay olor a salitre ni hordas de cruceros bloqueando las calles principales. Es una capital que se siente viva por sus propios habitantes, no solo por quienes estamos de paso con una mochila al hombro.

Después de un par de horas recorriendo el centro, me pregunté seriamente si merece la pena visitar Zagreb cuando Split o Dubrovnik roban siempre el protagonismo. La respuesta no llegó frente a un monumento, sino observando la parsimonia con la que los locales estiran un solo espresso durante toda la mañana. Es una ciudad de ritmos lentos incrustada en una arquitectura que impone respeto y sobriedad.

Los contrastes marcados de Zagreb

Zagreb es una ciudad que se consume en las terrazas, incluso cuando el termómetro baja de los diez grados. No busques grandes hitos arquitectónicos que te dejen sin aliento, porque su fuerza reside en la cotidianidad de sus calles. Me sorprendió la cantidad de gente que se reúne en la calle Bogovićeva simplemente para ver y ser visto bajo el sol de mediodía.

Caminando hacia la Ciudad Alta, el ambiente cambia y el ruido del tráfico desaparece para dar paso al eco de tus propios pasos sobre el empedrado. Allí arriba, el tiempo parece haberse detenido en una época de farolas de gas que un operario sigue encendiendo a mano cada tarde. Considero que merece la pena visitar Zagreb solo por sentir ese contraste entre la ciudad baja, comercial y ruidosa, y el silencio casi monástico de sus barrios antiguos.

Es cierto que algunos edificios necesitan una mano de pintura y que el transporte público puede ser confuso si no dominas el mapa de líneas. Sin embargo, esa falta de pulido le da una autenticidad que ya han perdido otras capitales europeas entregadas al turismo de masas. Si buscas una experiencia real, sin filtros de Instagram en cada esquina, merece la pena visitar Zagreb para entender la verdadera identidad croata más allá de las playas.

Zagreb: luz, piedra y techos de colores

El Mercado de Dolac es una explosión de color bajo cientos de sombrillas rojas que protegen del sol los quesos y las frutas frescas. El olor a tierra húmeda y a pan recién horneado golpea con fuerza nada más subir las escaleras que conectan con la plaza principal. Es el corazón de la ciudad, un lugar ruidoso y algo caótico donde los vendedores gritan los precios mientras las señoras mayores arrastran sus carritos de la compra.

Subiendo un poco más, llegas a la Iglesia de San Marcos, famosa por su tejado de azulejos que brilla como si fuera un mosaico de porcelana. Los colores azul, blanco y rojo de los escudos heráldicos destacan contra el cielo gris de la tarde, creando una imagen geométrica casi perfecta. Es un rincón pequeño, pero la intensidad de sus detalles te obliga a detenerte y simplemente observar el trabajo artesanal de cada pieza.

Al caer la tarde, el Túnel Grič ofrece una experiencia sensorial distinta, pasando del frío de la piedra subterránea a la penumbra de un refugio de guerra reconvertido. Al salir por el otro extremo, las vistas desde el paseo Strossmayer revelan una alfombra de tejados rojos que se extienden hasta perderse en la bruma del río Sava. Es una mezcla extraña de melancolía y belleza que define perfectamente el carácter visual de esta capital.

Mi veredicto tras caminar sus calles

Zagreb no es una ciudad de amor a primera vista, sino de cariño progresivo a medida que descubres sus esquinas menos amables. Me voy con la sensación de haber conocido un lugar que no finge ser lo que no es para agradar al visitante. Es barata en comparación con la costa, pero a veces resulta algo gris si el clima no acompaña durante tu estancia.

Si esperas un parque temático medieval, quizás te decepcione su sobriedad central europea y sus bloques de hormigón periféricos. Pero si valoras sentarte en un banco a ver pasar la vida sin prisas, creo que merece la pena visitar Zagreb al menos una vez en la vida. Al final, los mejores viajes son aquellos que no te dan todo masticado, sino que te obligan a buscar la belleza en lo ordinario.

¿Volvería el próximo año? Probablemente preferiría explorar nuevos destinos, pero me alegra haberle dedicado tiempo a sus tranvías y sus cafés.