Arrecife está a diez minutos del aeropuerto, pero la mayoría de los que aterrizan en Lanzarote la cruzan sin bajarse del coche. Alquilan, meten el GPS rumbo a Timanfaya o a Costa Teguise y se olvidan de que la capital existe. Yo hice lo mismo en mi primer viaje. Esta vez quise dedicarle una mañana entera para saber si merece la pena visitar Arrecife o si los que se la saltan tienen razón.
Lo primero que noté al aparcar junto al recinto ferial, gratis y con sitio de sobra, fue la calma. Una ciudad pequeña que vive a su ritmo, sin el ruido de las zonas turísticas del sur. Arrecife fue capital por decreto en 1852, cuando la reina Isabel II trasladó la capitalidad desde Teguise, en el interior de la isla, al puerto natural de Naos. Hasta entonces, la capital estaba tierra adentro para protegerse de los piratas berberiscos. Cuando dejaron de ser una amenaza, el puerto ganó la partida. Esa decisión explica lo que ves al pasear hoy: un casco antiguo marinero y compacto, pegado al agua, que se recorre entero a pie en una mañana. Con la mochila ligera y sin plan cerrado, empecé a caminar.
Qué encontré en el casco antiguo de Arrecife
Fui directo al Charco de San Ginés, una laguna marina natural de 1,2 hectáreas conectada al Atlántico por un canal estrecho que sube y baja con la marea dos veces al día. Me senté en una terraza del lado norte sobre las diez de la mañana, pedí un café con leche y me quedé mirando las casas blancas que bordean el agua. Son las mismas que César Manrique defendió contra la especulación urbanística en los años setenta, hoy declaradas Bien de Interés Cultural. Una pasada de sitio. Junto al muelle descansan barquitas de pescadores y hasta se puede ver el esqueleto de una ballena de once metros varada en 1995. Rodeé la laguna entera por la pasarela peatonal, unos 800 metros, y con la marea alta las fachadas se reflejaban limpias en el agua. Si tuviera que recomendar un solo sitio de Arrecife, sería este.
Al final de la pasarela llegué a la Iglesia de San Ginés, en la Plaza de las Palmas. La fachada me gustó mucho, con la piedra volcánica negra contrastando contra los muros encalados. Entré y el artesonado de madera mudéjar del techo me pareció precioso, de esas cosas que no esperas encontrar en un templo tan pequeño. La imagen de San Ginés de Clermont y la Virgen del Rosario, ambas de 1798 y hechas en La Habana, tienen su historia. Pero fue la plaza lo que más disfruté. Me senté en un banco bajo las palmeras y me costó levantarme. Varios vecinos charlaban tranquilamente y un par de abuelos leían el periódico. Los sábados por la mañana hay mercadillo agrícola en esta misma plaza, con fruta de la isla y quesos canarios.
Por detrás de la iglesia, callejeando sin rumbo, di con el Callejón El Aguaresío. Es una calle peatonal del antiguo barrio de La Puntilla que rinde homenaje a Luis Hernández Fuentes, un marinero que vivió en este callejón sus 89 años. Los muros blancos salpicados de roca volcánica negra y un ficus enorme que cubre la calle entera le dan un encanto especial. En una esquina hay una tinaja antigua que parece llevar ahí décadas. Muy bonito. Dicen que es el casco histórico más pequeño del mundo y puede que no les falte razón.
Seguí caminando y entré en la Calle León y Castillo, la arteria comercial peatonal de Arrecife, también conocida como Calle Real. Me paré en La Mallorquina, una pastelería abierta desde 1925, y probé el bienmesabe. Está muy bueno. Unos metros más adelante, la fachada de azulejos amarillos de la Casa Amarilla llama la atención entre tanto blanco. Fue la sede del Cabildo de Lanzarote y hoy acoge exposiciones gratuitas sobre la historia de la isla, abierta de lunes a sábado. Si alguien me pregunta si merece la pena visitar Arrecife solo por el casco antiguo, le digo que sí sin pensarlo.
Del paseo marítimo al castillo: la otra cara de Arrecife
Salí del casco antiguo hacia el paseo marítimo, un camino empedrado que corre paralelo al océano durante dos kilómetros. Es amplio, cómodo y con buenas vistas a la bahía y a las montañas de la isla al fondo. Me crucé con varias esculturas en el tramo que va del centro al Puente de las Bolas. La que más me llamó la atención es La Mirada de César, de Manolo González, un homenaje al artista más importante de Lanzarote. Cerca está también Los Buches, de Evelina Martín, dedicada a una figura popular del Carnaval de Arrecife. Lo curioso es que en algunas zonas los caminos empedrados van suspendidos sobre el océano, y caminar por encima del agua con el viento de cara es una experiencia que no esperas de una capital.
Y entonces llegas al Castillo de San Gabriel. Crucé el Puente de las Bolas, una pasarela de piedra de 175 metros con dos esferas en la entrada que sale en todas las postales antiguas de la ciudad. A los lados, un par de pescadores lanzaban sedal al agua como si el puente fuera suyo. El castillo es una fortaleza de 1574 levantada sobre un islote para frenar los ataques de piratas berberiscos. Pagué 3 euros, entré al Museo de Historia de Arrecife y subí a la azotea. Las vistas del puerto y del casco antiguo, con las montañas de la isla al fondo, fueron lo mejor del día. Espectacular. Merece la pena visitar Arrecife aunque solo tengas unas horas, porque este castillo y estas vistas compensan el viaje. Los domingos cierra, así que conviene tenerlo en cuenta.
El otro castillo de Arrecife queda a unos 2,5 kilómetros del centro siguiendo la Avenida Marítima. El Castillo de San José lo mandó construir Carlos III en 1779 para dar trabajo y jornal a los lanzaroteños durante la hambruna que siguió a las erupciones de Timanfaya, entre 1730 y 1736. De ahí su apodo, la Fortaleza del Hambre. César Manrique lo rehabilitó en 1976, respetando el muro original del siglo XVIII y excavando debajo una sala expositiva acristalada asomada al agua. Entré y vi obras de Tàpies, Millares, Sempere y el propio Manrique. La colección se recorre en menos de una hora. La entrada cuesta 5,40 euros y abre todos los días de once a seis de la tarde. Me quedé un buen rato en la cafetería con cristalera al puerto, que se puede usar sin pagar entrada. Muy recomendable para tomar algo con vistas.
De vuelta al centro, pasé por la Playa del Reducto, 480 metros de arena dorada con bandera azul y aguas tranquilas entre 18 y 22 grados casi todo el año. La playa estaba tranquila y me descalcé para caminar un rato por la orilla. Bonita para ser una playa urbana, bastante más resguardada que Puerto del Carmen. Lo que más me llamó la atención es lo cerca que está de todo. Se puede ir directamente desde el Charco de San Ginés sin coger el coche, y al salir del agua los chiringuitos del paseo marítimo están a menos de dos minutos.
Terminé la mañana en la Marina Lanzarote, el puerto deportivo inaugurado en 2014 con capacidad para 425 atraques. No es un sitio histórico, pero la terraza con vistas al Atlántico a la hora de comer resultó ser un buen remate. Me pedí una caña y me quedé viendo los barcos. En los restaurantes a pie de muelle el pescado fresco va a precio de mercado local, sin el sobreprecio turístico de las zonas del sur. Una parrillada de pescado para dos personas sale por entre 30 y 40 euros con vino canario incluido. Merece la pena visitar Arrecife aunque solo sea por una mañana como la que yo me di, porque el recorrido completo son unos 4 kilómetros y se hacen sin forzar.
Entonces, ¿merece la pena visitar Arrecife?
Sí. Una mañana bien invertida, de esas que justifican haberse levantado temprano en vacaciones. El recorrido entero a pie lleva entre 3 y 4 horas, y al final te vas con la sensación de haber descubierto un trozo de Lanzarote que la mayoría ni sabe que existe. La ciudad no tiene el paisaje volcánico de Timanfaya ni las playas salvajes de Famara, pero tiene un casco antiguo con vida real pegado al mar, donde todavía se desayuna frente a una laguna llena de barquitas y se come pescado a precio local. Si me quedo con algo, es con el café frente al Charco de San Ginés mientras las fachadas se reflejaban en el agua, y con las vistas desde la azotea del Castillo de San Gabriel. La calma de la Plaza de las Palmas un sábado por la mañana también se me quedó grabada.
Arrecife no va a salir en ninguna lista de las ciudades más bonitas de España. No tiene catedrales góticas ni grandes museos de renombre mundial. Pero volví al coche después de aquella mañana con ganas de haberme quedado a comer. Se puede pasear sin mapa y comer bien por poco dinero en un sitio donde los vecinos todavía se conocen de nombre. Para mí, merece la pena visitar Arrecife precisamente por eso.