Aparqué a unos 500 metros del centro porque los aparcamientos más cercanos al Puente Nuevo estaban llenos. Era media mañana y el calor ya apretaba bastante. Subí la cuesta hasta la zona del puente y en cinco minutos ya estaba en el borde del Tajo.
Ronda no es de esos destinos a los que llegas sin expectativas. Yo iba con la imagen del puente en la cabeza desde hacía meses y caminé por la calle principal preguntándome si la realidad iba a estar a la altura. Lo estaba.
Llegué al borde y la garganta se abre de golpe, vertical, con unos 100 metros de caída hasta el fondo. Había bastante gente haciéndose fotos, grupos organizados y palos de selfie apuntando al puente, pero con esas vistas da igual. Me senté a tomarme un café en una terraza cercana mientras miraba el precipicio.
Si alguien me preguntara si merece la pena visitar Ronda, le diría que se asome al Tajo y decida por sí mismo. Yo lo tuve claro en diez minutos.
Lo que pasa cuando llegas al borde del Tajo
El Puente Nuevo es probablemente la construcción más espectacular que he visto en un pueblo de Andalucía. Se tardó más de cuarenta años en construirlo, entre 1751 y 1793, y cuando te paras en medio y miras hacia abajo la escala es difícil de procesar. Había bastante gente haciéndose fotos, pero la vista lo compensa todo. Crucé de un lado a otro varias veces buscando el mejor ángulo y acabé bajando por un sendero lateral hasta el fondo de la garganta. Desde abajo es donde impresiona de verdad, porque la piedra del puente se confunde con la roca natural del acantilado y el conjunto es una locura.
El Tajo es lo que define Ronda. Me acerqué al Mirador de Aldehuela, que da una perspectiva frontal del puente con toda la garganta detrás, y me quedé un buen rato sacando fotos. Fui probando varios miradores a lo largo del borde porque cada uno tiene un ángulo distinto. En la zona de la Alameda hay uno que los rondeños llaman «balcón de coño» por la reacción que provoca al asomarte. Yo me asomé y entendí el nombre.
Crucé el puente hacia la ciudad antigua y noté el cambio enseguida. Al otro lado había mucha menos gente y las calles se volvían estrechas, con fachadas de cal blanca que brillaban al sol. Me metí por la primera que vi sin mirar el mapa.
Callejear por estas calles es un plan en sí mismo. Me fui fijando en las rejas de hierro forjado de las ventanas y en las puertas de madera con clavos. Cada poco me paraba a mirar una fachada o un balcón. Es un pueblo donde caminar despacio funciona mejor que seguir una guía.
Caminé hasta la Alameda del Tajo, el paseo arbolado que hay junto al precipicio. Es el parque donde van los locales, con árboles grandes y bancos orientados a la serranía. Me senté un rato a la sombra y pensé que solo por estos paseos y las vistas ya merece la pena visitar Ronda, sin contar los monumentos de pago.
Volví hacia el centro y pasé por la Plaza Duquesa de Parcent, la plaza principal del barrio histórico. Tiene la iglesia de Santa María a un lado y el ayuntamiento al otro. Me pedí una cerveza en una de las terrazas y estuve un rato mirando las fachadas de los edificios de alrededor. Es una plaza tranquila, bonita, sin el agobio turístico de la zona del puente.
Desde la plaza bajé por las calles del casco antiguo hasta la Puerta de Almocábar, la antigua entrada principal a la medina árabe. Las murallas se conservan bastante bien y dan una idea clara de cómo era la Ronda medieval. Esta zona está mucho más tranquila que los alrededores del puente y apenas me crucé con otros turistas. Yo creo que merece la pena visitar Ronda con calma suficiente para llegar hasta aquí abajo, porque es donde el pueblo enseña su lado más real.
Los sitios de Ronda que compensan la entrada
Volví sobre mis pasos y bajé directamente a la Casa del Rey Moro, que está en la ladera del Tajo. Los jardines de la parte de arriba los diseñó Forestier, el mismo paisajista del Parque de María Luisa en Sevilla, y son bonitos para pasear entre setos recortados y fuentes bajas. Pero lo espectacular de verdad es la Mina de Agua, una escalera tallada en la roca que baja unos 200 peldaños hasta el fondo de la garganta.
El descenso es empinado y bastante húmedo, con poca luz en algunos tramos. Me agarré a la barandilla más de una vez. Cuando llegué abajo y miré hacia arriba, el puente quedaba allí encima, diminuto. Subir cuesta, pero la experiencia es una pasada. Entrada de 7 €.
Desde ahí fui caminando cuesta arriba hasta los Baños Árabes, en el Barrio de San Miguel. Son del siglo XIII y están entre los mejor conservados de la Península Ibérica. Entré y me fijé enseguida en las bóvedas con lucernas en forma de estrella, que son preciosas. El espacio es pequeño y se recorre rápido, pero se nota el cuidado de la restauración y dentro se está muy bien, casi fresco. Pagué 3,50 € de entrada.
Subí de vuelta al centro y entré en la Plaza de Toros de la Real Maestranza, una de las más antiguas de España. La columnata interior de piedra me encantó y me hice unas cuantas fotos con la arena vacía de fondo. Los toros no me van especialmente, pero reconozco que el edificio es muy bonito por dentro. Pagué los 8 € de entrada.
El Palacio de Mondragón está a dos minutos de la plaza y entré a ver los patios, que son lo mejor del edificio. Las columnas y los azulejos tienen un punto mudéjar que me gustó mucho. Desde los jardines de la parte de atrás descubrí unas vistas al Tajo que no me esperaba. Pagué 3,50 €. Sitios como este confirman que merece la pena visitar Ronda y no quedarse solo con la foto del puente.
También pasé por la Iglesia de Santa María la Mayor, construida sobre la antigua mezquita mayor de Ronda. Todavía se nota la planta original y algunos arcos del edificio islámico. La fachada es una mezcla de gótico y renacentista con añadidos barrocos, interesante de ver desde la plaza. Entré, recorrí la nave y salí al rato. Reconozco que no fue de los sitios que más me impresionaron, pero si ya estás en la plaza y te gusta la arquitectura religiosa, los 4,50 € de entrada están bien invertidos.
Acabé el recorrido en los Jardines de Cuenca, colgados sobre la garganta del Tajo. Las vistas al puente desde abajo son de las mejores de Ronda. Me senté en un banco y estuve un buen rato viéndolas cambiar con la luz de la tarde. Varios locales con los que hablé me dijeron que al atardecer es el mejor punto de la ciudad para sacar fotos, y después de comprobarlo yo diría que merece la pena visitar Ronda calculando bien la hora para llegar aquí con luz de atardecer.
Si te apetece visitar Ronda, aquí te dejo un contenido que ayudará para saber dónde alojarse en Ronda.
¿Volvería a Ronda mañana mismo?
Después de un día entero caminando por Ronda y con las piernas castigadas por los 200 peldaños de la Mina de Agua, me senté a cenar en una terraza del centro con la serranía de fondo. Me pregunté si habría preferido quedarme dos noches en vez de una y la respuesta fue que sí. Ronda se puede ver en un día largo, pero con una noche allí se disfruta mucho más. El atardecer desde los Jardines de Cuenca y el casco antiguo vacío después de que se vayan los autobuses turísticos compensan la noche extra.
Si me piden un «me quedo con», elijo dos cosas: el Puente Nuevo visto desde el sendero de abajo y la bajada por la Mina de Agua. Y si puedo añadir una tercera, las vistas del Tajo desde los miradores del borde al atardecer.
Volví a casa convencido. Merece la pena visitar Ronda, y si puedes, quédate a dormir, porque esas últimas horas con el pueblo medio vacío son las que más disfruté del viaje.