Santander se nota nada más salir de la estación. En cinco minutos ya estás viendo la bahía, que aparece de golpe al final del Paseo de Pereda. Lo primero que me llamó la atención fue lo cerca que está todo del agua. Merece la pena visitar Santander, eso lo tuve claro desde el primer minuto.
La ciudad no es grande. La recorrí entera a pie sin problema, aunque el centro tiene un aspecto más moderno de lo que esperaba. El incendio de 1941 arrasó buena parte del casco antiguo y lo que hay hoy es sobre todo reconstrucción de posguerra mezclada con los pocos edificios que se salvaron. Eso le quita algo de encanto medieval, pero ganas una ciudad ordenada y con unas vistas al Cantábrico difíciles de igualar.
Santander no compite en gastronomía estrella ni en museos de primer nivel mundial con otras ciudades del norte. Pero caminando su paseo marítimo lo entendí. Tiene algo que Donosti o Bilbao no ofrecen de la misma manera, y es esa bahía pegada al centro con paseos y playas a pocos metros de las terrazas donde sentarte a comer unas rabas.
Una ciudad que se recorre mirando al mar
Empecé el recorrido en los Jardines de Pereda. El Centro Botín aparece nada más empezar, pegado a los jardines. El edificio lo diseñó Renzo Piano y se inauguró en 2017. Tiene una estructura que parece flotar sobre el agua y queda muy bien desde cualquier ángulo. Me subí por las escaleras exteriores, que son de acceso libre, y las vistas a la bahía desde arriba son una pasada. Si alguien duda de si merece la pena visitar Santander, que se suba a esas escaleras.
Seguí el paseo marítimo hacia Puerto Chico. A los pocos metros está la Grúa de Piedra, que se usaba para cargar y descargar barcos mercantes y se ha convertido en uno de los iconos de la ciudad. Un poco más adelante me paré delante de las esculturas de Los Raqueros, de tamaño natural, que representan a los niños que en los siglos XIX y XX se tiraban al agua a recoger las monedas que les lanzaban los transeúntes. Muy realistas. El tramo hasta Puerto Chico, pasando por el Palacete del Embarcadero, es espectacular. La bahía de Santander está considerada una de las más bonitas de España y, caminándola, se entiende perfectamente.
Al llegar a Puerto Chico me paré a ver los barcos de recreo y subí por la calle Castelar, llena de terrazas. Zona muy agradable para caminar sin prisa.
Callejeando hacia el interior del centro llegué a la Catedral de la Asunción. Desde fuera sorprende porque parece más una fortaleza que un templo, con muros muy gruesos y aspecto austero. Dentro es otra cosa. Son dos iglesias superpuestas de estilo gótico, construidas entre los siglos XII y XIV. La parte inferior conserva unas columnas robustas con decoración vegetal que me gustaron mucho, y el claustro es muy bonito. Se puede subir en ascensor a la torre para ver la ciudad desde arriba.
Antes de salir del centro pasé por el Mercado de la Esperanza, un mercado de abastos con una estructura de hierro y vidrio del siglo XIX que es de las pocas conservadas en España. Dentro hay más de 80 puestos de pescado, carne, queso y productos típicos de Cantabria. Me llevé unas anchoas y algo de quesada pasiega. Funciona mejor a primera hora, cuando los puestos están a tope.
Los rincones que hacen bonita Santander
De vuelta en el centro, me asomé a la Plaza Porticada. Es una plaza cuadrada con soportales, construida tras el incendio de 1941 en estilo neoherreriano. Correcta, sin ser lo más llamativo de la ciudad. Lo más interesante está debajo: restos de la muralla medieval y un refugio antiaéreo de la Guerra Civil, los dos visitables.
A un par de calles está la Plaza de Cañadío, que es donde se concentra la zona de tapas y el ambiente por las tardes. Me senté en una terraza a probar las rabas y unos pinchos. La plaza tiene buen ambiente, con restaurantes como el Cañadío o Casa Lita y las calles de alrededor llenas de bares. Buen sitio para parar a comer sin complicaciones.
Desde la zona centro subí al funicular del Río de la Pila, que es gratuito y funciona todos los días. En unos minutos estás arriba y las vistas de la bahía y los tejados de la ciudad son muy buenas. Poca gente lo conoce y eso se agradece. Desde ese mirador se entiende rápido por qué merece la pena visitar Santander.
Bajé hacia la costa y me encontré con la Playa de los Peligros, la más cercana al centro. Son unos 200 metros de arena con aguas tranquilas gracias a la protección de la bahía. El nombre viene de los barcos que encallaban por la poca profundidad. Bonita para un chapuzón rápido si hace buen día.
Seguí caminando por las pasarelas de madera que conectan con la Península de la Magdalena, un parque de casi 25 hectáreas en la entrada de la bahía. El sitio es una pasada. Los senderos entre pinos te van llevando a miradores con vistas a toda la costa y, en lo alto, al Palacio de la Magdalena, que fue residencia de verano de Alfonso XIII. El palacio es precioso, con un estilo inglés que queda muy bien en fotos, y se ha usado como set de rodaje de series de época como Gran Hotel y Ena. Recorrer la península entera es un paseo largo pero compensa.
Desde la Magdalena llegué al Sardinero, que para mí es lo mejor de Santander. La playa tiene unos 2 kilómetros de arena, con el Gran Casino de 1916 de fondo y edificios señoriales a lo largo de todo el paseo. Pero lo que me dejó impresionado de verdad fueron los Jardines de Piquío, que separan la Primera y la Segunda playa. La vista desde ahí, con las dos playas a los lados y el Cantábrico de frente, es de las mejores panorámicas urbanas que he visto en España. La luz de la tarde es cuando mejor queda para una foto. Merece la pena visitar Santander solo por sentarse un rato en Piquío.
Para el último tramo caminé hasta el Cabo Mayor, al noreste de la ciudad. Hay una ruta de senderismo desde el final del Sardinero que pasa por la playa de Mataleñas antes de llegar al faro. El Faro de Cabo Mayor se encendió por primera vez en 1839 y está a más de 90 metros sobre el nivel del mar. Las vistas a los acantilados y al mar abierto son muy buenas, y dentro del faro hay un centro de arte con una exposición permanente. Si puedes ir al atardecer, mejor.
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¿Volvería a Santander?
Sí, volvería. Santander es una ciudad que se ve bien en un día largo, aunque con un fin de semana entero la disfrutas mucho más y puedes subir hasta el Cabo Mayor con calma o repetir un atardecer en Piquío. No tiene la densidad monumental de otras capitales del norte, pero compensa de sobra con la bahía y el ritmo de una ciudad que se recorre sin prisa.
Si tengo que quedarme con algo, elijo la bahía caminada de punta a punta y los Jardines de Piquío al atardecer. La Península de la Magdalena entre pinos tampoco se queda atrás. Esos momentos justifican el viaje. Merece la pena visitar Santander, y me sorprende que no se hable más de ella.