Aparqué el coche en el parking subterráneo de la Avenida del Mar y, al salir a la superficie, me recibió un golpe de calor de 28 °C y el sonido metálico de los coches pasando por la calle principal. Caminé unos pocos metros y me encontré de frente con las esculturas de bronce de Salvador Dalí, que están repartidas por la avenida como si fuera un museo al aire libre sin vigilancia. La primera impresión fue la de una ciudad que cuida mucho su estética, con suelos de mármol que brillan bajo el sol y una afluencia de gente considerable incluso siendo un día de diario.
Me detuve un momento a observar a los turistas que se hacían fotos con las figuras de Dalí antes de decidir bajar hacia el Paseo Marítimo. Aunque el ambiente es puramente vacacional, se percibe una organización que evita que el lugar se sienta descuidado o caótico. Tras caminar un rato bajo el sol, llegué a la conclusión de que, a pesar de las etiquetas que suele llevar esta zona de la Costa del Sol, realmente merece la pena visitar Marbella.
Entre calles blancas y murallas de piedra
Decidí dejar atrás la línea de costa para subir hacia el Parque de la Alameda, donde me senté un rato en uno de sus bancos de azulejos andaluces para buscar algo de sombra bajo los árboles. Desde allí, subí por la Calle Valdés siguiendo el flujo de gente hasta que, casi sin buscarlo, aparecí en la Plaza de los Naranjos. Es un sitio que funciona muy bien visualmente; me quedé un rato mirando la fuente renacentista y el color de los árboles que dan nombre al lugar, mientras esquivaba a los camareros que montaban las terrazas.
Caminar por el casco antiguo es una decisión obligatoria porque el trazado de las calles árabes te obliga a guardar el mapa y simplemente avanzar. Entré en un par de tiendas de artesanía en la calle Caballeros y luego busqué la sombra de las Murallas de Marbella, que son los restos de la antigua alcazaba del siglo XI. Ver esas torres defensivas tan cerca de las tiendas modernas es un contraste curioso que justifica el paseo. Creo que la ciudad tiene un equilibrio muy bien conseguido entre su historia y su faceta más comercial, y por eso merece la pena visitar Marbella.
Los rincones más fotogénicos por los que merece la pena visitar Marbella
Empecé mi recorrido visual en la Avenida del Mar, donde las figuras de Dalí y el fondo del Mediterráneo permiten sacar fotos con una perspectiva limpia. Después me dirigí a la Plaza de los Naranjos, que me pareció preciosa por el contraste del blanco de las casas con el verde de los árboles, aunque estaba bastante llena de gente. Es un lugar donde la luz rebota en las paredes y facilita mucho conseguir una imagen guapa para las redes sociales sin esforzarse demasiado.
Seguí caminando hasta la Calle Ancha, que para mí es el punto más destacado; saqué el móvil varias veces para capturar las casas nobiliarias y los balcones llenos de flores que cuelgan sobre la calle. Pasé por la Iglesia de Santa María de la Encarnación y me fijé en su portada de piedra roja antes de terminar el día en Puerto Banús, a unos 6 kilómetros del centro. A diferencia del casco antiguo, este puerto me pareció excesivo: los yates de lujo y los coches de alta gama son llamativos, pero el ambiente me resultó algo artificial y menos auténtico que el resto de la ciudad. Aun así, las playas de Marbella, como la de la Venus, estaban impecables y el agua estaba lo suficientemente tranquila como para caminar por la orilla sin mojarse demasiado la ropa.
Mi opinión sobre Marbella tras pasar un fin de semana
Después de recorrer la distancia que separa las antiguas murallas del lujo de los puertos deportivos, me quedo con la parte más tradicional y cuidada de la ciudad. Entré en la Ermita de Santiago, vi el ajetreo de la Plaza de los Naranjos y me perdí por la Calle Ancha, que es sin duda mi rincón favorito de todo el viaje. Me parece que el centro histórico tiene una identidad muy fuerte que sobrevive perfectamente al turismo de masas que llega buscando solo fiesta o playa.
Evité las zonas más ruidosas de Puerto Banús para volver a cenar cerca del Parque de la Alameda, confirmando que la ciudad tiene rincones muy bonitos que no requieren de grandes presupuestos para disfrutarlos. Es un destino ideal para un fin de semana porque es compacto, fácil de andar y visualmente muy agradecido. Si buscas un sitio con sol, historia y calles donde cada esquina queda bien en una foto, merece la pena visitar Marbella.