Desde el aeropuerto cogí el MIA Mover y después el bus 150, que en unos 50 minutos me dejó en Collins Avenue, ya en Miami Beach. Al bajar, lo primero fueron hoteles bajos pintados de colores. Llegué con la duda de si esto era una ciudad de verdad o una escala para ir a otra parte de Florida, y quería comprobar por mí mismo si merece la pena visitar Miami.
Me volví con la respuesta clara, y es un sí. Es una ciudad cara, y eso se nota desde la primera cerveza en una terraza, pero tiene un ambiente latino que no he visto en otras ciudades de Estados Unidos y una arquitectura que justifica el viaje. Si te gustan las fachadas bonitas y la playa en pleno invierno europeo, aquí vas a estar a gusto.
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Me convenció más el Art Decó de Ocean Drive que la propia playa
Bajé a la playa de South Beach a última hora de la tarde, entre las calles 5 y 15, que es cuando uno se puede bañar sin asarse. La playa es kilométrica y de arena blanca, y las casetas de socorristas de colores son la foto que todo el mundo se lleva (subirse está prohibido y hay multa, así que la foto se hace desde abajo). Aun así, lo que me ganó fue cruzar a Ocean Drive y recorrer sus edificios Art Decó, cada fachada más bonita que la anterior y todas muy bien cuidadas. Entre las calles 6 y 9 está lo mejor, a menudo con algún coche clásico aparcado en la puerta, y me paré delante de la antigua mansión de Versace, hoy hotel Villa Casa Casuarina. Volví de noche y la calle cambia por completo, con las terrazas llenas y música latina a todo volumen.
Al día siguiente fui a Wynwood, a unos 8 kilómetros de Ocean Drive. Wynwood Walls es de pago, pero reúne en muy poco espacio murales de artistas de todo el mundo, Okuda entre ellos, y me pareció espectacular. Es el sitio con más fotos para redes de la ciudad. Al salir seguí callejeando por la zona, donde cualquier pared de las antiguas naves tiene un mural y no se paga nada. Bajé después al Downtown y me subí al Metromover, que es gratis y pasa elevado entre los rascacielos. El skyline queda lejos del de Nueva York, pero me bajé para ver la Freedom Tower, el primer rascacielos de Miami (1925), con una torre inspirada en la Giralda de Sevilla, y solo por esa fachada entendí que merece la pena visitar Miami más allá de la playa.
Desde Bayside Marketplace, junto a Bayfront Park, salí al atardecer en el barco por la bahía Vizcaína, y aunque te lo venden por las mansiones de Star Island, Palm Island e Hibiscus Island, lo que compensa de verdad son las vistas del Downtown iluminándose desde el agua.
Little Havana la dejé para una mañana. Recorrí la Calle Ocho con el son cubano saliendo de los locales y el olor a café y tabaco por todas partes, y me encantó. La fachada Art Decó del Tower Theater, de 1929, es preciosa. Fui mirando al suelo para encontrar las estrellas del Paseo de la Fama, con Celia Cruz o Rocío Jurado. En Domino Park me paré a ver a los cubanos jugando sus partidas, y la merienda fue un pastelito de guayaba y queso en el Versailles. Por la tarde me acerqué a Coral Gables para bajar el ritmo, un barrio muy bonito de mansiones de estilo mediterráneo donde la Venetian Pool, una piscina con grutas y cascadas montada en una antigua cantera, me pareció curiosísima, y el hotel Biltmore impone desde fuera. Con barrios así de distintos, merece la pena visitar Miami aunque no seas de playa.
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¿Compensan los atascos del Downtown y los precios de South Beach?
Hay pegas, y conviene saberlas antes de reservar. Miami es cara, sobre todo si te alojas en South Beach, y muchas actividades son de pago. El tráfico del Downtown en hora punta es horrible, así que yo evitaría moverme en coche por el centro a la salida del trabajo y tiraría de Metromover. Little Havana es para ir de día, porque de noche no es la zona más tranquila de la ciudad. En cuanto a fechas, me saltaría de agosto a octubre, que es temporada de huracanes, y apostaría por los meses de invierno, aunque sean los más caros.
Con todo, mi respuesta es un sí claro. Merece la pena visitar Miami, y aunque en 2 días ves lo imprescindible, yo le daría 3 o 4 para recorrerla sin prisas y repetir Ocean Drive de noche. Si tuviera que elegir, me quedo con Ocean Drive, Wynwood y Little Havana.