¿Merece la pena visitar Avilés? Descubre mi opinión sobre esta ciudad

Avilés no entra bien por los ojos. Llegué por la autovía un martes de septiembre y lo primero que vi fueron naves industriales y una chimenea enorme que parecía vigilar la entrada a la ciudad. El paisaje no invita. Aparqué cerca del centro con la sensación de haberme equivocado de destino, pero bastaron cinco minutos caminando para entender que el Avilés de verdad no tiene nada que ver con sus afueras. Crucé una calle estrecha con soportales de piedra, giré una esquina y desemboqué en una plaza con arcos medievales que me dejó parado. Había terrazas con gente tomando café, y las fachadas parecían llevar ahí siglos sin que nadie las hubiese tocado. El ruido de la autovía había desaparecido por completo. Merece la pena visitar Avilés solo por ese contraste entre lo que esperas viniendo por la carretera y lo que encuentras al cruzar los primeros soportales.

No tenía muchas expectativas. Venía de recorrer la costa asturiana y había metido Avilés en la ruta casi como relleno, una parada de un par de horas antes de seguir hacia el oeste. Al final me quedé toda la mañana.

Avilés a pie, entre soportales y piedra medieval

La Plaza de España fue mi primer punto de referencia. Me senté en una terraza a tomar un café y estuve un rato mirando el Ayuntamiento, que tiene once arcos de piedra dando a la plaza. Justo enfrente está el Palacio del Marqués de Ferrera, hoy reconvertido en hotel. El conjunto es muy bonito y tiene ese punto de plaza señorial que no esperas encontrar en una ciudad con fama de industrial.

Desde allí empecé a caminar por el casco histórico sin ruta fija. Avilés tiene el mayor espacio porticado de Asturias, y se nota: puedes andar un buen rato bajo los soportales sin mojarte aunque llueva, que en Asturias llueve bastante. Acabé en la calle Galiana, que con sus 252 metros de soportales y un doble pavimento tiene un carácter propio muy diferente al resto del casco viejo. A los lados hay casas de indianos con fachadas de colores, y la calle tiene ese toque medieval que la hace preciosa.

Giré por una bocacalle y di con la Plaza del Carbayedo. Hay un hórreo de piedra en medio de la plaza que no esperas encontrar rodeado de edificios. Me paré a mirarlo un buen rato.

Seguí andando hasta el barrio de Sabugo, que es la parte marinera de Avilés. Las casas tienen más color que en el centro y las arcadas son más bajas. Pasé por delante de la Iglesia Vieja, del siglo XIII, y me asomé a la zona donde antiguamente se reunía la Mesa de los Mareantes para decidir los asuntos del puerto. Merece la pena visitar Avilés más allá de los soportales del centro, y Sabugo es la mejor prueba.

Los edificios que hacen levantar la vista en Avilés

El Palacio de Balsera me pilló por sorpresa. Iba caminando por una calle lateral y apareció esa fachada modernista que no pega nada con el resto del casco medieval. La fachada es impresionante, con detalles diferentes en cada tramo. Hoy funciona como el Conservatorio de Música Julián Orbón, y me acerqué a la puerta porque desde fuera se escuchaba a alguien ensayando.

A pocos pasos encontré la iglesia de San Nicolás de Bari, del siglo XIII. Es una iglesia románica discreta por fuera pero que por dentro tiene un claustro con un capitel romano reutilizado que llama la atención. Bajé luego hasta el Palacio de Valdecarzana, el edificio civil más antiguo de Avilés. Es gótico, del siglo XIV, y lo que más me gustó fueron sus puertas. Hoy alberga el Museo de Historia Urbana, que es gratuito y se visita rápido.

Necesitaba descansar las piernas y corté hacia el Parque de Ferrera. Es un parque enorme de estilo inglés con un jardín francés dentro que parece sacado de otro sitio. Allí se rodaron escenas de Vicky Cristina Barcelona, aunque sin la cámara delante el parque tiene un aire más silvestre y tranquilo. Me senté en un banco cerca de la fuente y estuve un buen rato sin hacer nada.

Pasé por el puente de colores sobre la ría y llegué al Centro Niemeyer. Se inauguró en 2011 y es la única obra de Oscar Niemeyer en España. El contraste con todo lo medieval que acabas de recorrer es total. Ves hormigón blanco y curvas frente a piedra y soportales del siglo XIII. Merece la pena visitar Avilés aunque solo sea por ver cómo una ciudad así encajó un edificio de estos junto a su ría.

La propia ría me sorprendió. No esperaba mucho de un paseo junto a un estuario industrial, pero el recorrido tiene unos tres kilómetros junto al agua con el puerto a un lado. Al final hay una escultura de unos 30 metros que cierra bien la caminata. Fui hasta el final y volví por el otro margen.

¿Volvería a Avilés sin pensarlo?

Avilés carga con la fama de ciudad gris e industrial, y viniendo por la autovía es difícil no darle la razón. Yo mismo llegué con esa idea y la primera impresión no ayudó a quitármela. Pero en cuanto entré en los soportales y empecé a caminar por el casco viejo, la imagen cambió por completo. Es una ciudad compacta que se recorre bien a pie y que tiene edificios preciosos en los que no te cobran entrada. Pasear por Sabugo o sentarte en una terraza de la Plaza de España te hace olvidar que estás a dos pasos de una zona industrial.

Volví a casa pensando en que habría dedicado más tiempo a Avilés si lo hubiera sabido antes. Creo que sí. Merece la pena visitar Avilés con calma, parando a mirar lo que te va saliendo al paso. No es un destino que te cambie la vida, pero es de esos sitios que dejan buen recuerdo y a los que te apetece volver.

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