¿Merece la pena visitar Nantes? Te cuento mi opinión más sincera

El autobús del aeropuerto me dejó en Commerce después de unos 20 minutos y pagar 10 €, y lo primero que hice fue cruzar la plaza con una mochila pequeña y sin mapa. Había bastante gente moviéndose entre tranvías y tiendas, y me costó ubicarme porque el centro no es tan claro como en otras ciudades francesas.

Caminé unos 500 m hasta la zona de Graslin y vi calles correctas, sin ese impacto inmediato que sí tienen otras ciudades. No me pareció especialmente bonita al primer vistazo, pero tampoco incómoda; decidí seguir andando en lugar de coger transporte.

Al rato empecé a ver la famosa línea verde en el suelo y opté por seguirla sin pensarlo mucho. Ahí fue cuando entendí el plan: caminar sin rumbo fijo pero con una guía mínima funciona bien aquí, y por eso creo que merece la pena visitar Nantes.

Una ciudad extraña pero que tiene su encanto

Seguí la línea verde durante varios tramos sin mirar el móvil y eso me llevó directo a sitios que no habría buscado por mi cuenta. En menos de 1 km ya había pasado por plazas, arte urbano y algún edificio curioso sin hacer esfuerzo, lo cual hace que el recorrido sea bastante práctico.

Entré en el Passage Pommeraye casi por casualidad y bajé los tres niveles sin prisa. Me compré un café en una de las cafeterías y me senté unos minutos a mirar las galerías, porque el sitio es bonito sin exagerar y funciona bien como pausa entre paseo y paseo.

Después caminé hacia el castillo sin transporte y en unos 10 minutos llegué al foso. Rodeé las murallas sin pagar entrada y subí a una de las torres, y ahí sí tuve una sensación clara: esto está muy bien conservado y compensa el paseo.

Más tarde crucé hacia la Isla de las Máquinas y vi el Gran Elefante en movimiento. No subí (la entrada ronda los 8-10 €), pero me quedé viéndolo caminar varios minutos porque es raro de verdad, y ese tipo de cosas no las encuentras en muchas ciudades.

Con todo eso en un solo día, sin correr, entendí por qué merece la pena visitar Nantes. No es una ciudad que te abrume, pero sí te mantiene entretenido si decides caminar y no complicarte. Al día siguiente repetí la dinámica y confirmé que merece la pena visitar Nantes sin necesidad de planificar demasiado.

Lugares que realmente merece la pena visitar Nantes

Empecé temprano en el Castillo de los Duques de Bretaña, entré al patio gratis y caminé todo el perímetro. Subí a varias torres y me quedé un rato en la zona del foso, porque es de lo más bonito que vi en la ciudad.

Luego fui a la Catedral de Saint Pierre y Saint Paul, entré y miré hacia arriba nada más cruzar la puerta. Di una vuelta completa por el interior y me detuve en el sepulcro de Francisco II, que es lo que más llama la atención.

Pasé por La Cigale en Place Graslin, entré sin comer y simplemente miré el interior. Pedí un café (unos 3-4 €) y me senté unos minutos, porque el sitio es vistoso y merece la pena verlo por dentro.

Crucé de nuevo hacia el Passage Pommeraye y repetí recorrido, esta vez fijándome más en las tiendas. Bajé despacio las escaleras y salí por la parte inferior, aprovechando el desnivel.

En la Isla de las Máquinas, además del elefante, me acerqué al Carrusel de los Mundos Marinos. No subí, pero rodeé la estructura y observé cómo funcionaba, que ya tiene bastante gracia.

Caminé hasta los Anillos de Buren y Bouchain, esperé a que bajara la luz y vi cómo se iluminaban. Saqué un par de fotos porque el encuadre con el río funciona bien, sin más.

Pasé por la Iglesia de San Nicolás, entré rápido y salí sin detenerme demasiado. Luego fui a Lieu Unique, miré la torre por fuera y entré al espacio cultural. Tomé algo rápido en el bar y seguí.

En Plaza Bouffay di una vuelta entre terrazas y evité sentarme porque estaba bastante turístico. Continué caminando hacia la Torre Bretaña, pero solo la vi por fuera porque sigue cerrada.

Para bajar el ritmo, entré en el Jardín de las Plantas y caminé sin rumbo. Me senté en un banco unos minutos y rodeé uno de los estanques, porque es de los pocos sitios tranquilos.

Después crucé a Trentemoult en barco (unos 10 minutos de trayecto) y caminé entre casas de colores. No hice nada especial allí, solo pasear y volver, que ya compensa.

Antes de terminar, pasé por el Miroir d’Eau. Esperé a que hubiera reflejo y caminé por el borde para ver cómo cambiaba la imagen, y sí, funciona bien para fotos sin necesidad de montar nada.

Mi opinión sobre Nantes después de caminarla entera

Volví a pasar por el castillo antes de irme, entré otra vez a la catedral y repetí el paseo por la Isla de las Máquinas. No hice nada nuevo, simplemente repetí lo que mejor me había funcionado, y eso ya dice bastante.

También volví a La Cigale a tomar algo rápido y crucé otra vez el Passage Pommeraye, casi por inercia. Son sitios que encajan bien en el recorrido y no molestan, se integran sin esfuerzo.

Nantes no es una ciudad que impresione de golpe, pero cuando decides caminarla sin obsesionarte con ver todo, responde bien. Tiene cosas raras, otras muy correctas y algunas bastante bonitas, como el castillo o el jardín, y todo queda a distancia asumible.

Yo no la pondría en una lista top de Francia, pero tampoco la descartaría. Para una escapada corta tipo fin de semana, con ganas de andar y sin expectativas exageradas, merece la pena visitar Nantes.

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