El ferry frena en seco y el motor queda vibrando mientras la gente se levanta a la vez, con mochilas y bolsas caras chocando entre sí. Bajo por la rampa y el primer dato es literal: el café del puerto cuesta más de lo que pagué esa mañana en Nápoles. Esa primera media hora marca el tono y me hace pensar si de verdad merece la pena visitar Capri.
El puerto de Capri no engaña: ruido de maletas, colas para el funicular y barcas saliendo cada cinco minutos. El desnivel se nota desde el primer paso, con cuestas que no perdonan y un sol que aprieta incluso fuera de verano. Nada de encanto inmediato, más bien logística, precios y paciencia.
Aun así, me quedo. Capri no se entiende en diez minutos, ni desde el muelle, ni desde una foto bonita. Decido subir, caminar y ver qué pasa.
Lo que Capri hace bien (y lo que no disimula)
Capri funciona cuando te mueves con criterio, no cuando sigues al grupo grande. Subo en funicular, camino sin rumbo corto y evito terrazas llenas, y la isla empieza a cuadrar. Aquí es fácil gastar de más, pero también es fácil salirse del carril si prestas atención.
El ritmo cambia por horas, no por lugares. A primera hora y al final del día, las calles bajan una marcha y todo resulta más llevadero. En ese contexto, merece la pena visitar Capri, porque la isla enseña su cara más práctica.
Capri no es barata ni discreta, y no intenta serlo. Acepta el turismo masivo como parte del trato, con tiendas de lujo y bares que no miran precios. Si asumes eso, merece la pena visitar Capri, porque lo que ofrece compensa el ruido.
Lo mejor llega cuando decides moverte en barco. Desde el agua, la isla se ordena, y entiendes por qué lleva décadas en el radar de todo el mundo. No hay misterio, hay coherencia.
Sitios bonitos, vistos sin prisa
Empiezo por la Marina Grande, porque no hay forma de evitarla. Me quedo una hora, camino, miro barcos y me siento en la playa sin grandes expectativas. No es el mejor punto de la isla, pero ayuda a entender el flujo constante de gente.
El paseo en barco rodeando la isla cambia el día. Dura alrededor de una hora, se mueve lo justo y te coloca frente a la costa sin esfuerzo. Aquí aparecen los Farallones de Capri, enormes y directos, sin necesidad de exagerar nada.
La entrada a la Gruta Azul es breve y lenta. Espero más de lo que estoy dentro, unos cinco minutos reales. La luz azul impresiona, pero no repetiría cola larga.
Los Jardines de Augusto funcionan como mirador organizado. Camino despacio, hago fotos y sigo, sin quedarme demasiado. Lo mejor es la vista clara sobre el trazado de la costa.
Termino en la Marina Piccola. Bajo, me siento cerca del agua y paro una hora larga. Aquí Capri se relaja, y yo también.
Mi decisión tras caminarla entera
Capri exige aceptar sus reglas: precios altos, tiempos muertos y turismo constante. A cambio, ofrece puntos muy concretos que funcionan, sobre todo desde el mar y en lugares como Marina Piccola o los jardines.
Después de verlo con calma, merece la pena visitar Capri, siempre que sepas cuándo avanzar y cuándo parar. No volvería en pleno agosto, ni con prisas. Sí volvería a moverme en barco y a caminar sin objetivo claro. Capri no cambia, pero tu forma de recorrerla sí.