El viento en Getxo no solo sopla, sino que arrastra un olor muy específico a salitre mezclado con el aroma de los pinos cercanos. Mi primera impresión al salir de la estación de metro fue la de un lugar que vive a dos velocidades totalmente distintas. Por un lado, el ritmo pausado de quienes pasean por el muelle de Las Arenas, y por otro, la energía algo más ruda del puerto.
Me sorprendió encontrarme con una mezcla de opulencia algo decadente y la sencillez de un pueblo que todavía huele a pescado fresco. No esperaba que el contraste entre las mansiones señoriales de la burguesía y las tabernas de Algorta fuera tan marcado. Caminé un buen rato observando cómo la luz gris del Cantábrico rebotaba en las cristaleras de los palacetes del Paseo de Zugazarte.
Me preguntaba si realmente merece la pena visitar Getxo teniendo Bilbao a apenas veinte minutos de trayecto. A veces, los destinos que actúan como satélites de grandes ciudades terminan siendo una copia descafeinada de la principal. Sin embargo, aquí sentí que el carácter es propio, un poco altivo quizás, pero auténticamente vasco y directo.
Donde el hierro se cruza con el salitre
Cruzar el Puente Bizkaia colgado de su barquilla metálica es una experiencia que te hace sentir pequeño y un poco vulnerable. El chirrido del acero y la vista del río Nervión abriéndose hacia el mar definen la identidad industrial de esta zona. No es un monumento estético en el sentido tradicional, es una mole de hierro que sigue cumpliendo su función cada pocos minutos.
Caminé hacia el Puerto Viejo de Algorta, donde las calles se estrechan y las casas se aprietan unas contra otras buscando refugio. Allí el ambiente cambia drásticamente y el lujo de las avenidas anteriores desaparece para dejar paso a paredes blancas y ventanas verdes. Me senté en un muro bajo a ver cómo los locales pedían sus rabas y compartían tragos de forma ruidosa y natural.
Creo que merece la pena visitar Getxo sobre todo por esos momentos de desconexión frente al mar en la playa de Ereaga. Es un arenal largo, a menudo azotado por el viento, donde los surfistas esperan la ola perfecta sin importarles el frío. No hay artificios turísticos exagerados, solo gente viviendo su rutina cerca del agua con una normalidad que resulta envidiable.
Sigo pensando que merece la pena visitar Getxo si buscas entender esa dualidad vasca de tradición marinera y pasado industrial. Las cuestas de Algorta me recordaron que para conocer un lugar hay que estar dispuesto a sudar un poco y a perderse. Al final, la esencia del viaje está en esos detalles que no aparecen en los folletos, como el sabor de una cerveza fría tras una caminata bajo la lluvia fina.
Postales de piedra, hierro y espuma
El Puerto Viejo de Algorta es, con diferencia, el rincón con más alma de todo el municipio por su trazado caótico y vertical. Me detuve a observar las redes secándose al sol y el desgaste de la piedra en las escaleras que suben hacia el centro urbano. Es un lugar que se siente real, donde el olor a mar frito te golpea antes de que alcances a ver la primera barra de pinchos.
Luego está el Paseo de las Grandes Villas, un recorrido que parece sacado de otra época, con arquitecturas que gritan historias de poder y dinero. Cada casa tiene un estilo distinto, desde el neogótico hasta el regionalismo, formando un catálogo visual que te obliga a caminar despacio. Me resultó curioso ver cómo estas moles de piedra conviven con la gente que corre en mallas o pasea al perro sin prestarles demasiada atención.
Finalmente, los Acantilados de La Galea ofrecen una perspectiva salvaje que rompe con la estructura urbana del resto de la visita. El camino bordea el vacío y te permite ver la fuerza del mar chocando contra las rocas calizas con una violencia hipnótica. Es el sitio perfecto para entender que, por mucho que construyamos palacios, la costa siempre tiene la última palabra.
Mi balance tras el último café frente al muelle
No voy a decir que es un destino barato ni que es el lugar más tranquilo del mundo durante el fin de semana. A veces, la afluencia de gente en las zonas de bares puede resultar algo agobiante si buscas silencio absoluto. Sin embargo, la sensación de libertad al caminar por el espigón compensa cualquier pequeña incomodidad logística o el precio de un pincho algo caro.
Me voy con la imagen de los barcos entrando en el puerto y el sonido constante de las sirenas que anuncian el movimiento de la ría. Es un destino que no necesita esforzarse demasiado por gustar, simplemente está ahí, mostrando sus cicatrices industriales y sus medallas aristocráticas. Si buscas algo más que una ciudad dormitorio y valoras el carácter fuerte, merece la pena visitar Getxo.
¿Volvería el próximo verano? Posiblemente sí, aunque solo fuera para volver a sentarme en las escaleras de Algorta a ver atardecer.