¿Merece la pena visitar Cambados? Aquí mi opinión más sincera

Aparqué en Cambados un sábado a media mañana, con la marea baja y la ría de Arousa salpicada de bateas de mejillón. Dejé el coche cerca del puerto y eché a andar por el paseo marítimo, que arranca en el Molino de Mareas de A Seca y recorre la orilla en una media hora sin prisas. Llegaba con la duda de si merece la pena visitar Cambados o si era mejor dedicar ese fin de semana a otro punto de las Rías Baixas, así que decidí comprobarlo a pie antes de formarme una opinión. La primera impresión fue buena. Un pueblo bajo y de piedra, con el mar asomando en casi cada calle.

En la orilla coincidí con varias mariscadoras que empujaban sus carritos aprovechando la bajamar para recoger almejas y berberechos. Me paré un rato a mirarlas trabajar. Aquí el marisqueo sigue siendo oficio diario y se nota en el ambiente del puerto, que huele más a faena que a turismo.

También conviene saberlo antes de ir. Cambados es pequeño y fuera de la Festa do Albariño de agosto el ambiente es muy tranquilo, con tramos del paseo casi vacíos. Yo seguí caminando sin cruzarme con casi nadie y ese ritmo me encajó, aunque entiendo que a quien busque animación se le pueda quedar corto.

Qué me encontré caminando por Cambados

El paseo desemboca en San Tomé, el barrio marinero de toda la vida. Me metí por sus callejuelas sin mapa, entre casas de pescadores de una o dos plantas, algunas con vieiras incrustadas en la fachada, y salí otra vez a la orilla casi sin darme cuenta. Se recorre rápido, pero conserva un aire de villa pesquera que en otras zonas de la costa gallega ya cuesta encontrar.

Al final del paseo crucé el puente de piedra de 160 metros que lleva a la Isla de la Higuera, donde resisten las ruinas de la Torre de San Sadurniño. La torre se levantó hacia el siglo VIII para vigilar la ría frente a los ataques vikingos y con los siglos acabó funcionando como faro. Hoy quedan la base y algunos muros, con garzas posadas en las rocas de alrededor. El acceso es libre y las vistas abarcan toda la ría, así que apunté el sitio para volver al atardecer.

Desde San Tomé subí al casco viejo por la Rua do Príncipe hasta la Rua Real, la calle con más comercio y más movimiento del centro, y seguí callejeando por la Rua Novedades y las travesías de alrededor. Cambados presume de ser la capital del albariño y se nota en cada escaparate, con bares que anuncian vinos por copas y bodegas como Martín Códax o Granbazán organizando visitas con cata a pocos minutos del centro. Las dejé apuntadas para una próxima escapada. Entre el vino y el caserío, a esa altura del paseo yo ya intuía que merece la pena visitar Cambados, incluso sin entrar en una sola bodega.

Los rincones más bonitos de Cambados

La Rua Real desemboca en la Plaza de Fefiñáns y ese fue el momento en que Cambados me ganó. Es una plaza preciosa, amplia y empedrada, rodeada por varios edificios históricos que forman un conjunto difícil de igualar en otros pueblos gallegos. Me senté un rato en una esquina solo para mirarla.

El Pazo de Fefiñáns preside el conjunto. Es un palacio de estilo barroco gallego con toques renacentistas italianos, construido a partir del siglo XVI, y me pareció muy bonito desde cualquier ángulo. El arco puente que arranca de uno de sus extremos es una pasada y fue lo que más fotografié de toda la plaza. En los bajos funcionan dos bodegas de albariño con entrada de pago.

A pocos metros queda la Iglesia de San Benito. La fachada me encantó, con esa piedra que se ve antigua y los toques negros que deja la humedad entre los sillares. Entré a verla por dentro y el interior también es precioso, con sus capillas y su retablo barroco.

Después subí hasta las ruinas de Santa Mariña Dozo, de lo que más me gustó de todo Cambados. Es una iglesia gótica del siglo XV que se quedó sin cubierta, con cuatro arcos cruzando la nave a cielo abierto y las tumbas del cementerio municipal alrededor. Le dediqué unos minutos en silencio y los di por bien empleados. Merece la pena visitar Cambados aunque solo fuera por pasear entre esos arcos.

Detrás de las ruinas arranca la escalera que sube al Mirador de A Pastora, pasando junto a una capilla con su cruceiro hasta llegar a la Piedra del Calvario. Es el mirador con las mejores vistas de Cambados y desde arriba saqué panorámicas muy bonitas del pueblo con el mar de fondo. La subida es corta y no tiene pérdida.

Ya de bajada me desvié un par de calles para ver la Casa de las Conchas, una antigua vivienda de pescadores con la fachada cubierta de vieiras. Resulta curioso ver tantas conchas repartidas por una fachada y la parada apenas roba tiempo al paseo.

Mi veredicto tras dos días en Cambados

Estuve dos días en Cambados y fue tiempo de sobra para verlo todo con calma, repetir el paseo marítimo al caer la tarde y volver a la plaza sin prisa. Es una ciudad bonita, que se ve tranquilamente en dos días y que funciona muy bien como parada dentro de una ruta por las Rías Baixas.

Si me preguntas si merece la pena visitar Cambados, mi respuesta es que sí. No vas a encontrar grandes monumentos de entrada cara ni una agenda apretada de visitas, y justo ahí está parte de su encanto. Hay pueblos que se recorren para tachar lugares y otros que se recorren para bajar el ritmo. Cambados pertenece a los segundos, y quizá por eso me costó tanto arrancar el coche de vuelta.

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