¿Merece la pena visitar Faro Portugal? Descubre mi opinión de 2026

Lo primero que escuché al bajar del tren en Faro fue el crotoreo de las cigüeñas. Hay nidos enormes encima de las chimeneas y hasta en el campanario de la catedral, y el ruido que hacen con el pico se oye desde la calle. Llegué un viernes hacia las once, con 29 °C, y caminé unos 800 metros desde la estación hasta el hotel, junto a la marina. Por el camino conté más terrazas medio vacías que llenas, y eso que era junio.

Dejé la maleta y salí a dar una vuelta sin plan. Faro no entra por los ojos de golpe: el tramo que rodea la estación es normalito, con bloques de pisos y algún solar. Pero crucé hacia el casco antiguo y la cosa cambió rápido. Calles limpias, poca gente, todo a mano. Esa misma tarde ya tenía claro que merece la pena visitar Faro, al menos para un fin de semana. Es una ciudad pequeña, se recorre andando y no te obliga a madrugar para verla entera.

Una capital que se hace andando

El sábado bajé a la marina antes de desayunar. Está pegada al centro, con el cartel de letras de FARO donde todo el mundo se hace la foto. Esperé detrás de una pareja francesa y me la hice también, para qué negarlo. Me senté en una terraza y el café con tostada me salió por menos de cuatro euros. Desde ahí crucé el Arco da Vila, la puerta que da entrada a la ciudad vieja, y me metí por las calles empedradas sin mirar el mapa.

Esa es la mejor forma de entender por qué merece la pena visitar Faro: andar sin rumbo fijo. El casco histórico es pequeño, lo cruzas de arco a arco en un paseo corto, pero admite dos y tres pasadas porque cada calle tiene algo. Casas con azulejos de colores y más gatos de los que esperaba. En la plaza de la catedral estaban montando un escenario para un concierto, así que me quedé un rato viendo el trajín con una cerveza que costó lo que cuesta en cualquier bar de barrio, nada de precios de zona monumental.

Por la tarde cogí un barco en el muelle para entrar en el Parque Natural da Ría Formosa. Es preciosa. Canales, marismas, islas y bancos de arena que aparecen y desaparecen con la marea, y aves por todas partes. Bajé en la ilha da Barreta y caminé por una playa casi vacía. Si dudas entre ciudad y naturaleza, aquí no hace falta elegir, y por eso también merece la pena visitar Faro: en veinte minutos de barco pasas del asfalto a un banco de arena sin nadie.

Los sitios más bonitos de Faro, uno a uno

La Igreja do Carmo fue lo que más me gustó. Por fuera es una iglesia barroca con dos torres y detalles en amarillo; pagué unos dos euros para entrar a la Capela dos Ossos, en la parte trasera, y me quedé un poco descolocado. Está construida con los huesos de más de mil religiosos. Espectacular y algo macabra a la vez. Fui por la mañana y había cuatro personas dentro, así que se ve con calma.

La Catedral, la Igreja de Santa María, la empezaron en 1251 y ha aguantado incendios y terremotos. Entré y el interior guarda piezas del siglo XVII que compensan la entrada. La plaza de delante, con el Palacio Episcopal, es de las más fotogénicas del casco viejo: el sol daba de lado y la fachada quedaba bien para una foto, sin más.

Los dos arcos románicos me parecieron muy guapos. El Arco da Vila lo cruzas casi obligado al entrar; el Arco do Repouso hay que ir a buscarlo, está más apartado y sin colas, y fue de las cosas que más me gustaron. La Igreja de São Pedro, construida por marineros en el siglo XVI, la vi de pasada. El pórtico y los azulejos de la Capilla de las Almas están bien, aunque si vas justo de tiempo no pasa nada por saltársela.

Para pasear y comprar, la Rua de Santo António. Es peatonal, está repleta de restaurantes donde se come bien y de tiendas de recuerdos, y ahí cené las dos noches sin reservar. Muy cerca me topé por casualidad con el Palacete Belmarço, y la fachada merece la pena por sí sola, es muy bonita. Nadie le hacía caso salvo yo y otro tipo con cámara.

¿Volvería a Faro mañana?

Volvería? Quizás si, pero tardaré. Dos días me bastaron para verlo bien y esa medida me parece la correcta. Me quedo con la playa vacía de la ilha da Barreta, con los huesos de la capilla del Carmo y con las calles empedradas del centro, que aguantan varios paseos sin aburrir.

Faro no es una ciudad que presuma; te la tienes que ganar andando, cruzando arcos y subiéndote a un barco. A cambio comes bien, gastas poco y no haces colas. Para un fin de semana, merece la pena visitar Faro, y sospecho que precisamente porque nadie te lo vende como imprescindible llegas sin expectativas y te vas con más de lo que esperabas.

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