El tren desde Rabat tarda una hora y te deja en Casa Port, junto al puerto. Desde la misma puerta de la estación el tráfico es denso y cruzar las avenidas pide paciencia. Venía con la duda de si merece la pena visitar Casablanca o es solo la ciudad del aeropuerto, así que decidí darle un día entero y comprobarlo a pie.
La primera impresión es la de una ciudad grande y ruidosa, con avenidas anchas, obras y bocinas. Lo noté en cuanto eché a andar. No es la ciudad más típica de Marruecos y conviene saberlo antes de llegar.
Del Habous a la explanada de Hassan II, andando y en petit taxi
Empecé por el sur y cogí un petit taxi hasta el barrio Habous, la nueva medina que construyeron los franceses en estilo marroquí. Es precioso. Calles de casas blancas, ordenadas y tranquilas, con tiendas de cuero y de aceite de argán. Me senté en una tetería a tomar un té con un dulce y ahí entendí que es el rincón de la ciudad que más se parece al Marruecos de las postales, pero sin agobios.
De vuelta al centro fui directo a la plaza Mohammed V, para mí la más bonita de la ciudad. La trazó Henri Prost y es donde mejor se entiende el art déco de Casablanca. Me puse a mirar las fachadas una a una, el Palacio de Justicia, la Wilaya, Correos y el Banco de Marruecos, todas blancas y con muchísimo detalle. Solo por este conjunto ya merece la pena visitar Casablanca. Luego caminé hasta la antigua catedral del Sagrado Corazón, de 1930 y hoy centro cultural, y es curioso encontrarte una iglesia así en Marruecos. La fachada blanca quedaba bien para una foto.
Desde allí fui hasta el Mercado Central, una parada interesante para ver la vida diaria entre pescado y especias, y aproveché para probar algo de cocina local. Seguí andando hasta la antigua medina. Es pequeña, se recorre sin perderse y conserva el ambiente de zoco con talleres y puestos. Merece la pena, aunque no tiene nada que ver con la de Fez o la de Marrakech. Es algo caótica, así que llevé el móvil y la cartera bien guardados.
Al salir de la medina pasé por el Rick’s Café, que abre a mediodía y recrea el bar de la película de Bogart, rodada en realidad en Hollywood, así que lo tomé como parada para beber algo y no como monumento.
Después seguí por la costa hasta la Mezquita Hassan II, que es la razón principal por la que merece la pena visitar Casablanca. Desde la explanada impresiona, con el minarete de 210 metros y el edificio levantado sobre el mar. Pero lo que compensa de verdad es entrar. Por dentro solo se visita con guía, en horarios fijos y pagando entrada, y no es barata, aunque el mármol y los techos de cedro tallado lo valen. Fui con hombros y piernas cubiertos y evité el viernes, que es cuando cierra a los turistas. Al rodearla por fuera me aparté del espigón porque las olas salpican fuerte.
Terminé el día en la Corniche, el paseo marítimo que sale de la mezquita hacia Aïn Diab. Hay terrazas y restaurantes mirando al Atlántico, y la playa de Aïn Diab es la más conocida de la ciudad. No vendría expresamente a bañarme, porque el baño depende mucho del estado del mar y no toda la costa es playa pública. Para pasear al atardecer y cenar con el océano delante es muy recomendable.
Lo que me llevo de la ciudad de Bogart
Casablanca tiene pegas y las he contado desde el principio. Hay mucho tráfico y ruido, y la medina se queda corta si vienes buscando el Marruecos más tradicional. Aun así, con un día completo la ves bien, y si quieres ir sin prisa, día y medio. Yo la colocaría como primera o última parada de un viaje por el país, aprovechando el aeropuerto y el tren.
Me quedo con la Mezquita Hassan II por dentro, con las fachadas de la plaza Mohammed V y con el té en el Habous. Por esas tres cosas, sí, merece la pena visitar Casablanca.