Lo primero que vi de Split fue la estación de autobuses pegada al muelle de los ferris, con hormigón y autobuses maniobrando, y pensé que me había equivocado de destino. Eché a andar por el paseo y a los 10 minutos tenía delante la fachada sur de un palacio romano con una fila de palmeras. Lo adelanto ya, sí merece la pena visitar Split, y bastante más de lo que esa llegada hace pensar.
Así que dejé la mochila y fui directo hacia esas murallas, que es donde está el motivo de todo.
¿Por qué el Palacio de Diocleciano compensa el viaje?
Rodeé la muralla para entrar por el norte, por la Puerta de Oro, y antes de cruzarla me paré frente a la estatua de Grgur Ninski, un obispo de bronce de más de 8 metros que firmó Meštrović. Tiene el dedo gordo del pie brillante porque la tradición dice que tocarlo da suerte, y yo también se lo toqué. Dentro está lo que hace única a esta ciudad. El Palacio de Diocleciano tiene 1.700 años y en él viven unas 3.000 personas, así que entre muros romanos hay ropa tendida y terrazas de café. La entrada al recinto es gratis. Guardé el mapa y me puse a callejear por el mármol, y lo bien conservado que está todo impresiona. Esa mezcla de ruina y vida diaria es la gran razón por la que merece la pena visitar Split. Dubrovnik es más de postal y bastante más cara, pero allí el casco antiguo vive casi solo del turismo.
El centro de todo es el Peristilo, la plaza de columnas corintias donde el emperador se dejaba ver, con una esfinge egipcia de granito a un lado y la entrada a la catedral al fondo. Por la mañana estaba llena de grupos, así que volví de noche. Me senté en las escalinatas romanas, en los cojines que reparte el bar Luxor, pedí una cerveza y escuché música en directo con la plaza ya medio vacía. Es espectacular. Si quieres la foto sin gente, ve antes de las 9 de la mañana.
La catedral de San Domnio fue el mausoleo de Diocleciano, y me hizo gracia que acabara dedicada a un mártir al que él mismo persiguió. Por dentro es pequeña, pero me fijé sobre todo en sus puertas de madera talladas con escenas de la vida de Cristo. Lo que sí recomiendo es subir al campanario. Son 183 escalones estrechos y empinados, y arriba tienes una vista de 360 grados sobre los tejados y el puerto, con las islas al fondo. Es de pago y sale mejor con la entrada combinada. Después bajé a los sótanos del palacio, unas salas abovedadas muy bien conservadas que explican cómo era la planta de arriba. Si has visto Juego de Tronos, aquí Daenerys encerraba a sus dragones. La galería de paso está llena de puestos de souvenirs y lo que vale la pena es la zona de pago.
Los sótanos desembocan en la Riva, el paseo marítimo con palmeras que tiene detrás la fachada del palacio. Me senté en una terraza a tomar un café mirando el mar y probé las fritule de un puesto, unos buñuelos que están muy buenos. Las terrazas aquí son más caras que en las calles de atrás, pero para un café compensa. Al caer la tarde subí andando al mirador de Marjan, junto al café Vidilica, y desde arriba se ven el campanario, el palacio, la Riva y el puerto. Es gratis y es el mejor atardecer de la ciudad. Ahí terminé de convencerme de que merece la pena visitar Split.
Lo que conviene saber antes de bajar del ferry en Split
Entre las 10 de la mañana y las 4 de la tarde llegan los grupos de los cruceros y el Peristilo se satura. Yo dejaría el palacio para primera hora y para después de las seis, cuando se puede pasear con calma.
Si duermes dentro de las murallas tendrás ruido de bares hasta tarde, algo que tuve en cuenta al mirar dónde alojarse en Split. A cambio, sales del portal y estás en plena ciudad romana.
La ciudad se ve en un día largo, pero yo le daría dos o tres noches para disfrutarla de noche y moverme a las islas desde aquí. Me quedo con el Peristilo de noche y con el atardecer en Marjan. Y a quien baje del ferry y solo vea hormigón le diría que camine esos 10 minutos antes de juzgar, porque merece la pena visitar Split y la primera impresión engaña.