Benavente aparece en la autovía casi sin avisar. Iba camino de Galicia por la A-6, vi la salida y decidí parar a estirar las piernas en esta ciudad de Zamora que apenas había buscado antes de salir de casa. Lo primero que distinguí al subir hacia el centro fue la silueta de una torre cuadrada asomando entre los árboles, y ahí empecé a sospechar que merece la pena visitar Benavente más allá de una parada técnica en la gasolinera.
La ciudad está a unos 70 kilómetros de Zamora capital y se recorre a pie en un par de horas. Aparqué junto al Parque de la Mota sin complicaciones y me encontré un casco histórico compacto donde cuatro monumentos tienen la etiqueta de Bien de Interés Cultural. Todo concentrado en un paseo circular de menos de tres kilómetros. No había turistas por ningún lado y eso hizo que caminar por las calles resultara todavía más agradable.
Lo que aparece al bajar de la Torre del Caracol
Empecé la visita por la Torre del Caracol, lo único que queda del antiguo castillo de la Mota del siglo XII. Se entra desde el Parador Nacional y la visita es gratuita aunque no estés alojado. Por fuera es una torre de planta cuadrada y unos 17 metros, sobria y militar. Por dentro cambia todo. La mezcla de gótico y renacentista se nota en los detalles, pero lo que realmente me dejó parado fue levantar la vista y encontrarme un artesonado morisco espectacular, con unos murales preciosos que no esperaba en absoluto en una ciudad de este tamaño.
Salí de la torre y caminé por los Jardines de la Mota, que se extienden sobre el montículo donde estaba la fortaleza. El paseo es tranquilo, con rosales y senderos que se cruzan entre esculturas, y las vistas se abren hacia las vegas de los ríos Esla y Órbigo. Me paré un rato delante del Monumento al Condado de Benavente, una escultura que representa al caballero portugués fundador del condado en 1397. Merece la pena visitar Benavente aunque solo sea para recorrer estos jardines con calma.
Al final del paseo me encontré con la Casa de Solita, un palacete de 1904 que ahora funciona como biblioteca y centro cultural. Me encantaron sus paredes de ladrillo combinadas con las rejas y los balcones de herrería, un trabajo artesanal que le da mucho carácter a la fachada. La entrada es gratuita y la primera planta conserva salones con vidrieras modernistas decoradas con tulipanes.
Bajé desde la Casa de Solita por la calle La Rúa, el eje comercial de Benavente. Está peatonalizada y tiene comercios locales que le dan algo de vida. No es una calle monumental, pero conecta los jardines con la zona de plazas del centro y resulta cómoda para caminar sin coches.
Románico doble, soportales y una fachada que para los pies
La Iglesia de Santa María del Azogue me pareció el monumento más impresionante de Benavente. Me acerqué por uno de sus laterales y lo primero que vi fueron los ábsides semicirculares y la gran torre rematada con chapitel de pizarra. Es una iglesia románica del siglo XII que fue creciendo durante siglos y eso se nota en la mezcla de estilos, pero el conjunto funciona. Entré y el interior me gustó mucho, con frescos en las paredes y la imagen de la Virgen de la Vega, patrona de la ciudad. La entrada es gratuita.
A pocos metros de la iglesia me metí por un callejón y encontré la fachada del Teatro Reina Sofía. Es un edificio de 1928 decorado con hornacinas y guirnaldas que parece de hace muchas décadas. Solo se puede ver por fuera, pero la parada es rápida y esa fachada modernista merece un vistazo.
Seguí caminando hasta la Plaza Mayor, donde me senté a tomar un café contemplando el Ayuntamiento, un edificio neoclásico de 1845 con soportales de piedra. En el suelo de la plaza descubrí el Mosaico de la Veguilla, que representa los cinco ríos de la comarca con el escudo heráldico de Benavente. Precioso. Merece la pena visitar Benavente solo por sentarse en esta plaza un rato sin prisa.
Crucé la plaza por el lado opuesto y a pocos pasos apareció la Iglesia de San Juan del Mercado, otra iglesia románica del siglo XII con una torre preciosa. La portada del sur, con la Adoración de los Reyes Magos tallada en el tímpano, me hizo parar un buen rato. Dentro, lo que más me llamó la atención fueron las pinturas de la parte superior, con escenas del bautismo de Cristo que conservan color después de siglos.
Desde San Juan del Mercado llegué a la Plaza del Grano, una plaza de origen medieval que antiguamente acogía el mercado de ganado bovino. Los edificios que la rodean pertenecen a la burguesía local del siglo XIX, con fachadas vistosas y miradores de forja. El ambiente es tranquilo y la arquitectura civil tiene más personalidad de la que esperaba en una ciudad de este tamaño.
La última parada antes de volver fue el Hospital de la Piedad, fundado en el siglo XVI por el quinto conde de Benavente como refugio de peregrinos que iban camino de Santiago por la Vía de la Plata. La fachada renacentista con influencias góticas está bien conservada y la portada, con su arco de medio punto y los blasones de los fundadores, justifica el paseo hasta allí. Hoy el edificio funciona como residencia de ancianos, así que solo pude ver el exterior.
¿Volvería a frenar en Benavente?
Benavente me pilló por sorpresa. Paré pensando en estirar las piernas media hora y acabé dedicándole dos horas completas. Me quedé con el artesonado de la Torre del Caracol y con esas dos iglesias románicas que se visitan gratis. Tomar un café en la Plaza Mayor sin que nadie me metiera prisa fue la mejor forma de cerrar el paseo.
Si vas de Madrid a Galicia o estás siguiendo la Vía de la Plata, merece la pena visitar Benavente y dedicarle algo más que un vistazo desde la autovía. Puede que, como me pasó a mí, acabes planteándote volver con más tiempo.