Lo primero que noté al llegar a la Riva fue la bora, el viento de Trieste, que sopla con tanta fuerza que me obligó a cerrarme la chaqueta en un día de cielo despejado. Caminé hacia el centro y a las pocas calles ya tenía la sensación de estar en una ciudad austriaca con el Adriático delante. Si te preguntas si merece la pena visitar Trieste, te adelanto que sí, aunque en España se hable poco de ella.
¿Por qué Trieste parece más Viena que Italia?
Fue el principal puerto del Imperio austrohúngaro y se nota en cada esquina. Paseé por calles rectas de fachadas neoclásicas con ventanales enormes, y la ciudad me recordaba más a Viena que a cualquier otra del norte de Italia.
Esa herencia se vive sobre todo en los cafés históricos, y yo me quedé con el Caffè San Marco. Es grande, tiene una librería dentro y conserva la decoración casi como cuando abrió, así que me senté a tomar un café sin mirar el reloj. Pedirlo tiene su gracia. Un «nero» es un espresso y un «capo in B» es un café con un poco de leche servido en vaso de cristal. Si lo tomas en la barra te sale más barato que sentado en la mesa.
Lo que me encontré entre la Piazza Unità y el Canal Grande
Empecé por la Piazza Unità d’Italia, la plaza más grande de Europa abierta al mar y el sitio que mejor explica por qué merece la pena visitar Trieste. Las fachadas son espectaculares. Me fijé sobre todo en el Ayuntamiento, con su torre y los dos autómatas que golpean la campana cada cuarto de hora, y en la Prefettura, que tiene mosaicos en la fachada. Me senté en la terraza del Caffè degli Specchi a tomar algo mirando la plaza y volví al atardecer, que es cuando está más bonita. De noche fíjate en las luces azules del suelo, que marcan hasta dónde llegaba antes el mar.
Al lado sale el Molo Audace, un muelle que se mete 246 metros en el agua. Lo recorrí hasta el final y desde allí tienes de frente toda la plaza con sus palacios, una perspectiva muy recomendable. Lleva chaqueta, porque con bora el viento sopla fuerte aunque sea verano.
A pocos minutos andando está el Canal Grande, que me pareció precioso. Tiene palacios a los dos lados y al fondo la iglesia de Sant’Antonio Taumaturgo con sus seis columnas, que es la foto típica de Trieste y queda bien para Instagram. En el Ponte Rosso me paré junto a la estatua de James Joyce, que vivió años en la ciudad, y luego me tomé un spritz en una terraza de la orilla. Antes de irme entré en San Spiridione, la iglesia ortodoxa serbia del canal. La fachada es bonita, pero lo que merece mucho la pena es el interior, con la cúpula azul y todo dorado, y la entrada es gratis.
La colina de San Giusto y el castillo blanco de Miramare
Para subir a San Giusto pasé por el teatro romano, que se ve perfectamente desde la calle y llegó a tener capacidad para 6.000 personas. Seguí por las escalinatas hasta arriba. El castillo por fuera no es espectacular, pero desde lo alto de la colina tienes la mejor panorámica de los tejados y del golfo, y esas vistas son otro motivo por el que merece la pena visitar Trieste. La catedral es austera, con un gran rosetón en la fachada, aunque dentro tiene unos mosaicos bizantinos en los ábsides muy bonitos y entrar es gratis.
Al día siguiente cogí el bus 6 y en unos 20 minutos estaba en Miramare, el castillo blanco que Maximiliano de Habsburgo levantó sobre el mar. Me pareció imprescindible y lo más bonito del viaje. Para mí el exterior gana al interior, y los jardines se recorren gratis, aunque si decides entrar hay audioguía en español. Curiosa la leyenda de que quien vive en él muere antes de tiempo.
Dos días en Trieste me parecen la medida justa
Me fui de Trieste con ganas de volver, y eso no me pasa con todas las ciudades.
En un día da tiempo a recorrer el centro andando, pero yo le daría dos para hacer Miramare con calma y repetir algún café histórico. Sí, merece la pena visitar Trieste, sobre todo si te gustan las ciudades con fachadas elegantes y el mar delante. Me quedo con la Piazza Unità al atardecer, el Canal Grande y los jardines de Miramare.