El eco de mis pasos sobre el empedrado de la Plaza de San Sebastián fue lo primero que noté al bajar del coche. Era una tarde de esas donde el sol de Málaga aprieta, pero aquí el aire se sentía más seco, cargado con un aroma a olivo y piedra caliente. Mi primera impresión no fue la de estar en un museo al aire libre, sino en una ciudad que funciona a su propio ritmo, ajena al bullicio de la costa.
Me senté en un banco a observar cómo los vecinos cruzaban la plaza sin prisa alguna. La luz rebotaba en las fachadas blancas, obligándome a entrecerrar los ojos mientras buscaba la silueta de la Peña de los Enamorados en el horizonte. No hay grandes carteles de neón ni reclamos agresivos para el turista; es un lugar que se muestra tal cual es.
Muchos viajeros pasan de largo hacia Granada o Sevilla, pero tras esa primera toma de contacto, empecé a sospechar que merece la pena visitar Antequera. Me pareció una ciudad honesta, de esas que no intentan impresionarte con fuegos artificiales, sino con la solidez de sus conventos y el silencio de sus cuestas.
Donde las piedras cuentan la historia del mundo
Caminar por Antequera es enfrentarse a una acumulación de siglos que a veces resulta difícil de procesar. No hablo solo de las iglesias barrocas que aparecen en cada esquina, sino de algo mucho más primario y rudo. Me acerqué a los Dólmenes de Menga y Viera esperando encontrar un simple montón de rocas valladas y me encontré con una energía abrumadora.
Esos bloques de piedra gigantescos, alineados con la montaña, te hacen sentir pequeño de una forma casi incómoda. No hay guías gritando por altavoces, solo el viento que se cuela por la entrada de la cámara funeraria. Por eso creo que merece la pena visitar Antequera, porque te permite tocar la prehistoria sin filtros modernos.
Después subí hacia la Colegiata de Santa María la Mayor, donde el terreno se vuelve empinado y las piernas empiezan a quejarse. El esfuerzo se paga con las vistas desde la muralla de la Alcazaba, viendo cómo los tejados de arcilla se extienden hasta perderse de vista. A veces el viento sopla con fuerza arriba y el graznido de las chovas es lo único que rompe el silencio.
La mezcla de lo romano, lo árabe y lo cristiano aquí no es una postal perfecta, tiene cicatrices y parches. Pero precisamente esa falta de perfección es lo que me convenció de que merece la pena visitar Antequera. Hay una autenticidad en sus muros desconchados que no encuentras en destinos más pulidos y artificiales.
El laberinto de cal y el mar de roca
Si buscas la estética pura, el Torcal de Antequera es el lugar donde la cámara no descansa un segundo. Recorrí los senderos entre formaciones calizas que parecen platos apilados por un gigante caprichoso. El gris de la roca contrasta de forma brutal con el verde de los matorrales y el azul intenso del cielo andaluz.
Es un paisaje lunar que se siente frío al tacto, incluso cuando el sol está en lo alto. Me quedé un rato quieto en el Mirador de las Ventanillas, sintiendo el vértigo del valle a mis pies. La escala de este laberinto natural es tan grande que uno acaba sintiéndose un invitado irrelevante en un escenario milenario.
De vuelta en el casco urbano, me perdí por el Barrio del Portichuelo. Las casas blancas tienen macetas de geranios que parecen estallar de color contra la cal. Me detuve ante la Capilla de la Virgen del Socorro, con su arquitectura tan extraña y abierta, que parece más un escenario de teatro que un templo religioso.
¿Volvería a visitar Antequera?
Después de un par de días aquí, me doy cuenta de que este no es un destino para quienes buscan lujo rápido o parques temáticos. Es una ciudad que exige caminar mucho, subir escaleras y estar dispuesto a que el horario de la siesta dicte tu ritmo de vida. Las cuestas pueden llegar a cansar y algunos rincones se sienten demasiado dormidos en el tiempo.
Sin embargo, hay una satisfacción real en tomarse una caña con una porra antequerana mientras el sol cae tras las torres. No me sentí como un extraño, sino como alguien que ha descubierto un secreto que los locales guardan con discreción. Es un sitio que se saborea mejor si no llevas una lista de tareas pendientes.
Tras haber sentido el frío de los dólmenes y el calor de sus plazas, mi conclusión es clara y sin adornos. Por su historia bruta, su geología imposible y esa calma que ya no se encuentra en la costa, merece la pena visitar Antequera. Es, simplemente, un lugar que te devuelve la mirada con mucha dignidad.