Desde la autovía de Extremadura lo primero que vi de Talavera fue el pilono de su puente atirantado, que sobresale por encima de todo lo demás. Lo segundo fueron bloques de pisos sin mucho orden, de esos que no invitan a salir de la carretera. Tomé el desvío igualmente, porque venía a comprobar si merece la pena visitar Talavera de Reina o si es solo una ciudad grande de paso a hora y media de Madrid.
Ya dentro, la primera impresión fue la de una ciudad normal, con tráfico y gente haciendo recados. Dejé el coche y me fui andando hacia el casco antiguo, que es donde se concentra casi todo lo que quería ver. Conviene saberlo antes de venir. La Talavera bonita está escondida detrás de la que se ve desde fuera, y hay que ir a buscarla.
Enseguida empezaron a aparecer los azulejos, en las fachadas y en los carteles de algunas tiendas. Talavera lleva siglos haciendo cerámica y la Unesco reconoce su tradición como Patrimonio Cultural Inmaterial, así que decidí organizar el día siguiendo esa pista.
Una ciudad que se explica con azulejos y con el Tajo
Empecé por la Plaza del Pan, que hace de plaza mayor desde hace siglos. El nombre viene de la calahorra, la oficina donde se vendía pan en tiempos de escasez. Me senté en una terraza con un café y desde ahí tenía delante la Colegiata y, girando un poco la silla, el Ayuntamiento, que ocupa un palacio renacentista. Es la plaza más bonita de Talavera, y las palmeras le dan un aire distinto al de otras plazas castellanas.
Después de pagar me levanté a mirar los bancos, decorados con cerámica de Talavera, que quedan muy bien en una foto. Busqué también la estatua de Fernando de Rojas, el autor de La Celestina, que fue regidor de la ciudad. Muy cerca hay una placa dedicada a Juan Ruiz de Luna, el ceramista que devolvió el prestigio a la cerámica talaverana a principios del siglo XX. Me apunté su nombre porque me lo iba a encontrar varias veces durante el día.
La Colegiata de Santa María la Mayor ocupa uno de los lados de la plaza y la fachada es preciosa. Lo que más me llamó la atención fue el rosetón, enorme y de ladrillo estucado, que me recordó mucho al del Monasterio de Guadalupe. Entré, y lo primero que sorprende es lo grande que es por dentro, con tres naves. Tiene un claustro gótico de hacia 1469 muy bonito, donde está el sepulcro de Fernando de Rojas.
A la Colegiata solo se entra con la pulsera turística, que es de pago y da acceso a cuatro templos, la propia Colegiata, la Basílica del Prado, Santiago el Nuevo y San Andrés. Con ella subí por una escalera de caracol de piedra hasta el rosetón, que está separado de la vidriera por una cámara, y después pasé entre los arbotantes del siglo XV. Es una pasada. Los horarios de visita son muy limitados, así que conviene mirarlos antes de ir.
Esa noche volví a la plaza expresamente para ver el rosetón iluminado, y acerté. Solo por la fachada de la Colegiata ya merece la pena visitar Talavera de Reina.
Al día siguiente caminé hacia las murallas. Talavera llegó a tener tres recintos amurallados y el primero, de época musulmana, es el que mejor se conserva. En el siglo XIII los cristianos lo reforzaron con 17 torres albarranas, torres adelantadas que salen de la muralla para defenderla, y hoy quedan 8. Me fui parando en cada una. Algunas están tan bien conservadas que parecen recién hechas y otras se ven bastante castigadas, pero el paseo junto a ellas es muy recomendable.
De las murallas bajé al Tajo, que queda muy cerca. El Puente Romano es el más antiguo de la ciudad, aunque en realidad es medieval, porque se mandó reconstruir en 1483 aprovechando lo que quedaba del romano. Lo crucé fijándome en los arreglos de la piedra, ya que los talaveranos lo llaman el Puente de los Remiendos por todas las veces que lo han tenido que reparar. Me gustó mucho. Justo a su lado está una de las mejores vistas del río, y ahí me paré a mirar.
Desde el Puente Romano se ve el de Hierro, rojo y de 426 metros, inaugurado en 1908. Fue un hito para una ciudad que hasta entonces tenía que tirar de barcas cada vez que se venía abajo el puente viejo. Me acerqué a hacer la foto con el Tajo debajo, la que hace todo el mundo, y queda muy bien para redes.
Me faltaba el Puente de Castilla La Mancha, el que había visto desde la autovía. Su pilono mide 192 metros y es el más alto de España, por eso se distingue desde tan lejos. Lo curioso es que la circunvalación a la que tenía que conectar nunca se terminó, y el puente se queda un poco a medias. Lo miré desde la orilla y seguí mi camino.
Los rincones más bonitos de Talavera, de San Agustín al Prado
Volví al casco antiguo en busca de la Plaza de San Agustín, uno de sus rincones con más encanto. Me paré delante de la fachada de la antigua iglesia de San Agustín, obra de Fray Lorenzo de San Nicolás en lo que se llama barroco de ladrillo, un estilo muy típico de Talavera. Es muy bonita. Con la luz de la mañana el ladrillo quedaba bien para una foto.
Pegado a la plaza está el Museo de Cerámica Ruiz de Luna, en el antiguo convento de los Agustinos Recoletos. Entré porque quería entender de dónde sale tanto azulejo, y merece la pena. Hay loza y azulejería de los siglos XVI al XX y buena parte de la colección privada de Ruiz de Luna, con retablos, jarrones, platos y hasta una chimenea. Me gustó mucho el detalle de las piezas y el color que tienen. Salí distinguiendo algo mejor lo que llevaba viendo por la calle desde el día anterior.
Desde ahí fui callejeando hasta la travesía de Santiago, y fue de lo mejor del paseo. Es una calle estrecha a la que da la fachada occidental de Santiago el Nuevo, una iglesia mudéjar del siglo XIV con un rosetón en lo alto y dos arbotantes que se apoyan en las viviendas de al lado. Es de las calles más fotogénicas de Talavera, y rincones como este explican por qué merece la pena visitar Talavera de Reina sin prisa y callejeando. Con la pulsera se puede entrar, y dentro tiene un órgano del siglo XVIII.
Antes de salir del centro pasé por delante del Teatro Victoria. Levanté la vista porque la fachada está decorada con cerámica de Ruiz de Luna y Guijo, y merece esa parada aunque no vayas a entrar. Se levantó donde estaba el antiguo corral de comedias del siglo XVII.
La Basílica de Nuestra Señora del Prado queda fuera del casco histórico, al final de los Jardines del Prado, así que caminé hasta allí. Por fuera ya tiene azulejos en el pórtico, del siglo XVI. Lo espectacular es el interior. Las paredes están cubiertas de murales de cerámica que cuentan la vida de la Virgen desde que nace, y los púlpitos también son de azulejo, uno antiguo y otro de Ruiz de Luna. Fui panel por panel y entendí enseguida por qué la llaman la Capilla Sixtina de la cerámica.
Para mí es lo mejor de Talavera y el motivo principal para venir. Felipe II la llamó la Reina de las Ermitas. Antes de salir me acerqué a ver a la patrona de la ciudad, una imagen muy pequeña de unos 50 centímetros. Entra en la pulsera turística. Con esto delante tuve claro que merece la pena visitar Talavera de Reina.
Al salir di una vuelta por los Jardines del Prado, los más antiguos de la ciudad. Tienen la Fuente de las Ranas, recreación de la que diseñó Francisco Arroyo y se hizo en los talleres de Ruiz de Luna, y el Estanque de los Patos, también de cerámica. Me senté en uno de los bancos de azulejo a descansar. Son muy bonitos, como un Parque de María Luisa de Sevilla en miniatura.
¿Volvería a Talavera de la Reina?
Sí, y se la recomendaría a cualquiera que disfrute con la cerámica y el mudéjar. Me quedo con la Basílica del Prado, el rosetón de la Colegiata y la Plaza del Pan, los sitios que mejor explican la ciudad. Para mí merece la pena visitar Talavera de Reina aunque desde la autovía no lo parezca, porque el casco antiguo se recorre a pie y cada pocas calles aparece otra fachada con azulejos.
Lo principal se ve en un día caminando, y con dos vas mucho más tranquilo. Está a hora y media de Madrid, así que encaja como escapada o como parada en la ruta hacia Extremadura. Antes de irme me metí en los bares del casco antiguo a tapear, que es donde se concentra ahora el ambiente. Fue una buena forma de cerrar el viaje.
Llegué con la imagen de los bloques de pisos vistos desde el coche y me fui con la de los murales de la Basílica del Prado. Tengo claro que merece la pena visitar Talavera de Reina, y me quedé pensando en cuántas ciudades nos saltamos por juzgarlas desde la carretera.