A las once de la mañana, con más de 30 °C en el marcador, bajé del tren y noté ese calor seco que no engaña. El aire no pesa, pero se hace notar desde el primer minuto. Caminé hacia el centro con la mochila colgando y el asfalto devolviendo luz por todas partes. No fue una llegada espectacular, pero sí directa y honesta, como la ciudad.
El primer rato lo dediqué a ubicarme, sin grandes expectativas ni planes cerrados. Almería no te agarra por la solapa nada más llegar, y eso me gustó. Hay zonas poco agraciadas, fachadas normales y tráfico real, pero también una sensación clara de ciudad vivida, no de decorado. Con esa impresión inicial empecé a pensar si merece la pena visitar Almería, más allá de lo que dicen los folletos.
El primer contacto con Almería
Almería no intenta gustar a todo el mundo, y se nota. El centro se recorre bien a pie, sin prisas, con distancias razonables y calles que se dejan leer rápido. Hay bares normales, terrazas con sombra real y un ritmo que no parece pensado para el visitante. Eso suma puntos.
La sorpresa llegó cuando empecé a subir hacia la Alcazaba de Almería. No es solo grande, es larga, y se visita sin empujones ni colas absurdas. Estuve más de una hora caminando, parando y volviendo atrás. Aquí entiendes por qué se rodaron escenas de Juego de Tronos y por qué sigue siendo el mejor mirador de la ciudad. Para mí, este solo motivo ya hace que merece la pena visitar Almería.
La ciudad también tiene su parte menos fina. El verano aprieta, y hay horas en las que no apetece moverse. Aun así, el mar cerca y las playas urbanas alivian más de lo que esperaba. Por la tarde, con menos sol, todo encaja mejor. En ese momento confirmé que merece la pena visitar Almería si ajustas horarios y expectativas.
Sitios que merece la pena visitar en Almería
Lo que más fotos genera no siempre es lo más interesante, pero en Almería hay coincidencias claras. Empecé por la Alcazaba temprano y fue un acierto. Entré sin prisas, recorrí los tres recintos y salí con la sensación de haber visto algo serio, no un monumento de paso. Por dentro es preciosa, y no necesita filtros para salir bien en fotos.
La Catedral de la Encarnación me sorprendió más de lo esperado. No es ornamental ni recargada, pero tiene carácter. Me gustó su aire de fortaleza y la plaza amplia que la rodea. Estuve poco tiempo dentro, pero lo suficiente para apreciarla sin saturarme.
El centro histórico se deja querer si no lo idealizas. Hay tramos más vivos y otros más planos, pero caminar sin rumbo funciona. Me senté a tomar algo, observé el movimiento y seguí. Cerca del puerto está el Cable Inglés, una estructura rara, industrial y muy fotogénica. No es monumental, pero tiene personalidad y al atardecer se luce.
Fuera de la ciudad, el Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar es otro nivel. Alquilé coche y dediqué un día entero. Playas abiertas, caminos de tierra y silencio real. Y Mojácar, con sus cuestas y vistas, fue un cierre perfecto, muy agradable para pasear sin reloj.
Mi opinión tras caminar Almería un día
No es una ciudad para todo el mundo ni para todos los ritmos. Si buscas estímulo constante, igual se te queda corta. Pero si te gusta caminar, mirar y decidir sobre la marcha, aquí hay materia. La Alcazaba, la catedral, el centro histórico y el Cable Inglés no son relleno; funcionan y dejan recuerdo.
Yo me fui con la sensación de haber hecho bien en venir. Sin exagerar, sin adornar. Por eso digo, con calma y con criterio propio, que merece la pena visitar Almería. A veces, eso es suficiente.