¿Merece la pena visitar Reus? Descubre mi opinión en 2026

Llegué a Reus sin expectativas. El tren desde Barcelona me dejó a quince minutos a pie del centro y lo primero que hice fue sentarme en una terraza de la Plaça del Mercadal a pedir un café. Tenía enfrente la fachada del Ayuntamiento y, justo al lado, un edificio modernista que no esperaba encontrar en una ciudad que muchos asocian solo con el aeropuerto o con la parada camino a la costa. Esa primera media hora removiendo el café frente a esas fachadas me convenció de que aquí había algo más.

Caminé por el casco antiguo y confirmé que Reus no tiene la avalancha turística de Barcelona o Tarragona. Los comercios de toda la vida siguen abiertos un martes a mediodía, las terrazas se llenan de gente tomando el aperitivo sin prisa y no tuve que hacer cola en ningún sitio. Merece la pena visitar Reus precisamente por eso, porque todo se recorre a pie y sin agobios. En un fin de semana se puede ver tranquilamente todo lo que ofrece y todavía sobra tiempo para repetir vermut.

Domènech i Montaner y el Reus que no sale en las guías de Barcelona

La primera parada fue la Casa Navàs, justo en la misma Plaça del Mercadal donde había desayunado. Su fachada es preciosa. Está considerada uno de los mejores ejemplos del Modernismo a nivel europeo. El proyecto fue del arquitecto Lluís Domènech i Montaner, el mismo que diseñó el Palau de la Música en Barcelona. Reservé la visita guiada con antelación y fue un acierto, porque las plazas se agotan rápido. El interior mantiene el mobiliario original y los mosaicos de paredes y vitrinas, todo intacto desde principios del siglo XX. Salí convencido de que solo por este edificio la visita ya compensa.

Al salir empecé a caminar sin rumbo fijo por el casco antiguo y descubrí que Reus tiene placas doradas en la acera frente a cada edificio modernista, con el nombre del arquitecto y el año de construcción. Hay unos ochenta catalogados. Me dediqué a seguir la ruta del modernismo y las fachadas que fui encontrando eran espectaculares. Quien se pregunte si merece la pena visitar Reus solo por el patrimonio, la respuesta está en esas calles.

Volví a la plaza para entrar en el Gaudí Centre, el centro de interpretación dedicado a Antoni Gaudí que ocupa el mismo edificio que la Oficina de Turismo. El museo funciona con exposiciones interactivas y pantallas, un formato pensado para tocar y experimentar. Recomendado si te interesa Gaudí, aunque a mí lo que me atrapó de Reus fue más la huella de Domènech i Montaner que la conexión con el arquitecto de la Sagrada Familia.

Antes de dejar el hilo de Gaudí me acerqué a la calle de Sant Vicenç, donde una placa marca su casa natal. Es una casa corriente, sin nada especial en la fachada. Justo al lado hay una escultura que lo representa de adolescente, jugando con unas bolas doradas. Un detalle curioso para completar el paseo.

El campanario, un psiquiátrico precioso y la hora del vermut

Dediqué la segunda mañana a la Iglesia Prioral de Sant Pere, la más antigua de Reus. Dentro hay una placa que recuerda el bautizo de Gaudí, pero lo que me interesaba era el campanario. Subí. Son 62 metros de torre hexagonal con una subida llevadera gracias a los descansillos, y desde arriba se ven los tejados de la ciudad y la costa al fondo. Pagué 4 euros y me pareció una de las mejores formas de situar Reus antes de seguir caminando.

El Institut Pere Mata está a las afueras y tuve que coger el bus para llegar. Merece el desplazamiento. Es un hospital psiquiátrico de finales del siglo XIX diseñado por Domènech i Montaner, y la parte visitable es el Pabellón de los Distinguidos, donde ingresaban los pacientes con más dinero. La fachada es preciosa, pero es que el interior no se queda corto. Las vidrieras y el mobiliario original siguen intactos, con un nivel de detalle que recuerda más a un palacio que a un centro médico. Recomiendo la visita completa, igual que la de la Casa Navàs.

Al volver al centro pasé por la Plaza Prim, una plaza muy bonita con la escultura del general Prim en el centro y la fachada del Teatro Fortuny cerrando uno de sus lados. El teatro sigue en activo desde 1884 y tiene un aire retro que combina bien con el resto del casco antiguo. Me senté un rato en un banco y pensé que merece la pena visitar Reus aunque solo sea por la cantidad de rincones donde puedes pararte sin sentir que te estás perdiendo algo.

La tarde la reservé para la parte gastronómica. Entré en las Bodegas Rofes, una antigua fábrica de vermut de 1890 reconvertida en restaurante. Todavía conserva las barricas y parte de la maquinaria original, así que el ambiente tiene un punto industrial que encaja bien con la historia del local.

A pocos minutos caminando llegué al Museo del Vermut, instalado en otro edificio modernista. La entrada al museo es gratuita y la colección supera las 6.000 piezas procedentes de 56 países. El local funciona también como vermutería y restaurante, así que puedes sentarte entre vitrinas llenas de botellas y carteles mientras comes. Es un sitio donde el modernismo y la cultura del vermut se juntan en la misma mesa.

¿Volvería a Reus un fin de semana cualquiera?

Reus me pilló por sorpresa. Fui esperando una ciudad de paso y me encontré con un patrimonio modernista que compite con el de Barcelona y una cultura del vermut que va más allá del aperitivo de moda. Todo se recorre caminando, sin colas y con la tranquilidad de un sitio que no vive pendiente del turismo. La ciudad no te deja sin aliento, pero cada esquina tiene algo que mirar y el ritmo de la visita lo pones tú.

Sí, merece la pena visitar Reus. Volvería un fin de semana cualquiera, aunque solo fuera para sentarme otra vez en la Plaça del Mercadal con un café y mirar la fachada de la Casa Navàs antes de volver a entrar para disfrutar de esa joya arquitectónica.

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