Lo primero que me golpeó en Viseu fue el sonido de las campanas rebotando en la piedra, como si el centro estuviera hecho para amplificarlo todo. Bajé del bus con esa luz blanca de interior de Portugal, seca y nítida, y me fui directo hacia el casco antiguo sin pensarlo mucho.
En dos calles pasas del “esto es una ciudad normal” a un laberinto de cuestas y callejones que huelen a café y a pan recién hecho. No es una entrada teatral: es más bien una ciudad que te deja entrar cuando tú bajas el ritmo.
La plaza grande (la Praça da República, el Rossio de aquí) me pareció un buen termómetro: gente haciendo recados, terrazas tranquilas, y cero ansiedad por “verlo todo”. Ahí fue cuando pensé, sin postureo, que merece la pena visitar Viseu si vienes buscando Portugal sin altavoces.
Empezando a conocer a Viseu
Viseu no compite por tu atención; la gana por desgaste lento. Caminé hacia el Adro da Sé y me quedé un rato mirando cómo el granito manda en ese conjunto: catedral, palacios, balcones, todo con ese aire serio que no necesita maquillaje.
Entré al Museu Grão Vasco por pura curiosidad y salí con la sensación de haber hecho una pausa buena. Está pegado a la catedral y, aunque no seas de museos, el plan funciona porque no te pide horas infinitas ni conocimientos previos.
Luego volví al Rossio a pie, sin mapa, y eso dice bastante del tamaño y del ambiente. Hay tiendas, vida local y cafés donde te sirven sin prisa; también hay ratos en los que notas que, fuera de temporada, algunas calles se quedan medio en silencio.
Si vienes desde Oporto, lo fácil es el bus: ronda las 1 h 50 min y suele salir barato si lo pillas con antelación. A mí me pareció una escapada redonda para cambiar el chip sin meterme en otra ciudad llena de colas.
Y sí, también hay vino alrededor: estás en territorio del Dão, y en la propia ciudad tienes el Solar do Vinho do Dão como punto de referencia. No hace falta montar una excursión complicada; con una copa bien elegida ya entiendes por qué aquí hablan de vino con calma.
Con todo eso en la cabeza, yo diría que merece la pena visitar Viseu si te apetece historia a escala humana. Y también merece la pena visitar Viseu cuando quieres caminar, comer bien y volver a dormir sin ruido de madrugada.
Mis rincones favoritos que ver en Viseu
El Adro da Sé es mi favorito para empezar temprano, cuando aún hay pocas voces y el granito parece más claro. Me quedé mirando detalles pequeños: la plaza abierta, las sombras cortas, y esa sensación de ciudad antigua que todavía se usa.
La Praça da República (Rossio) funciona como un salón al aire libre. Me senté con un café, vi pasar gente con bolsas, y pensé que aquí la vida cotidiana es el mejor decorado, sin necesidad de nada más.
La Igreja da Misericórdia me gustó por contraste, con su presencia más ornamentada frente a la sobriedad del entorno. No hace falta entrar con “modo cultural”: basta con plantarte delante y dejar que el sitio haga su trabajo.
Cuando quise verde, fui hacia el Parque do Fontelo, que viene bien para estirar las piernas y cambiar piedra por árboles. Si te apetece hacer fotos sin pelearte con multitudes, ese rato vale oro.
Mi veredicto tras caminar sin prisa por Viseu
Yo volvería, pero no lo vendería como un plan para todo el mundo. Si te aburre una ciudad tranquila o necesitas una agenda llena, aquí puedes sentir que “pasa poco”.
A mí me encajó porque me dejó respirar y mirar detalles, y porque en un par de días me dio catedral, museo, plazas y buen comer sin estrés. Por eso, hoy, diría que merece la pena visitar Viseu… sobre todo si tú también estás cansado de lugares que intentan impresionarte a gritos.