El tren desde León tarda menos de tres cuartos de hora en dejarte en Astorga, y desde la estación subí andando hasta el casco histórico. La primera impresión es de ciudad pequeña y tranquila. Llegué temprano a propósito, porque a media mañana la zona monumental se llena de grupos y de peregrinos. Si te preguntas si merece la pena visitar Astorga, mi respuesta corta es que sí.
Empecé por la muralla del Parque del Melgar
Lo primero que hice fue bajar al Parque del Melgar, que queda a los pies de la muralla romana. Desde el césped se ve el tramo más vistoso del muro con la catedral y el palacio de Gaudí asomando por detrás, y es la foto que mejor resume la ciudad. Me sorprendió lo bien conservada que está. Quedan unos 2,2 kilómetros de muralla rodeando el casco antiguo.
Esa muralla es la pista de que Astorga fue Asturica Augusta, una ciudad romana importante del noroeste. Para entenderlo reservé la Ruta Romana, la visita guiada que sale del Museo Romano, baja a la antigua cloaca y termina delante del mosaico de Orfeo de la Domus del Oso y los Pájaros. Hay que reservar antes y los lunes no hay ruta, así que conviene cuadrar bien el día.
¿Gaudí en mitad de la Maragatería?
Subí luego hasta el Palacio de Gaudí, que es el motivo por el que mucha gente pone Astorga en el mapa. Por fuera parece un castillo neogótico de cuento colocado en plena meseta, y me pareció espectacular. Me recordó a la Casa Botines de León, que también es suya. Entré, y lo recomiendo, porque las vidrieras y el comedor que Gaudí diseñó para el obispo Grau son preciosos. Es de pago y en temporada alta yo reservaría la entrada.
Justo al lado está la catedral de Santa María, y ver los dos edificios juntos es de lo mejor del viaje. La fachada barroca me gustó muchísimo y por dentro impresiona el tamaño, sobre todo cuando te plantas delante del retablo mayor de Gaspar Becerra. Antes de entrar busqué en el tejado a Pedro Mato, la figura del maragato que según la leyenda vigila la ciudad. Solo por esta pareja de monumentos ya merece la pena visitar Astorga.
A pocos metros del palacio me desvié para ver la Casa Granell, una fachada modernista con torre de Antonio Palacios que solo se puede ver por fuera, pero es curiosa.
Café en los soportales esperando a Juan Zancuda y Colasa
Bajé a la Plaza Mayor, construida sobre el antiguo foro romano, y me senté en una terraza de los soportales a tomar un café mirando la fachada barroca del Ayuntamiento. Me encantó el plan. Lo suyo es esperar a la hora en punto, cuando las dos figuras de maragatos del reloj, Juan Zancuda y Colasa, golpean la campana. Parece poca cosa, pero tiene su gracia. Si coincides en martes, la plaza se llena con el mercado.
Para comer pedí cocido maragato, que se sirve al revés, empezando por las carnes y terminando con la sopa. Es contundente, así que dejé la tarde tranquila. Comer cocido es otra de las razones por las que merece la pena visitar Astorga, y en fin de semana conviene reservar mesa porque los locales se llenan al mediodía.
Por la tarde entré al Museo del Chocolate, interesante y rápido de ver en una ciudad con siglos de tradición chocolatera, y salí con unas tabletas y unas mantecadas en la mochila.
Un día completo en la capital maragata
Astorga es pequeña y se recorre entera a pie, así que no hace falta coche. Con medio día ves lo imprescindible, pero yo le dedicaría un día completo para comer sin prisas y entrar en los interiores. Para lo que ocupa, concentra muchísimo patrimonio en muy pocas calles, y sí, merece la pena visitar Astorga. Me quedo con el Palacio de Gaudí, la catedral y ese café en la Plaza Mayor esperando a que den la hora.