¿Merece la pena visitar Estrasburgo? Te cuento mi experiencia 2026

El tren que sale del aeropuerto me dejó en la estación central en diez minutos, y desde ahí caminé otros diez hasta el hotel arrastrando la maleta. Lo primero que me encontré al meterme en el centro histórico fue gente, mucha gente: las calles que rodean la catedral estaban tan llenas que avanzaba esquivando grupos. No es la mejor manera de empezar y casi me arrepiento de no haber madrugado más. Dejé las cosas en la habitación y bajé otra vez a la calle, esta vez hacia los canales, y ahí cambió todo. En cuanto vi las casas de madera reflejadas en el agua dejé de pensar en la maleta. Tenía claro desde antes de venir que merece la pena visitar Estrasburgo, pero una cosa es leerlo y otra plantarse delante de La Petite France a primera hora. Me senté un rato en un banco junto al canal, saqué el móvil para mirar el mapa y decidí que los días siguientes los iba a dedicar enteros a caminar.

Cuatro días y me supieron a poco

Lo que más me gustó de Estrasburgo es que casi todo lo importante está pegado y se hace andando. La Grande Île, el centro histórico que es Patrimonio de la Humanidad desde 1988, se recorre entera a pie y se nota que la ciudad ha sido francesa y alemana a ratos: lo ves en la comida, en los nombres de las calles y en las tabernas. Yo reservé el viaje pensando en dos o tres días y al final estuve cuatro; aviso de que merece la pena visitar Estrasburgo con calma, porque a las prisas se le escapa media ciudad. Entré en un par de winstubs, esas tabernas de toda la vida con mesas de madera oscura, a probar la tarte flambée y el choucroute, y repetí cafetería más de una vez.

Cuatro días, y me fui con cosas pendientes.

El centro tiene el punto malo de cualquier sitio bonito: a mediodía se llena y los precios en las plazas más céntricas suben. Lo resolví desayunando temprano en sitios como Café Bretelles, antes de que abrieran los grupos, y dejando las zonas más concurridas para la última hora de la tarde, cuando bajaba la gente. Con ese plan merece la pena visitar Estrasburgo incluso en temporada alta, porque la misma calle que a las doce no podías ni cruzar a las ocho era otra cosa.

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Las calles y plazas donde más me paré

Empecé casi siempre por La Petite France, el barrio viejo de curtidores y molineros, porque a primera hora estaba medio vacío. Su calle Rue des Moulins es para mí imprescindible: casas de colores, el canal al lado y poca gente si llegas pronto. De ahí crucé a los Ponts Couverts, tres puentes y cuatro torres de piedra que fueron parte de la muralla; me encantaron. Subí al mirador de la Presa Vauban, que es gratis, y desde la terraza tienes una vista brutal de los puentes y del barrio.

Tirando hacia la Grande Île pasé por la Plaza Kléber, la principal, y seguí hasta la Plaza Gutenberg, justo enfrente de la catedral; las dos me gustaron, y de paso entré a curiosear en los Galeries Lafayette. Antes de meterme en el templo paré a tomar un chocolate caliente en Cafés du Monde, con la plaza ya a tope. La Catedral de Notre Dame fue lo que más me llamó: una sola torre de 142 metros (la otra no llegó a construirse porque el suelo era fangoso) y un reloj astronómico dentro que justifica la entrada. Subí a la torre y las vistas de la ciudad son preciosas. En la misma plaza está el Kammerzell, un edificio de madera precioso, aunque para ver los frescos de dentro hay que comer en su restaurante, que es caro.

Después me metí por la Rue du Maroquin a comer en un winstub, y allí cerca está el restaurante Le Tire-Bouchon, con la fachada decorada con osos de peluche: la luz le daba de lado y quedaba bien para una foto. Bajé a la place du Marché-aux-Cochons-de-Lait, una plaza pequeña con casas de entramado, y luego al Palacio Rohan, cuya fachada barroca me gustó bastante. Crucé el puente hasta Quai des Bateliers, de los mejores sitios para hacerse fotos junto al río, y otro día cogí el paseo en barco por los canales, muy recomendable para ver la ciudad desde el agua.

Lo que me quedó por mirar con más calma fue lo de más allá: la Place Broglie con la ópera, la Iglesia Saint-Pierre-le-Jeune (su fachada color arena con las cúpulas azul turquesa es espectacular), el Barrio Alemán al cruzar el río y el Barrio Europeo con el Parlamento. Por eso digo que cuatro días no me sobraron.

¿Volvería mañana mismo? Sí, merece la pena Estrasburgo

Salí de Estrasburgo con la sensación de haber aprovechado bien los cuatro días y, aun así, con lista de pendientes. Me quedo con las mañanas tempranas en La Petite France antes de que llegara la gente, con la subida a la torre de la catedral y con el chocolate caliente en el centro mientras fuera no cabía un alma. También con la Iglesia Saint-Pierre-le-Jeune y con el rato tonto que pasé buscando el ángulo de los osos de peluche del Tire-Bouchon. Si alguien me pregunta si merece la pena visitar Estrasburgo, le digo que sí sin rodeos, y que se reserve un día más del que cree que va a necesitar. Y es que lo que recuerdas no son los monumentos sueltos, sino haber tenido tiempo de caminarlos sin reloj.

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