Llegué a Cartagena en coche un sábado por la mañana y lo primero que hice fue parar en una rotonda del Paseo de Alfonso XIII. No es la entrada más glamurosa a una ciudad, pero ahí estaba la réplica del Submarino Peral y me pareció buena señal aparcar dos minutos para verla antes de buscar sitio en el centro.
Aparcar, por cierto, costó lo suyo: di un par de vueltas hasta encontrar hueco cerca de la Plaza de la Merced. Hacía calor, ese calor de Murcia que en verano se nota desde que sales del coche (rondaba los 32 °C), así que decidí empezar a caminar pronto, antes de que apretara más. La primera impresión fue la de una ciudad mediana, tranquila, con bastante piedra antigua repartida por todas partes y un puerto al fondo.
No esperaba demasiado, y quizá por eso me sorprendió: merece la pena visitar Cartagena, y lo digo después de haberla recorrido a pie durante dos días. Se ve bien en ese tiempo, sin agobios.
Romanos, minería y un puerto militar
Lo que más me llamó la atención de Cartagena es la cantidad de capas que tiene encima la misma calle. Empecé a andar desde la Plaza de la Merced y a los pocos metros ya estaba viendo restos del Decumano Máximo, la antigua calzada romana de entrada a la ciudad. La fundaron los cartagineses en el 227 a.C. y los romanos la convirtieron en Cartago Nova, y eso se nota en cuanto levantas la vista. Subí hacia el centro y fui cruzándome con yacimientos casi sin buscarlos.
Caminé hasta el Teatro Romano y entré por el Palacio de Riquelme, en la Plaza del Ayuntamiento. Recorres un pasillo subterráneo lleno de piezas antes de salir de golpe a las gradas, y el efecto funciona: tenía capacidad para unos 7000 espectadores y no lo descubrieron hasta 1988. Solo por esto ya merece la pena visitar Cartagena. Lo único que conviene saber es que los lunes cierran los monumentos, así que evité ese día desde el principio.
Después seguí hacia el puerto, que es otra de las cosas que me hizo pensar que merece la pena visitar Cartagena. Es una ciudad de marina militar, con el Arsenal cerrado al público pero muy presente, y se pasea bien junto al agua. Paré a comer unas tapas por el centro histórico, en una bodega donde pedí la Marinera, y de ahí subí otra vez hacia la zona alta. La idea que me quedó es la de un sitio que combina mar, piedra romana y edificios modernistas sin que ninguna cosa pise a la otra.
Los rincones más bonitos por los que merece la pena visitar Cartagena
El Submarino Peral de la rotonda no es gran cosa como monumento, pero queda curioso para una foto rápida nada más llegar. Lo que de verdad me gustó fue bajar a la Casa de la Fortuna, una domus romana del siglo I a.C. metida en un sótano, con mosaicos y pinturas murales muy bien conservados; por dentro es preciosa.
El Teatro Romano es lo más fotogénico de la ciudad, sobre todo desde arriba, con las gradas abiertas y el mar al fondo. Subí al Castillo de la Concepción, una fortaleza medieval muy bien conservada desde la que se ven el Teatro Romano, el puerto y toda la ciudad; la mejor panorámica está ahí. Paseando por el puerto me crucé con las esculturas del Zulo, la Cola de Ballena y los Cañones de la Dársena, y entré un rato al ARQUA.
El Barrio del Foro Romano, con su calzada y el santuario de Isis, es de los yacimientos urbanos más importantes de España. En el centro histórico disfruté de los edificios modernistas, la Casa Maestre, la Casa Llagostera y el Palacio de Aguirre, y rematé en la Plaza del Ayuntamiento, donde la fachada de mármol blanco del Palacio Consistorial es de las cosas más guapas que vi.
Me asomé también a la Muralla Púnica, a la Catedral de Santa María la Vieja (preciosa y rara de ver en las guías) y, ya en coche, me acerqué a Cala Cortina y a la Batería de Castillitos, a 30 kilómetros, que recomiendo si las carreteras no están cortadas.
Lo que me llevé de Cartagena después de dos días andando
Salí de Cartagena con la sensación de haber aprovechado bien el viaje. No es una ciudad enorme ni necesita serlo: se camina, se sube al castillo, se baja al puerto y, casi sin darte cuenta, has visto romanos, modernismo y un submarino del siglo XIX.
Lo que más me llevo es el Teatro Romano visto desde el Castillo de la Concepción, la fachada del Palacio Consistorial y haber descubierto la Catedral de Santa María la Vieja, que no esperaba y me pareció de lo mejor. La Batería de Castillitos, aunque pille a 30 kilómetros, me confirmó que valió la pena coger el coche.
Si me preguntan, merece la pena visitar Cartagena: compensa el viaje y se queda corta más que larga. Quizá lo interesante sea eso, que una ciudad que mucha gente cruza de camino a la playa tenga debajo tres mil años de historia que casi nadie se para a mirar.