¿Merece la pena conocer Formentera? Descubre toda la verdad

El motor del ferry todavía sonaba cuando bajé en La Savina y vi la primera cola de motos de alquiler junto al puerto. En ese momento empecé a entender la pregunta de fondo: merece la pena visitar Formentera si vienes buscando playas, calas y agua clara, pero conviene saber a qué vienes. No llegué pensando en una isla vacía ni barata. Bajé con la idea de moverme, madrugar y aceptar que en temporada alta hay zonas donde aparcar puede ser casi tan importante como elegir la cala.

Antes de ir, revisé el tema del vehículo porque entre el 1 de junio y el 30 de septiembre necesitas autorización para circular con coche o moto. Decidí organizarme con eso antes de pisar la isla, porque no quería perder la mañana arreglando un trámite. Formentera es pequeña, sí, pero no tanto como para hacerla entera caminando bajo el sol. En cuanto salí del puerto, vi claro que la moto o el coche cambian mucho la experiencia.

Mi primera impresión fue bastante directa: Formentera funciona si aceptas su ritmo. Fui a playas, paré en pueblos, subí a miradores y cambié de plan cuando una cala estaba llena. No me pareció una isla para improvisar todo a última hora en agosto, pero tampoco sentí que hubiera que convertir cada parada en una operación militar. Basta con madrugar un poco, elegir bien y no empeñarte en entrar donde ya no cabe nadie.

Playas, caminos cortos y decisiones prácticas

Salí temprano hacia Caló des Mort porque me habían avisado de que se llena, y agradecí haber hecho caso. Es una cala pequeña, de unos 70 metros, con forma de media luna y rocas alrededor. Dejé el vehículo donde pude y caminé el tramo final sin esperar grandes servicios. Allí entendí bastante bien cuándo merece la pena visitar Formentera: cuando te gusta entrar al agua, mirar el fondo con gafas y quedarte un rato sin necesitar mucho más.

La isla me obligó a decidir sobre la marcha. Si una cala estaba llena, me iba a otra. Si soplaba viento en un lado, buscaba una playa más resguardada. En Es Pujols hice justo eso: usé el pueblo como alternativa práctica, con acceso a varias zonas de baño y más movimiento. No fue el sitio que más me gustó para desconectar, pero me sirvió cuando quería comer algo, aparcar con menos drama y seguir moviéndome.

También fui a Ses Illetes con expectativas altas, y ahí Formentera no falló. La playa tiene más de 450 metros y está dentro del Parque Natural de Ses Salines, así que fui con la idea de pagar o encontrar control de acceso según la temporada. Caminé por la arena, entré al agua y entendí por qué sale tanto en rankings. Es turística, claro. Pero el agua y la arena justifican buena parte del ruido que hay alrededor.

Después subí al Mirador de Formentera y me quedé menos impresionado de lo que esperaba. Paré, miré la isla desde arriba y saqué alguna foto porque el contraste del mar se ve bien, pero no lo pondría por delante de una buena cala. Aun así, me ayudó a ordenar el mapa mental: de un lado playas largas, de otro pueblos pequeños y más adelante La Mola.

Por eso creo que merece la pena visitar Formentera si tu plan principal es estar cerca del mar. Si no eres de playa, yo tendría dudas. Puedes pasear por Sant Francesc Xavier, entrar en tiendas, ver casas blancas y sentarte a comer sin prisas, pero el peso de la isla está en sus calas. Yo disfruté mucho el pueblo, sobre todo porque rompía el patrón de coche, arena y aparcamiento.

Volví a pensar que merece la pena visitar Formentera al final del día, cuando elegí una cala para ver el atardecer y dejé de mirar el móvil. No hace falta buscar el punto más famoso. Me bastó con escoger una que me había gustado, sentarme cerca del agua y dejar que bajara el sol. Fue una decisión simple, pero de esas que hacen que la isla compense.

Los sitios donde saqué la cámara sin pensarlo mucho

En Caló des Mort hice pocas fotos al principio porque preferí meterme al agua antes de que llegara más gente. Luego, al salir, me fijé en los varaderos de pescadores y en las rocas que cierran la cala. La escena queda bien porque el sitio es pequeño y muy reconocible, aunque justo por eso conviene ir pronto. Si llegas tarde, puedes acabar mirando más toallas que agua.

El Faro de Cap de Barbaria me pareció uno de los lugares más fotogénicos de la isla. Dejé el vehículo antes del tramo final y caminé por la carretera hasta el faro. El acantilado de unos 80 metros impone, y la carretera recta hacia el faro tiene esa estética limpia que funciona muy bien en foto. Me gustó, pero también vi claro que mucha gente va allí buscando exactamente la misma imagen.

En Ses Illetes hice lo más obvio: caminé por la orilla y entré varias veces al agua. La arena clara y el agua transparente hacen buena parte del trabajo. No tuve que buscar encuadres raros. Eso sí, fui consciente de que es una playa famosa y muy ocupada, así que intenté no romantizarla demasiado. Hay belleza, pero también hay gente, restaurantes caros y barcos cerca en algunas horas.

En el Mirador de Formentera paré por las vistas, no porque esperara una gran experiencia. Desde arriba se entiende bien la forma de la isla y el color del mar, y si te gustan las fotos amplias con agua turquesa merece la parada. Yo hice un par de fotos, bebí algo y seguí. No me pareció nada del otro mundo, pero no me arrepentí de subir.

Sant Francesc Xavier me gustó más de lo que pensaba. Caminé por el centro, pasé junto a la iglesia del siglo XVIII y me metí por calles con casas blancas bastante cuidadas. Es un sitio donde apetece bajar el ritmo sin tener que mirar una lista de monumentos. También entré en alguna tienda y miré artesanía sin sentir que todo estuviera montado solo para una foto.

En Cala Saona fui buscando una puesta de sol y acerté. La cala es cómoda, tiene servicios y el agua mantiene ese color que uno espera en Formentera. Me gustaron las casetas de pescadores junto a las rocas porque dan una imagen menos uniforme que otras playas. Es un sitio más fácil que Caló des Mort, y eso también se nota en la afluencia.

En Pilar de la Mola fui al mercado hippy porque es una de esas cosas típicas que quería ver sin darle demasiadas vueltas. Miré puestos de pulseras, cerámica y ropa, y me pareció un buen plan si ya estás por la zona. Cerca de allí pasé por el Molí Vell de la Mola, que me pareció muy recomendable para hacer fotos. No hace falta alargar mucho la visita: aparcas, miras el molino, sacas la cámara y sigues.

La Isla de Espalmador fue de lo que más me gustó. Fui con la idea de encontrar agua turquesa y playas con menos construcción alrededor, y eso fue justo lo que encontré. Al estar separada de Formentera y sin la misma infraestructura, la sensación cambia. Caminé un poco, busqué una zona tranquila y me bañé sin necesitar mucho plan. Para mí es uno de los grandes motivos para cruzar hasta la isla.

El Faro de la Mola tiene otro tipo de interés. Fui hasta el borde del acantilado y me acerqué al faro con calma. El entorno es más seco y abierto, y el mar queda abajo con una caída fuerte. No me pareció tan icónico para foto como Cap de Barbaria, pero sí más sobrio y menos pendiente de la pose.

Es Pujols lo usé como base práctica en algún momento. Caminé por el paseo, miré restaurantes y entré a alguna zona de playa cercana. No fue mi lugar favorito de Formentera, pero tiene sentido si buscas servicios, alojamiento y movimiento. Si vas con poca paciencia para calas llenas, puede salvarte el día.

La Playa Migjorn me pareció una apuesta segura. Es larga, supera los 4 km, y eso ayuda a no sentirte tan encerrado como en calas pequeñas. Caminé por la orilla, busqué un tramo menos ocupado y me metí al agua. El entorno me pareció una pasada, sobre todo porque te deja cambiar de zona sin volver al vehículo cada dos minutos.

En Es Caló hice una parada más tranquila. Me acerqué al puerto, miré las casetas junto al agua y luego fui hacia Ses Platgetes para bañarme. Es uno de esos sitios donde la isla baja el volumen. Me gustó porque combina pueblo pequeño, roca, agua clara y restaurantes cerca sin tener que hacer grandes desplazamientos.

Entonces, ¿merece la pena visitar Formentera?

Volvería a Formentera con una condición clara: iría pensando en playa. No intentaría convertirla en un destino de museos, grandes rutas urbanas o planes infinitos. Yo la disfruté cuando madrugué para Caló des Mort, cuando caminé por Ses Illetes, cuando fui a Espalmador y cuando terminé el día viendo caer el sol desde una cala que había elegido sin complicarme.

También repetiría Sant Francesc Xavier, el Faro de Cap de Barbaria y Migjorn. El Mirador lo dejaría como parada breve, y Es Pujols lo usaría más por comodidad que por encanto. Esa mezcla de decisiones prácticas hizo que la experiencia me compensara, incluso con precios altos, aparcamientos peleados y zonas muy buscadas por la foto.

Así que sí: si te gusta el mar y aceptas que la isla tiene sus incomodidades, merece la pena visitar Formentera. La pregunta real es más simple de lo que parece: ¿quieres pasar tus días entrando y saliendo de aguas claras, aunque tengas que madrugar para hacerlo bien?

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