El avión aterriza en Francia, porque el EuroAirport de Basilea está al otro lado de la frontera, y el autobús 50 tarda unos 20 minutos en dejarte en la estación SBB. Desde ahí caminé hacia el centro con la duda de si merece la pena visitar Basilea o si es solo una ciudad de ferias y museos. Lo primero que noté fue lo poco que se oía en sus calles.
Fuentes y basiliscos en el casco antiguo de Basilea
Subí por Spalenberg y fui enlazando callejuelas empedradas hasta Andreasplatz casi sin cruzarme con nadie. Es uno de los cascos antiguos mejor conservados de Europa y aun así se camina con calma, incluso en verano. Hay fuentes de agua potable por todas partes, así que dejé de comprar botellas y fui rellenando la mía. En la Augustinergasse me paré delante de la fuente del basilisco, que es de 1530 y lleva al animal mitológico que la ciudad ha adoptado como símbolo.
Al final de ese paseo está la Spalentor, la más imponente de las puertas medievales que conserva Basilea. Me gustó mucho su fachada, con la Virgen y dos profetas de piedra, y bajo el arco todavía cuelgan los rastrillos de madera. Me hice la foto desde fuera, que es desde donde se ven bien las torres laterales con almenas. Para el contrapunto me fui al otro extremo del centro, a St. Alban, el barrio más antiguo, con canales y casas de molineros junto a su propia puerta de la muralla. Lo llaman la pequeña Venecia y me parece exagerado. Pero es bonito para pasear sin gente.
Me senté frente al Rathaus antes de subir a la catedral
En la Marktplatz busqué una terraza para mirar el Rathaus sin prisa, y es de esas fachadas que justifican el viaje. Rojo intenso, frescos en toda la pared, un reloj y los escudos de los cantones. Entré al patio, que es gratis, y busqué entre las pinturas los autorretratos de sus autores dibujados como prisioneros. Por la mañana montan en la plaza un mercado de fruta y quesos, aunque los precios son muy suizos.
Luego subí hasta la Münsterplatz. La catedral me pareció preciosa, con su arenisca roja y el tejado de tejas de colores. Entrar al templo y a los claustros no cuesta nada, y dentro está la tumba de Erasmo de Róterdam. Para la torre pagué 5 francos y subí sus 250 escalones. Las vistas están bien, sin más.
Las mejores las encontré gratis detrás del templo, en la terraza del Pfalz, con el Rin y Kleinbasel justo enfrente.
¿Por qué la gente se tira al Rin con un pez de plástico?
Bajé al río y crucé el Mittlere Brücke, el puente de 1226 que rehicieron en 1905 para el tranvía, y me paré a mitad en la réplica de la capilla Käppelijoch, donde en la Edad Media se ejecutaban sentencias. Al otro lado, en Kleinbasel, cambia el ambiente. De abril a octubre abren las buvettes de la orilla y la gente se tira al agua con el Wickelfisch, una bolsa estanca con forma de pez donde mete la ropa para dejarse llevar por la corriente. Es lo que más me gustó del viaje y solo por esto ya merece la pena visitar Basilea en verano. Para volver crucé en uno de los transbordadores que se mueven con la corriente sujetos a un cable. Al atardecer, la catedral vista desde esta orilla es espectacular.
Basilea se ve en un día, pero mejor con noche
Mi respuesta es que sí, y con margen. En un día completo te da tiempo a ver el casco antiguo, el ayuntamiento, la catedral y el río sin correr. Con unos 40 museos en la ciudad, si te tira el arte vas a necesitar un fin de semana, así que yo dormiría al menos una noche.
Si haces noche, el alojamiento te da la BaselCard al registrarte, con transporte público gratis y un 50 % de descuento en muchos museos. Por eso conviene mirar con tiempo dónde alojarse en Basilea antes de reservar el resto del viaje.
Me quedo con la catedral vista desde Kleinbasel y con la gente flotando río abajo, y por eso creo que merece la pena visitar Basilea aunque no seas de museos.