¿Merece la pena visitar Aveiro? Opinión viajera 2026

El tren desde Oporto tardó poco más de una hora y al salir de la estación de Aveiro me encontré con una avenida larga y recta que conecta directamente con el centro. Quince minutos andando sin perderse. La primera impresión fue de ciudad tranquila y llana, con calles más limpias de lo habitual en Portugal. Había leído que la llamaban la Venecia portuguesa y eso me generaba cierta desconfianza, porque ese tipo de apodos suelen inflar las expectativas hasta dejarlas en nada. Antes de ir ya me preguntaba si merece la pena visitar Aveiro o si era uno de esos destinos que funcionan mejor en fotos que en persona. La respuesta empezó a tomar forma en cuanto crucé el primer puente sobre el canal central.

Los canales de Aveiro no tienen nada que ver con los de Venecia. Eso queda claro en los primeros cinco minutos. Pero la ciudad tiene algo propio que funciona, una mezcla de fachadas modernistas y vida de barrio marinero, con ese olor a sal que le da una personalidad difícil de encontrar en otras ciudades portuguesas de tamaño parecido. Me alegré de haber dejado la comparación italiana en la estación.

Canales, sal y fachadas que no se parecen a nada

Me acerqué al embarcadero del Rossio para subirme a un moliceiro, las barcas pintadas que recorren los canales. El paseo dura unos 45 minutos y cuesta alrededor de 14 euros. Desde el agua la perspectiva cambia: las fachadas Art Nouveau se ven enteras, con sus flores talladas en piedra y sus molduras de hierro, y el ritmo es tan lento que da tiempo a fijarse en detalles que andando se pierden. Cada moliceiro lleva pinturas propias con escenas entre lo religioso y lo pícaro, y el guía va señalando los edificios mientras la barca avanza sin prisa por el canal central.

Al bajar del moliceiro entré directamente en el barrio de Beira Mar, el antiguo barrio de pescadores. Las calles son estrechas y las casas tienen fachadas de colores con los azulejos blancos y azules tan típicos de Portugal. Caminé sin ruta fija y eso fue lo mejor del barrio. La luz de media mañana daba de lado en las fachadas y las hacía quedar bien en cualquier foto.

Siguiendo el canal pasé por delante del Museo de Arte Nova, instalado en la Casa Major Pessoa. No llegué a entrar, pero la fachada ya justifica la parada. Está decorada con flores y arabescos tallados que parecen salir de la piedra, y es probablemente el edificio más llamativo de toda la ruta modernista que recorre la ciudad. Aveiro cuenta con más de veinte edificios de este estilo señalizados en las aceras, algo que no esperaba de una ciudad de este tamaño.

Antes de seguir andando paré a probar los ovos moles, el dulce típico de Aveiro. Son obleas con forma de concha o barril rellenas de crema de yema de huevo y azúcar. Están muy buenas y se encuentran en cualquier pastelería del centro. Merece la pena visitar Aveiro aunque solo sea por llevarse una caja de vuelta.

Los rincones que recordé al volver a casa

La Praça do Peixe cambia completamente de la mañana a la noche. Por el día funciona como mercado de pescado y huele a lo que toca. Al caer la tarde las terrazas se llenan y me senté en una de ellas a tomar algo con vistas al canal, con los moliceiros amarrados y las casitas de Beira Mar al fondo. Pedí un vino verde y me quedé allí más tiempo del previsto.

Desde la plaza caminé hasta la Praça da República, que es el centro institucional de la ciudad con el Ayuntamiento presidiendo el espacio. En una de las calles que salen de allí encontré la iglesia de la Misericordia, con esa fachada cubierta entera de azulejos blancos y azules. Es de esas iglesias que impresionan más por fuera que por dentro, pero la imagen se queda grabada.

Crucé la puerta del Museo de Aveiro sin muchas expectativas y me llevé la mejor sorpresa del día. Ocupa el antiguo Convento de Jesús, donde se retiró Santa Joana, hija del rey Afonso V, y la entrada cuesta solo 4 euros. El interior guarda verdaderas joyas de arte sacro, con la iglesia barroca revestida de talla dorada y un claustro que recorrí en silencio y que es realmente bonito. Si merece la pena visitar Aveiro por algo concreto, este museo es uno de los motivos más sólidos.

De camino a las salinas crucé el Ponte Laços de Amizade, un puente cubierto de cintas de colores que empezaron atando los universitarios al terminar la carrera y que hoy compran los turistas por entre 20 céntimos y 2 euros en las tiendas cercanas. Es curioso y da color, pero no le dedicaría más de cinco minutos.

Llegué a las salinas justo al atardecer y me quedé un rato viendo cómo el sol bajaba sobre los estanques. Aveiro lleva siglos viviendo de esta sal, que se extraía de forma artesanal y se exportaba para conservar el bacalao que volvía de Terranova. Quedan pocas ciudades donde esa conexión con la sal se vea tan clara paseando.

Para cerrar el día cogí un autobús hasta Costa Nova, el pueblo playero que está a unos diez kilómetros. Los palheiros, las casas de madera a rayas de colores con sus franjas blancas, son el otro icono del destino y merece la pena ir a verlos en persona. Caminé por la Avenida José Estevão mirando fachada por fachada y luego me acerqué a la playa, con sus dunas naturales haciendo de barrera contra el Atlántico.

¿Volvería a Aveiro mañana mismo?

Aveiro no es la Venecia portuguesa. Quien vaya con esa idea se llevará una decepción innecesaria. Yo volví a Oporto en el tren de última hora pensando que precisamente eso es lo bueno, que Aveiro no intenta parecerse a nada y funciona por lo que es. Los canales y las fachadas modernistas, con un puñado de rincones que tienen personalidad propia, hicieron que el día mereciera cada hora.

¿Merece la pena visitar Aveiro? Sí. No hace falta más de un día para recorrer lo principal, pero ese día da para mucho y me fui con ganas de volver para explorar los alrededores con más calma. Pocas ciudades portuguesas combinan tan bien el paseo urbano con la playa y los azulejos con la sal.

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