Lo primero que vi al entrar en Sabiñánigo fueron las naves de la fábrica junto al Gállego, y no las montañas. Es una ciudad joven, que a principios del siglo XX era una aldea de unos 100 habitantes y creció con la industria química y del aluminio. Aparqué en el centro con una duda clara: ¿merece la pena visitar Sabiñánigo o es solo un sitio de paso hacia el Pirineo?
Conviene saberlo antes de ir. El pueblo no tiene casco antiguo de postal ni grandes monumentos. Lo interesante está en El Puente y en los pueblos de alrededor, así que organicé el día como un recorrido de menos a más.
Del centro de Sabiñánigo a la torre de San Pedro de Lárrede
Empecé con un café en una terraza del centro y luego seguí a pie la ruta de la escultura contemporánea, con piezas repartidas por las calles. Es un paseo curioso, sin grandes pretensiones. Desde allí fui a El Puente de Sabiñánigo, donde está el Museo Ángel Orensanz y Artes de Serrablo, dentro de Casa Batanero, una casa tradicional que ya es bonita por fuera. Entré y me pareció muy recomendable para entender cómo se vivía en estos valles, con mucha etnografía pirenaica y una parte de arte sacro. Aun así, al salir la pregunta de si merece la pena visitar Sabiñánigo seguía abierta.
Antes de dejar el pueblo paré en el Pirenarium, que reabrió en 2024 después de 12 años cerrado y ahora es un jardín de maquetas con edificios y paisajes del Pirineo en miniatura. Curioso, y un buen plan si viajas con niños. Luego cogí el coche hacia Larrés, a pocos minutos del centro. El castillo de Larrés me pareció espectacular por fuera, una fortaleza muy bien conservada en un pueblo diminuto. Dentro está el Museo de Dibujo Julio Gavín, el primero de España dedicado solo al dibujo, con 14 salas y obras de Dalí o Zuloaga junto a artistas aragoneses como Pablo Serrano. Merece mucho la pena entrar.
Desde Larrés seguí hacia el norte para hacer una ruta corta por las iglesias del Serrablo, que para mí es lo que justifica el viaje.
Son 14 iglesias pequeñas de piedra en la cuenca alta del Gállego, levantadas entre los siglos X y XI, con puertas de arco de herradura y ábsides muy curiosos. Todavía se discute si son mozárabes o románicas. No hace falta verlas todas y yo elegí unas pocas. Por el camino me fijé en las casas de los pueblos, de piedra y muy integradas en el paisaje, con esas chimeneas tan típicas de la zona. La parada que más me gustó fue San Pedro de Lárrede. Su torre, alta y estrecha, con ventanas de herradura, está muy bien conservada y es un sitio muy guapo para hacerse fotos. Al lado, en la antigua herrería del pueblo, entré en el centro de interpretación de las iglesias, y fue esa parada la que me terminó de convencer de que merece la pena visitar Sabiñánigo.
¿Compensa dormir en Sabiñánigo para recorrer el Serrablo?
Yo diría que sí, con matices. Hice todo en un día completo y me dio para el centro, El Puente, Larrés y unas cuantas iglesias, aunque fui con coche, que aquí es imprescindible porque las iglesias están repartidas por pueblos pequeños. Si quieres sumar montaña, un fin de semana es lo razonable, y dormir en Sabiñánigo sale práctico porque está bien comunicado con el resto del Pirineo.
Como pueblo no te va a enamorar. Como base para el Serrablo funciona muy bien, y por eso merece la pena visitar Sabiñánigo. Yo me quedo con la torre de San Pedro de Lárrede y con el castillo de Larrés.