Salí de la estación de Queen Street, caminé unos tres minutos y ya estaba en George Square, con la fachada victoriana del ayuntamiento justo enfrente. Glasgow es la ciudad más grande de Escocia y se nota desde el primer momento, con más tráfico y edificios más grandes de lo que esperaba. Venía con una duda concreta, la de si merece la pena visitar Glasgow cuando tienes Edimburgo a algo más de una hora en tren, y quería resolverla a pie.
La primera impresión fue la de una ciudad industrial, algo gris y bastante seria. No tiene un castillo en lo alto ni la postal medieval de su vecina, y al principio me costó encontrarle la gracia. Luego empecé a mirar hacia arriba. Las fachadas de piedra del centro guardan muchos detalles en las plantas altas, y en cuanto me acostumbré a levantar la vista la ciudad cambió bastante.
Decidí organizarme en dos partes. Por la mañana haría andando el East End y el centro, desde la catedral hasta las calles comerciales, y por la tarde cogería el metro para ir al West End, que es donde están la universidad y el museo Kelvingrove. El metro tiene una sola línea circular, así que no hay forma de perderse.
Del gótico de San Mungo al cono del duque de Wellington
Desde George Square fui hacia el este por George Street, unos 15 o 20 minutos a pie, hasta la catedral de San Mungo. Es gótica, se construyó entre los siglos XII y XV y es de las pocas catedrales medievales de Escocia que sobrevivieron casi intactas a la Reforma protestante. Se nota lo bien conservada que está. La entrada es gratis y entré directamente.
Por dentro merece mucho la pena bajar a la cripta del siglo XIII, donde está el sepulcro de San Mungo, el patrón de la ciudad. Arriba recorrí el pasillo Blackadder, con un techo abovedado blanco que tiene mucha más luz que la cripta. Las vidrieras son contemporáneas y encajan en el templo gótico mejor de lo que pensaba. Curioso saber que aquí se rodaron escenas de Outlander y de The Batman.
Al salir subí a la Necrópolis, el cementerio victoriano que ocupa la colina de justo detrás. Hay unas 50.000 personas enterradas y muchas tumbas son mausoleos y esculturas muy trabajadas, aunque la sensación es más de parque que de cementerio. Lo mejor está arriba. Desde lo alto se ve la catedral entera, y es una de las mejores fotos que me llevé de Glasgow. Abre desde las 7 de la mañana y es gratis.
Bajando hacia el centro me encontré el primer mural grande, el de San Mungo, que lo representa con un aire moderno en una pared cerca de la catedral. Fue el que más me gustó. La ciudad tiene arte urbano de mucha calidad repartido por las calles y el ayuntamiento ha creado una ruta oficial, el City Centre Mural Trail. No la seguí con mapa. Preferí ir encontrándome los murales mientras caminaba, y para mí es una de las razones por las que merece la pena visitar Glasgow, porque su arte urbano es de lo mejor que hay en Escocia.
De vuelta en George Square me senté a tomar algo en una de las terrazas de alrededor para ver la plaza con calma. Está rodeada de edificios victorianos y georgianos, y el que manda es el City Chambers, el ayuntamiento, con una fachada que impresiona. En el centro se levanta la columna de 24 metros con Walter Scott arriba, y por la plaza hay estatuas de Robert Burns y James Watt, entre otros. Entre semana hay visitas guiadas gratuitas al interior del ayuntamiento a las 10.30 y a las 14.30, y merece la pena apuntarse.
Desde la plaza me metí en Merchant City, el barrio donde los comerciantes del tabaco levantaron sus almacenes y sus casas en el siglo XVIII. Hoy esos almacenes son pubs y tiendas. Callejear por Ingram Street y Wilson Street es muy agradable, con fachadas de piedra bien cuidadas. Me paré a hacer una foto en una de las cabinas de policía azules, las mismas que salen en Doctor Who. Hay varias por el centro y alguna se ha reconvertido en quiosco.
Ingram Street termina en Royal Exchange Square, y allí está la foto obligada de la ciudad. Es la estatua ecuestre del duque de Wellington con un cono de tráfico naranja en la cabeza. El ayuntamiento lo ha retirado muchas veces y siempre vuelve a aparecer, así que ya forma parte del monumento. Detrás está el GoMA, el museo de arte moderno, en una mansión neoclásica de 1778. La entrada es gratis, pero el interior no tiene nada que ver con el edificio, y yo me quedé con verlo por fuera.
Luego bajé por Buchanan Street, la calle peatonal de las tiendas. Al final es eso, una calle comercial, pero siempre hay músicos callejeros tocando y se pasea bien. A pocos minutos, en Mitchell Street, están dos de los murales más conocidos de la ruta, entre ellos el del taxi más económico del mundo. Justo al lado asoma The Lighthouse, la torre que Charles Rennie Mackintosh diseñó para el periódico Glasgow Herald.
Mackintosh es a Glasgow lo que Gaudí es a Barcelona, salvando las distancias, y a mí el modernismo me puede. Por eso reservé mesa en el Willow Tea Rooms, un salón de té con diseño suyo, para merendar un afternoon tea. Conviene reservar porque suele estar lleno. Si te gusta la arquitectura de principios del siglo XX, ir detrás de sus edificios por el centro es otra buena excusa para decir que merece la pena visitar Glasgow.
Lo más fotogénico de Glasgow está en el West End
Después de comer cogí el metro hasta Kelvinhall. El museo Kelvingrove está a unos 30 minutos andando del centro, y con el metro me ahorré la caminata. Desde la parada hay cinco minutos a pie, y el edificio se reconoce desde lejos por su ladrillo rojizo.
Si solo vas a entrar en un museo en Glasgow, que sea el Kelvingrove. Abrió en 1901 y por fuera ya es precioso, pero el hall de entrada es una pasada. Dentro lo mezclan todo. Me encontré el Cristo de San Juan de la Cruz de Dalí, un Spitfire de la Segunda Guerra Mundial colgado del techo, salas de arte egipcio y a Sir Roger, un elefante disecado que está en el museo desde que abrió. Parece que no debería funcionar y funciona. La entrada es gratis.
Desde el museo caminé hasta la Universidad de Glasgow, fundada en 1451. El edificio actual es neogótico, obra de George Gilbert Scott, y su fachada me pareció de lo más bonito de la ciudad. Dicen que inspiró Hogwarts, y viéndolo se entiende el rumor. El acceso es libre y recorrí los patios sin ningún problema.
Me fui directo a los claustros, con sus columnas y bóvedas, que son la parte más fotogénica del campus y el sitio para hacerse la foto de Instagram. Ojo, porque no abren el fin de semana. Curiosa también la escalera del león y el unicornio, del siglo XVII, que estaba en el edificio original de High Street y se desmontó y se volvió a montar aquí piedra a piedra. Solo por esta zona ya merece la pena visitar Glasgow, y eso que queda fuera del centro.
Todavía con luz seguí andando hasta el Jardín Botánico, cerca de la parada de metro de Hillhead. Es gratis y sirve para desconectar del ruido del centro. Entré en el Kibble Palace, un invernadero victoriano de hierro forjado y cristal, muy bonito por dentro, con helechos enormes y estatuas entre las plantas. Por los caminos de fuera había ardillas por todas partes, y la gente se paraba a darles de comer.
Terminé el día en Ashton Lane, un callejón empedrado lleno de bares y con luces colgadas de lado a lado. Pedí una pinta en una de las terrazas y me quedé viendo cómo se iba llenando. Los viernes por la tarde se pone hasta arriba, así que si buscas algo más tranquilo elige otro día.
¿Volvería a Glasgow? Mi veredicto
Volví hacia Queen Street pensando que Glasgow me había gustado bastante más de lo que esperaba por la mañana. No tiene la postal de Edimburgo y tampoco lo intenta. A cambio tiene una catedral gótica muy bien conservada, fachadas victorianas en cada esquina, el mejor arte urbano de Escocia y museos gratuitos de mucho nivel.
Si vas con poco tiempo, merece la pena visitar Glasgow aunque sea en un día largo, madrugando y usando el metro para el West End. Yo haría noche para aprovechar la tarde sin mirar el reloj, y con dos días lo ves tranquilamente.
Me quedo con la catedral, la universidad, el Kelvingrove y los murales, que es lo que más recuerdo del viaje.
Así que sí, merece la pena visitar Glasgow, incluso si solo vas de paso desde Edimburgo. Yo volvería para ver con calma lo que dejé pendiente, y me pregunto cuántos viajeros la descartan solo por tener a su vecina tan cerca.