¿Merece la pena visitar Carcassonne? Descubre aquí la verdad

Carcassonne se ve desde la autopista. Aparece de golpe sobre una colina, con sus torres puntiagudas y la doble muralla rodeándolo todo, y la primera reacción es pensar que aquello no puede ser real. En parte no lo es. Viollet-le-Duc, el arquitecto que la restauró en el siglo XIX, le añadió bastante fantasía al proyecto. Puso tejados de pizarra propios del norte de Francia y no del Languedoc, e inventó un puente levadizo en la entrada principal que según los historiadores nunca existió. El resultado es tan de película que hoy atrae a millones de turistas al año. Yo fui con la duda de si realmente merece la pena visitar Carcassonne o si todo se queda en una postal bonita que se agota en media hora. Crucé las murallas y lo comprobé a pie.

La ciudadela medieval es Patrimonio de la Humanidad desde 1997 y una de las fortalezas amuralladas mejor conservadas de Europa. Llevaba comprada la entrada del Castillo Condal y poco más planificado, porque quería recorrerla sin itinerario fijo y juzgar por mí mismo si está a la altura de su fama.

Lo que te encuentras al cruzar la muralla

La entrada principal es la Puerta de Narbona, flanqueada por dos torres gemelas que ya avisan de la escala de todo lo que viene después. Solo con ver esta puerta entiendes que merece la pena visitar Carcassonne. Justo antes de cruzar me fijé en el busto de piedra de la Dama Carcas, la mujer que según la leyenda engañó a Carlomagno durante un asedio lanzándole un cerdo relleno de grano para simular que les sobraba comida. Cuando el ejército se retiró, ella mandó tocar las campanas. «Carcas sonne», gritó el pueblo. Y de ahí dicen que viene el nombre de la ciudad.

Nada más cruzar la puerta empecé a callejear entre casas medievales y calles empedradas. La ciudadela es pequeña y se recorre en un rato, con plazas como la de Auguste Pierre donde da gusto pararse a mirar las fachadas de piedra. Las tiendas de souvenir y las terrazas para turistas le dan al conjunto un punto de parque temático, eso es innegable. Pero un parque temático bonito, con piedra del siglo XII de verdad.

Subí al Castillo Condal, que es la visita estrella y la única de pago, entre 11 y 13 €. Es un castillo del siglo XII que por dentro está bastante vacío porque no queda mobiliario de época, pero lo que compensa de sobra es subir a las torres y asomarse desde arriba. Desde la Torre del Homenaje se ve la ciudadela entera y en días claros hasta los Pirineos al fondo. Lo que hizo Viollet-le-Duc aquí es más una idealización que una reconstrucción fiel del original, pero el resultado impresiona. Lleva la entrada comprada de antes porque suele haber bastante cola.

Desde el castillo se accede al recorrido por las lizas, el espacio entre las dos murallas concéntricas, y caminar por allí es una pasada. Tres kilómetros de sistema defensivo medieval con 52 torres alrededor. La escala de todo es brutal, y cuando te metes entre las dos murallas te cuesta imaginar cómo alguien podía asaltar esto en la Edad Media. Si alguien me pregunta si merece la pena visitar Carcassonne solo por las murallas, la respuesta es sí sin pensarlo. Este paseo es lo que realmente distingue a esta ciudadela de cualquier otra.

Antes de salir me acerqué a la Basílica de Saint-Nazaire. El contraste entre la nave románica del siglo XI y el ábside gótico del XIV se nota nada más entrar, pero lo mejor son las vidrieras, que tienen fama de ser las más bonitas del sur de Francia. Merece la pena dedicarle un rato a mirarlas con calma. La entrada es gratuita.

Salí por la Puerta del Aude, la puerta trasera de la ciudadela. Es curiosa por sus puertas falsas y trampas defensivas, aunque no es un sitio donde vayas a entretenerte mucho.

Después de tanta muralla y tanta torre lo que pedía el cuerpo era sentarse a comer. El plato que hay que probar en Carcassonne es el cassoulet, un guiso contundente de alubias con cerdo, pollo y pato, rematado al horno hasta que se forma una costra dorada por encima. Viene a ser algo así como una fabada francesa. Hay varios restaurantes donde lo sirven bien y a buen precio. Muy recomendable si no te asusta comer fuerte al mediodía.

Las mejores vistas están fuera de las murallas

Bajé desde la Puerta del Aude hasta el río y crucé el Pont Vieux, un puente medieval del siglo XIV que hoy es solo peatonal y que forma parte del Camino de Santiago. Desde la orilla contraria, caminando en dirección al Pont Neuf, encontré el mejor encuadre de toda la visita. La ciudadela entera con el puente medieval y el río Aude delante. Es el sitio para hacerse la foto. Si puedes ir al atardecer, la luz cálida le da a las murallas un tono dorado que queda especialmente bien en cámara. Hay quien recomienda también un mirador al sur con viñedos en primer plano, accesible por el Chemin des Anglais, pero a mí no me pareció tan imprescindible como el del río.

Al otro lado del río está la Bastida de San Luis, la zona moderna de Carcassonne, que sorprende por lo agradable y lo limpia que resulta. Me senté en una terraza de la Place Carnot a tomarme algo tranquilamente frente a la Fuente de Neptuno. Los martes, jueves y sábados hay mercado en esta plaza, y el de los sábados tiene fama. Quien piense que solo merece la pena visitar Carcassonne por la ciudadela se equivoca, porque bajar hasta aquí y sentarse un rato es muy recomendable.

A unos diez minutos caminando desde la Bastida llegué al Canal du Midi, Patrimonio de la Humanidad y uno de los canales navegables más antiguos de Europa, construido en el siglo XVII. Se puede pasear tranquilamente por la orilla a la sombra de los plátanos o subirse a un barco y recorrer un tramo del canal. Un buen complemento para cerrar la jornada sin prisas después de haber pateado la ciudadela.

Entonces, ¿Carcassonne sí o no?

Sí. Carcassonne merece la pena. La ciudadela es espectacular, probablemente la fortaleza medieval mejor restaurada que he visto en Europa, y pasear entre sus murallas es de esas experiencias que justifican el viaje por sí solas. Se puede ver todo en un día, pero yo recomendaría hacer noche para disfrutarla iluminada y recorrerla a primera hora de la mañana, cuando apenas hay gente y las calles medievales son tuyas. A partir de las diez la cosa cambia y la masificación turística es el único pero real de Carcassonne.

Me quedo con el paseo por las lizas entre las dos murallas y con las vistas desde la orilla del río, que son lo más impresionante de toda la visita. Subiría también otra vez al Castillo Condal, aunque solo fuera por asomarse desde las torres. Si andas buscando una escapada al sur de Francia, merece la pena visitar Carcassonne aunque solo sea por un día.

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