Llegué a León un viernes de octubre con 14 grados y un cielo gris que en Castilla anuncia frío en serio. Lo primero que noté es que el casco antiguo queda a un paseo corto del resto de la ciudad, y eso ya dice bastante de cómo funciona León. Todo queda cerca, todo se recorre a pie. Me había preguntado antes del viaje si merece la pena visitar León o si es una de esas capitales de interior que quedan mejor en los artículos que en persona, y tardé poco en salir de dudas.
La primera calle que crucé camino del centro estaba tranquila, con fachadas de piedra oscura y un silencio que no esperaba para ser viernes por la tarde. Nada llamativo a primera vista. Pero en cuanto giré hacia la zona antigua y vi las primeras torres recortadas contra el cielo plomizo, el casco histórico empezó a mostrar lo que guardaba. Me paré a consultar el plano junto a un soportal y ya pude contar desde allí tres edificios que pedían visita larga.
Dos mil años a paso de peatón
Empecé por las murallas romanas, en el tramo de la Avenida de los Cubos. Las torres semicirculares de piedra aparecen entre los edificios del barrio como si llevasen ahí tanto tiempo que la ciudad hubiese crecido a su alrededor. Me acerqué a tocar los sillares y calculé a ojo unos cinco metros de grosor de muro. Ocho de alto. Llevan en pie desde el siglo III y eso se nota en cada bloque.
Caminé después hasta el Convento de San Marcos, que fue el edificio que más me sorprendió por fuera. La fachada plateresca tiene más de cien metros de largo, cubierta de medallones con personajes históricos, y hoy funciona como Parador Nacional. Empezó como hospital de peregrinos en el siglo XII y pasó por épocas bastante menos amables antes de convertirse en uno de los hoteles con más historia de España. Me paré un buen rato delante de la estatua de bronce del peregrino que descansa en la plaza, con las sandalias quitadas, mirando la fachada. Resulta difícil no hacer lo mismo.
Desde San Marcos volví al centro y me metí en el Barrio Húmedo, que es en buena parte la razón por la que merece la pena visitar León si te gusta comer bien sin arruinarte. Pedí un corto en un bar de la calle La Paloma y me pusieron una tapa de morcilla sin pedirla. Así funciona aquí. Consumes algo y te regalan comida. Repetí la operación en tres o cuatro bares más y acabé cenado sin haber pedido un solo plato.
En el corazón del Húmedo está la Plaza Mayor, rodeada de edificios con soportales y una estampa castellana que me encantó. Me senté en una terraza a tomarme un café y me quedé un buen rato mirando la fachada del Antiguo Consistorio. Si puedes, haz lo mismo.
Al norte del Húmedo encontré el Barrio Romántico, que funciona como alternativa más tranquila para el tapeo. Tiene menos bullicio y los locales apuestan por tapas más elaboradas. Pasé por un par de sitios en la zona y comprobé que la calidad está al mismo nivel, con la ventaja de caminar entre fachadas monumentales y calles bastante más vacías.
Piedra, luz y una fachada de Gaudí
La Catedral fue el golpe definitivo. Se me acabaron los adjetivos delante de la fachada occidental, con el triple pórtico tallado hasta el último centímetro y un rosetón enorme presidiendo el conjunto. Entré y las vidrieras hicieron el resto. Son más de mil ochocientos metros cuadrados de cristal policromado que, cuando el sol las atraviesa por la mañana, llenan el interior de una luz que no he visto en ningún otro templo. Me quedé sentado en un banco de la nave central mirando hacia arriba, sin prisa por levantarme. Hay razones de sobra para afirmar que merece la pena visitar León, pero la Catedral por sí sola ya justifica el viaje.
A pocos minutos caminando llegué a la Casa Botines, una de las tres obras que Antoni Gaudí construyó fuera de Cataluña. La fachada es preciosa, con cuatro torres en las esquinas que le dan un aire de fortaleza medieval. Me senté en el banco que hay justo enfrente, al lado de la escultura de bronce de Gaudí haciendo un boceto, y me tomé unos minutos para mirar los detalles del edificio con calma.
Pasé por la Basílica de San Isidoro camino del centro y me quedé mirando la fachada románica. El Panteón Real, en el interior, alberga los restos de más de veinte reyes del antiguo Reino de León y conserva frescos del siglo XII que le han valido el sobrenombre de Capilla Sixtina del Románico. La entrada ronda los 6 euros y es una parada que cualquier aficionado a la historia medieval debería apuntar.
Bajando hacia el sur del casco antiguo encontré la Plaza del Grano, una plaza medieval con el empedrado original que me encantó. En uno de los lados se levanta la iglesia románica de Santa María del Camino, y en el centro hay una fuente de 1769 con dos figuras que representan la confluencia de los ríos Bernesga y Torío. Me senté un rato a disfrutar del silencio, que contrasta con el bullicio del Húmedo a pocas calles de allí.
Antes de dejar el centro me acerqué al MUSAC, el Museo de Arte Contemporáneo, que queda cerca del Convento de San Marcos. La fachada de más de tres mil cristales de colores es un guiño directo a las vidrieras de la Catedral, y deja claro que León no se ha quedado anclada en sus siglos de piedra. La entrada cuesta 3 euros y los domingos es gratuita.
¿Volvería mañana mismo a León?
Salí de León con la sensación de haberme dejado cosas por ver, y eso que caminé el centro durante varios días. Tres o cuatro jornadas es lo que pide esta ciudad si quieres recorrer los monumentos con calma y tapear por las noches sin mirar el reloj.
Merece la pena visitar León. La Catedral sola ya justifica el viaje, pero es que el conjunto funciona. Pasas de unas murallas romanas a un Gaudí, de un panteón de reyes a un bar donde te regalan la cena con cada caña que pides. Volveré con más tiempo, aunque tengo la sospecha de que León siempre te deja algo pendiente.