¿Merece la pena visitar Bucarest? Hoy conocerás mi opinión de viajero

Salí del aeropuerto en unos 25 minutos en taxi (unos 60 lei, unos 12 €) y llegué al centro con tráfico denso y edificios bastante desordenados, algunos muy cuidados y otros claramente descuidados. Dejé la mochila en el alojamiento y decidí salir directamente a caminar sin plan, porque quería ver rápido si la ciudad me encajaba o no.

En los primeros 15 minutos ya tuve que esquivar aceras irregulares y tráfico caótico, pero también empecé a fijarme en detalles que sí me interesaban: fachadas trabajadas, edificios con personalidad y una mezcla rara entre lo antiguo y lo comunista. No es una ciudad bonita de forma uniforme, pero sí tiene puntos donde te paras.

Caminé hacia el casco antiguo sin mirar mapa y me encontré con calles llenas de bares y bastante ambiente, algo más turístico de lo que esperaba, pero útil para orientarme. Ahí ya entendí que esto no iba de orden ni de estética continua, sino de ir encontrando piezas sueltas que sí valen la pena.

Con esa primera vuelta corta ya lo tenía claro: merece la pena visitar Bucarest, pero no por lo que suele venderse, sino por ciertos edificios y rincones concretos que aparecen cuando caminas sin prisa.

La capital de Rumania es una joya que muchos no conocen

El segundo día salí temprano y decidí recorrer el centro a pie durante unas 2 horas seguidas, enlazando calles sin seguir rutas marcadas. Bucarest funciona mejor así: eliges una dirección, caminas 500 m, te paras, giras y sigues.

Entré en el casco antiguo otra vez y crucé el Vilacrosse Passage casi por casualidad, y ahí sí me detuve unos 10 minutos porque el sitio tiene una estética cuidada, con techo de cristal y arcos bien conservados. Me senté a tomar algo rápido porque es de esos lugares donde apetece parar, aunque sea un rato.

Después seguí andando y fui enlazando iglesias pequeñas con edificios más grandes, sin orden claro, pero con una constante: muchas fachadas merecen la pena si te paras a mirarlas. No todo está bien mantenido, pero cuando algo está cuidado, se nota mucho.

También decidí entrar al Ateneo Rumano (entrada barata, unos 10 €) y fue una buena decisión, porque por dentro es más interesante que muchos otros edificios de la ciudad. Es una visita rápida, unos 20 minutos, pero suma.

No todo es perfecto: hay zonas con tráfico pesado y calles poco agradables, pero lo compensas cambiando de dirección y buscando otra calle. Bucarest se recorre tomando decisiones constantes, no siguiendo un plan fijo.

Después de un día entero caminando y parando en sitios concretos, lo mantengo: merece la pena visitar Bucarest, siempre que aceptes que no es una ciudad homogénea.

Y al tercer paseo, repitiendo algunas zonas y afinando más el recorrido, confirmé lo mismo: merece la pena visitar Bucarest, porque cuanto más caminas, más detalles interesantes aparecen.

Puntos más interesantes por los que merece la pena visitar Bucarest

Salí desde Piața Unirii y caminé unos 10 minutos sin detenerme demasiado, porque la plaza es más un punto de paso que un sitio donde quedarse. Sirve para ubicarse y ver el contraste de la ciudad, pero no me retuve mucho ahí.

Desde ahí fui directo hacia el Palacio del Parlamento y me acerqué caminando unos 20 minutos, y aquí sí me paré bastante rato porque las dimensiones son absurdas. No entré ese día, pero verlo por fuera ya impacta; sabes que es enorme y aun así sorprende.

Volví hacia el centro y me metí en el Monasterio Stavropoleos, donde estuve unos 15 minutos mirando los murales exteriores, que son lo más interesante. Es pequeño, pero muy trabajado por fuera, con mucho detalle.

Seguí caminando y pasé por delante del Museo de Historia Nacional de Rumanía sin entrar, pero me detuve a mirar la fachada, y justo enfrente hice lo mismo con el Palacio CEC, que tiene una cúpula bastante bonita y merece esa parada rápida.

Después me acerqué a la Plaza de la Revolución y crucé la zona sin quedarme demasiado tiempo, más por contexto histórico que por estética. A pocos minutos, decidí entrar al Ateneo Rumano, que ya sabía que valía la pena.

También busqué el Templo Coral y me acerqué expresamente unos 10 minutos andando, porque su fachada es de las que sí destacan. No entré, pero por fuera ya compensa el desvío.

Entré en la librería Cărturești Carusel porque me quedaba de paso, y aunque es muy fotogénica, estuve unos 10 minutos y seguí; está bien, pero no cambiaría el plan solo por eso.

Otro día decidí salir del centro y fui al Balneario Therme (unos 30 minutos en taxi), donde pasé casi 3 horas entre piscinas y zonas termales. Aquí sí desconectas, y compensa si tienes tiempo.

De vuelta, repetí el paso por Vilacrosse Passage y paré otra vez, porque es de esos sitios que funcionan bien para hacer una pausa.

Antes de terminar el recorrido, me acerqué a la Iglesia Zlatari y al Palacio Patriarcal, y en ambos casos me quedé mirando las fachadas más que nada; son de los puntos más bonitos de la ciudad si te fijas en detalles.

Lo que me llevo después de caminar Bucarest

Después de varios paseos, repetir zonas y ajustar recorridos, tengo claro que Bucarest funciona mejor si decides tú qué ver y qué ignorar, porque no todo merece el mismo tiempo. Yo elegí caminar mucho, parar en fachadas concretas y entrar solo en lo que me parecía interesante.

Me quedo con la suma de detalles: el Parlamento por tamaño, Stavropoleos por decoración, el Ateneo por dentro y varios edificios que vi casi por accidente, como el Palacio CEC o la Iglesia Zlatari. También repetiría el paso por Vilacrosse Passage sin dudarlo.

No es una ciudad perfecta ni cómoda todo el tiempo, pero compensa si sabes moverte y elegir, y por eso, con todo lo que vi caminando y decidiendo sobre la marcha, merece la pena visitar Bucarest.

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