El autobús me dejó en una rotonda con un tráfico que no respetaba ni los pasos de cebra. Crucé corriendo, con la mochila puesta, y tardé un buen rato en orientarme hasta el hotel. Con esa bienvenida, la pregunta de si merece la pena visitar Tirana no empezaba con buen pie, así que dejé la maleta y salí a caminar para comprobarlo por mi cuenta.
Tirana es gris a primera vista. Los bloques de hormigón conviven con rascacielos a medio construir y las aceras se cortan donde menos lo esperas. No es una capital bonita en el sentido clásico y no voy a venderla como tal. Pero la pateé sin rumbo fijo durante la primera tarde y la ciudad me fue ganando por otro lado, por la historia reciente que suelta en cada esquina y por un ambiente de calle que no me esperaba. A las dos horas ya había empezado a cambiar de opinión.
Una capital que se entiende caminando por su historia reciente
Empecé por la Plaza Skanderbeg, que es donde empieza todo en Tirana. Es un espacio enorme, rodeado de edificios que merece la pena conocer con calma, y en el centro se planta una estatua ecuestre preciosa dedicada al héroe nacional. Me senté un rato a ver pasar gente y entendí rápido que la plaza funciona como el salón de la ciudad. Los locales la usan para celebrarlo todo.
A pocos minutos a pie entré en el Bunk’Art 2, un museo montado dentro de un enorme búnker antibombas en pleno centro. Pagué la entrada en efectivo, unos 500 lekë, y bajé a recorrer sus pasillos. Dentro se cuenta la represión policial durante la dictadura y toda la época comunista de Albania con fotografías y objetos originales. Salí tocado y con la sensación de haber entendido el país mejor que con cualquier guía. Muy recomendable.
Cruzando el río Lana me topé con la Pirámide de Tirana. Se levantó en 1988 como mausoleo del dictador Enver Hoxha y pasó décadas abandonada, hasta que la reformaron para convertirla en un centro tecnológico con mirador en la parte alta. La rodeé despacio para verla desde varios ángulos. Es un edificio raro, de los que unos aman y otros odian, y justo por eso resume bien el renacer de esta ciudad.
La tarde la reservé para el barrio Blloku, la antigua zona cerrada de la élite comunista donde el resto de la población tenía prohibido entrar. Paseé por sus calles arboladas entre tiendas de moda y muchísima zona de restauración, y me apunté un par de sitios para volver después de cenar, porque si vas a salir de noche, es aquí. Que el barrio prohibido sea hoy el más animado dice bastante sobre si merece la pena visitar Tirana o no.
Los rincones de Tirana que me parecieron más bonitos
La Mezquita Et’hem Bey fue mi primera sorpresa grande. Por fuera pasa casi desapercibida junto a la plaza, pero me descalcé, entré y me quedé un buen rato mirando los frescos. Por dentro es espectacular y para mí es uno de los edificios más importantes que visitar en la ciudad.
Justo al lado decidí subir a la Torre del Reloj. Son 90 peldaños en espiral hasta lo alto de sus 35 metros, y arriba te esperan unas vistas fantásticas de la plaza y de los tejados. La subida es corta. Las vistas compensan de sobra el esfuerzo y el precio simbólico de la entrada.
Otro interior que no olvidaré es el de la Catedral Ortodoxa de la Resurrección de Cristo. Por fuera es bonita, con su cúpula y su campanario modernos, pero al entrar levanté la cabeza y me encontré con una imagen de Cristo en la cúpula que se queda grabada. La entrada es gratuita y salí pensando que había sido de lo mejor del día.
Muy cerca me acerqué a ver la Mezquita Namazgah, la más grande de los Balcanes. Solo la contemplé por fuera y me pareció espectacular, con sus cuatro minaretes de 50 metros que recuerdan mucho a las mezquitas de Estambul. Otro imprescindible de la ciudad, aunque sea para mirarla un rato desde la calle.
Al caer la noche caminé por la calle Murat Toptani y acerté de pleno. Es una peatonal arbolada decorada con cientos de bombillas que iluminan todo el paseo, muy curiosa y bonita, llena de terrazas donde paré a tomar algo. Al final de la calle está el Castillo de Tirana, unas murallas bizantinas reconvertidas en centro comercial. El interior no es espectacular, pero en la entrada montan dos cascanueces enormes y la foto ahí es casi obligatoria.
Una mañana me pasé por el Pazari i Ri, el mercado nuevo. Recorrí puestos de fruta y de antigüedades, con plata que se vende al peso, mientras los vecinos hacían la compra a mi alrededor. Es de esos sitios donde la ciudad se ve sin filtros.
Para despedirme subí a la terraza de la Sky Tower, en pleno Blloku. Pedí algo en el restaurante giratorio y me quedé con la última panorámica de la ciudad y de las montañas mientras atardecía. Si la ciudad te ha gustado, este plan es el broche que le pega. A mí me confirmó que merece la pena visitar Tirana aunque el primer vistazo diga lo contrario.
Mi veredicto después de patear Tirana
Llegué con pocas expectativas y me marché con ganas de volver. Tirana no compite en belleza con otras capitales europeas y no pasa nada por decirlo. Lo que ofrece es distinto, una historia durísima contada a pie de calle y un puñado de interiores que sorprenden de verdad.
Mi respuesta es que sí, merece la pena visitar Tirana, y con un par de días bien aprovechados sales con la sensación de haber entendido algo importante. Pocas capitales han cambiado tanto en tan poco tiempo. Quizá lo interesante sea justo eso, verla ahora, antes de que se parezca a todas las demás. Si estás decidido a visitarla, te recomendamos la lectura de nuestro contenido sobre dónde alojarse en Tirana.