¿Merece la pena visitar Algeciras? Descubre mi opinión personal

Lo primero que vi de Algeciras fue una fila de portacontenedores fondeados en la bahía y las grúas del puerto detrás. Llegué un viernes por la mañana, aparqué cerca de la estación marítima y eché a andar hacia el centro sin plan cerrado. Venía con la duda de si merece la pena visitar Algeciras o si es solo un sitio de paso para coger el ferri a Tánger, que es lo que casi todo el mundo me había contado antes del viaje.

La primera impresión no engaña. Es una ciudad de puerto, con tráfico denso en las avenidas y bloques de los años setenta pegados a casas bajas. Crucé un par de calles sin mucho encanto hasta que el callejero empezó a estrecharse y aparecieron los primeros suelos empedrados. Ahí cambió la cosa.

Le dediqué un día entero al casco urbano y una mañana al monte. Me sobró poco tiempo y me faltaron ganas de irme, que suele ser buena señal.

Una ciudad de puerto con más vida de la que aparenta

Bajé al puerto a media mañana y me quedé un rato viendo salir un ferri hacia Ceuta con el Peñón de Gibraltar recortado enfrente. Es la estampa que mejor resume la ciudad, dos continentes a la vista y barcos cruzando sin parar. No es bonita en el sentido clásico, pero engancha.

Desde allí subí a la Plaza Baja, donde está el Mercado de Abastos que diseñó el ingeniero Eduardo Torroja a principios del siglo XX. Su cúpula de hormigón fue la mayor del mundo hasta 1965, cuando la superó el Astrodome de Houston, y el dato impresiona más cuando la miras desde dentro. Pedí una tapa de atún en uno de los bares del entorno y a la una del mediodía el ambiente ya estaba en marcha.

Después me acerqué a las Murallas Meriníes, los restos del sistema defensivo levantado entre los siglos XIII y XIV, cuando la ciudad era una plaza clave del Estrecho. Están integradas en un parque arqueológico dentro del propio casco urbano y se recorren en un paseo corto. Para entender por qué merece la pena visitar Algeciras conviene pasar por aquí, porque explica que esta esquina de la península fuera disputada durante siglos.

La tarde la cerré en la playa de Getares, al sur, una franja amplia de arena con chiringuitos y gente haciendo paddle surf. Me senté a tomar algo con las últimas horas de sol. No es la mejor playa de la provincia de Cádiz, las de Tarifa juegan en otra liga, pero para rematar el día cumple de sobra.

Los rincones más bonitos que recorrí en Algeciras

La Plaza Alta es una locura, y lo digo tal cual lo pensé al entrar. Suelo de cerámica de colores, farolas decoradas, una fuente central espectacular y bancos forrados de azulejos en los que, si te fijas, aparecen escenas del Quijote. Recuerda a la Plaza de España de Sevilla en pequeño. Saqué el móvil y estuve un buen rato haciendo fotos, porque la luz daba de lado y los azulejos salían muy bien para subirlos a redes.

En la misma plaza está la Iglesia de Nuestra Señora de la Palma, barroca y con cinco naves, levantada en parte con sillares de las antiguas murallas medievales. Lo mejor está arriba. Su torre guarda un reloj de 1741 diseñado por George Graham, catalogado entre los más grandes y exactos del mundo en su categoría, y se puede subir. Subí, claro, y las vistas de la bahía compensan cada escalón.

A pocos metros, en una esquina de la plaza, encontré la Capilla de Nuestra Señora de Europa, terminada en 1769 y considerada el punto en torno al cual se repobló la ciudad. Su fachada es preciosa y me sorprendió la poca gente que se paraba a mirarla. Entré un momento y estaba prácticamente solo.

Desde la plaza me fui andando al barrio de San Isidro, el primer núcleo donde se instalaron los españoles expulsados de Gibraltar en 1704. Calles estrechas, casas encaladas, plantas en las puertas y unos suelos empedrados muy bonitos que piden caminar despacio. Si alguien me pregunta si merece la pena visitar Algeciras, este paseo es de lo primero que le cuento.

El Parque María Cristina, creado a mediados del siglo XIX, me pilló de camino entre las murallas y la Plaza Alta y acabé volviendo dos veces. Es muy bonito, con palmeras altas y bancos decorados con los mismos azulejos de la plaza. Me senté a la sombra un buen rato y aproveché para decidir la ruta del día siguiente.

La segunda mañana madrugué para hacer el sendero del Río de la Miel, que arranca en la barriada del Cobre y se mete en el Parque Natural de Los Alcornocales. Son 7,5 kilómetros circulares de dificultad baja, con un puente de aspecto medieval, zonas de aguas rápidas, varias pozas y una cascada al fondo del valle. Me perdí la mañana entera allí dentro y lo recomiendo sin dudarlo, fue de lo mejor del viaje.

Mi veredicto después de patearme Algeciras

Volví a casa con una idea clara. Algeciras no compite con Sevilla ni con Cádiz capital, y quien vaya buscando un destino monumental saldrá con las expectativas tocadas. Yo fui con la mente abierta y me encontré una plaza espectacular, un reloj único en lo alto de una torre, un barrio para pasear despacio y un sendero en el que pasé la mejor mañana del viaje.

¿Merece la pena visitar Algeciras? Para mí sí, sobre todo si te gusta mezclar ciudad con monte y no te molesta que el paisaje incluya grúas. Pienso volver, aunque solo sea por sentarme otra vez en los bancos de la Plaza Alta y repetir las pozas del Río de la Miel. Me pregunto cuánta gente cruza cada año por su puerto sin darle una oportunidad a la ciudad que tiene detrás.

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