El tren llegó con 18 minutos de retraso a la estación de Vialia Vigo y salí directo a la calle con 16 °C y algo de viento. Bajé andando hacia el centro en lugar de coger taxi y lo primero que noté fue la pendiente constante; aquí moverte implica elegir si subes, bajas o buscas escaleras mecánicas.
En cuanto pisé la zona de Puerta del Sol, vi bastante movimiento pero también tráfico alrededor que corta un poco el ritmo si no te fijas. Decidí cruzar hacia el casco antiguo sin entretenerme, porque es donde realmente cambia la sensación de la ciudad.
Vigo no entra fácil por los ojos si vienes comparando con otras ciudades gallegas. Tiene zonas desordenadas y edificios que no encajan, pero también tiene puntos donde compensa quedarse un rato más. Con esa mezcla en mente, seguí caminando con una idea clara: ver si realmente merece la pena visitar Vigo.
A los diez minutos ya estaba dentro del casco vello, donde el ambiente cambia bastante. Entré en una calle estrecha de piedra y bajé el ritmo, porque ahí sí hay algo más cuidado y reconocible. No es espectacular en conjunto, pero sí tiene suficientes tramos interesantes como para justificar el paseo.
Una ciudad irregular que mejora cuando decides dónde parar
Vigo funciona mejor cuando eliges bien por dónde moverte. Evité las calles más abiertas y me centré en zonas peatonales, porque el tráfico y las cuestas hacen que el recorrido sea menos cómodo si no planificas un poco.
Cuando llegué al casco antiguo, la cosa mejoró. Entré en varias calles sin rumbo claro y acabé en la Plaza de la Constitución, donde hay bares y algo de ambiente real, no solo turístico. Aquí es donde entiendes por qué merece la pena visitar Vigo: no por grandes monumentos, sino por pequeños tramos que funcionan bien juntos.
Después subí hacia el Monte O Castro. Elegí subir andando (unos 15–20 minutos con pendiente) y merece el esfuerzo por las vistas; desde arriba ves la ría, el puerto y las islas al fondo. No es un mirador espectacular tipo postal, pero sí suficiente para parar y mirar un rato.
Bajando, decidí alejarme del centro y coger un bus hacia Bouzas. Tardé unos 10 minutos en llegar y el cambio se nota: menos tráfico, más relación con el mar. Aquí vuelve a tener sentido el paseo, y es otro punto que suma para decir que merece la pena visitar Vigo, aunque sea por partes.
Zonas donde sí merece parar y sacar el móvil
Entré varias veces al Casco Antiguo porque es lo más consistente de la ciudad, con calles de piedra, bares abiertos y fachadas que sí encajan entre sí. En la Plaza de la Constitución me senté un momento y vi bastante movimiento local, algo que no siempre pasa en ciudades de este tamaño.
Pasé por la Basílica de Santa María de Vigo y entré rápido a verla por dentro. No estuve mucho, pero el interior compensa la parada, sobre todo si ya estás caminando por esa zona. Después bajé por las Rúa dos Cesteiros y Rúa das Ostras, donde hay tiendas y algo más de ambiente.
En la Puerta del Sol me paré frente a El Sireno de Vigo. No estuve mucho rato, pero es el típico punto donde haces una foto rápida porque todo el mundo pasa por ahí.
Subí al Monte O Castro y di una vuelta por arriba. Me moví entre varios miradores hasta encontrar uno sin gente, y ahí sí merece la pena parar unos minutos.
Después fui al Barrio de Bouzas. Caminé junto al mar y seguí el paseo marítimo, que es de lo más agradable de la ciudad. Aquí el ritmo baja solo y el entorno acompaña.
También me acerqué al Puerto de Vigo. No es bonito en sentido clásico, pero impresiona por tamaño y actividad, y si te gusta ver movimiento industrial tiene su punto.
Más tarde cogí otro bus hasta el Pazo Quiñones de León. Entré al jardín y di un paseo corto, suficiente para ver una parte más cuidada y tranquila de la ciudad.
Terminé el día en la Playa de Samil. Caminé por la arena sin complicarme mucho, porque es amplia y fácil para desconectar un rato, aunque no está en pleno centro.
Entonces, merece la pena visitar Vigo un fin de semana
Volví a pasar por el casco antiguo antes de irme y repetí el paseo por la Puerta del Sol para cerrar el recorrido. No intenté ver más cosas, preferí repetir lo que mejor funciona, como el Castro o Bouzas.
Vigo no es una ciudad que impresione de primeras, y eso se nota cuando caminas por zonas más caóticas o con tráfico. Aun así, cuando eliges bien los sitios (Casco Antiguo, Monte O Castro, Bouzas o Samil) la experiencia compensa y deja buen recuerdo.
No es un destino al que iría con expectativas altas, pero sí uno que funciona bien si sabes moverte. Después de recorrerla así, tengo claro que merece la pena visitar Vigo, aunque no sea la ciudad más redonda que he visto.