Llegué a Estocolmo en un vuelo nocturno que aterrizó en Arlanda pasada la medianoche. El taxi al centro costó más de lo que me habría gustado. Cuando por fin dejé la mochila en el hostel de Norrmalm, lo único que vi por la ventana fue una calle vacía y silenciosa. A la mañana siguiente salí pronto y crucé el primer puente rumbo a Gamla Stan. Fachadas de colores asomándose al agua del Báltico, tejados de cobre verde, una calma que no esperaba. Tuve claro desde ese momento que merece la pena visitar Estocolmo aunque solo sea por ese primer golpe visual. La ciudad está repartida en 14 islas conectadas por puentes, y eso le da algo muy particular. Cada vez que cambias de isla, cambia el ambiente.
Es una ciudad cara, eso hay que decirlo. Calcula entre 120 y 180 euros por persona y día si incluyes alojamiento, alguna entrada y comer fuera. El alcohol dispara la cuenta más que en cualquier otro sitio de los que he visitado en Europa. Pero Estocolmo tiene una cosa buena: se camina entera, casi todo lo mejor se ve gratis desde la calle y el transporte público es, por sí solo, una atracción. Estuve tres días y me fui con la sensación de haber visto más de lo que esperaba.
Lo que hace especial a Estocolmo
Empecé por donde empieza todo el mundo, por Gamla Stan, el casco medieval de Estocolmo. Crucé el puente Riksbron y enseguida me metí por las calles empedradas del barrio, rodeado de fachadas de colores del siglo XVII y XVIII con ese estilo gótico báltico heredado de las familias alemanas que lo poblaron en el siglo XIII. Lo que más me sorprendió fue lo bien conservado que está todo. Los portales de piedra, las puertas de madera, las rejas trabajadas, los balcones con flores. El barrio fue considerado un lugar pobre hasta mediados del siglo XX y muchos edificios estaban abandonados, pero las restauraciones posteriores lo dejaron como nuevo sin que pierda el aire medieval. Callejeé sin buscar nada en concreto y fue probablemente lo mejor que hice en todo el viaje.
En el centro de Gamla Stan está Stortorget, la plaza más antigua de la ciudad. Me senté en una de las terrazas a tomarme un café con vistas a las fachadas de colores, esas casas ocres y amarillas del XVII y XVIII que salen en todas las postales. En 1520, el rey danés Cristián II mandó ejecutar a más de 80 nobles suecos en esa misma plaza, lo que se conoce como el Baño de Sangre de Estocolmo. Aquello desencadenó la rebelión que acabó coronando a Gustavo Vasa y rompiendo la Unión de Kalmar. Hoy, sentado con el café, cuesta imaginar algo así. La luz de media mañana daba de lado y la fachada principal quedaba bien encuadrada desde la terraza.
Antes de salir de Gamla Stan pasé por Mårten Trotzigs Gränd, el callejón más estrecho de la ciudad. 90 centímetros de ancho. Curioso.
Desde Gamla Stan caminé hacia la isla de Djurgården, cruzando un par de puentes, para visitar el Museo Vasa. Si tengo que quedarme con un solo sitio de Estocolmo, me quedo con este. El museo se construyó exclusivamente para albergar un barco de guerra del siglo XVII que se hundió en 1628, a 300 metros del puerto y con medio Estocolmo mirando. El rey había ordenado añadir un puente extra de cañones que desestabilizó el buque, y para compensar metieron 120 toneladas de piedras en la sentina. No sirvió de nada. Una ráfaga de viento lo escoró y entró agua por el puente de cañones. Se fue al fondo con 30 personas a bordo.
Lo recuperaron 331 años después, casi intacto gracias al bajo nivel de sal del Báltico, y hoy es el barco del siglo XVII mejor conservado del mundo. Dentro del museo se exponen más de 4.000 objetos de la época junto con la historia del rescate. Pero al final lo que importa es el barco. Es muchísimo más grande de lo que esperas. La popa está tallada y pintada con colores vivos. No me esperaba eso en un barco de guerra. En persona es de las cosas más impresionantes que he visto. Solo por esta visita ya merece la pena visitar Estocolmo. La entrada cuesta 240 SEK entre mayo y septiembre, 195 SEK el resto del año.
Del Vasa me acerqué al Ayuntamiento, en la isla de Kungsholmen. La fachada de ladrillo rojo se ve desde bastante lejos y le da un aire muy distinto al resto de edificios de la ciudad. Subí los 365 escalones de la torre y las vistas desde arriba son muy buenas, con todas las islas desplegadas y el agua entre medias. Por dentro, lo mejor es el Salón Dorado, decorado con más de 18 millones de piezas de mosaico dorado, y la Sala Azul, que curiosamente no es azul, donde cada 10 de diciembre se celebra el banquete de los Premios Nobel.
Si alguien duda de si merece la pena visitar Estocolmo, le diría que se baje en la estación de Rådhuset y mire a su alrededor. Toda excavada en roca viva de un rojo intenso, con luces tenues y la única claridad asomando por las escaleras mecánicas. Es una locura. Me bajé en cinco o seis estaciones diferentes solo para verlas, y cada una tiene su propio estilo. Más de 90 de las 100 estaciones del metro están decoradas por artistas, y para acceder solo necesitas un billete normal. Nunca había visto un transporte público que fuese, al mismo tiempo, una galería de arte.
Lo que completa la visita
Södermalm es el barrio alternativo de Estocolmo, con cafeterías de especialidad, tiendas de segunda mano, galerías de arte y precios algo más humanos que en el centro. Fui a callejear por el SoFo, que es como el SoHo de Estocolmo, y me metí por las calles donde se ambientaron las escenas de la saga Millennium. El barrio tiene un aire muy distinto al del casco antiguo, menos monumentos y más vida de barrio. Para comer o tomarte algo sin que la cuenta duela, Södermalm es la mejor zona de la ciudad.
Lo mejor de Södermalm lo encontré subiendo al mirador de Monteliusvägen, un sendero de unos 500 metros en lo alto del barrio. Las vistas de Estocolmo desde allí son preciosas, con el Ayuntamiento, Gamla Stan y el lago Mälaren entero a tus pies. Subí al atardecer y me quedé un rato largo sentado en uno de los bancos. Si alguien me preguntara por qué merece la pena visitar Estocolmo, le enseñaría una foto desde este punto.
Djurgården es la isla verde de Estocolmo. Después de visitar el Museo Vasa aproveché para pasear por la zona menos turística de la isla, entre los árboles y junto al agua. Es el sitio al que van los propios estocolmenses a desconectar, y se nota. No tiene monumentos, pero como paseo después de un día intenso de calles y museos funciona muy bien.
También en Djurgården, a pocos metros del Vasa, está Skansen, el museo al aire libre más antiguo del mundo. Se creó en 1891 y reúne más de 150 casas y granjas traídas de distintas regiones de Suecia. Entré y recorrí una parte del parque. La idea es interesante, pero a mí me supo un poco a trampa para turistas. En temporada alta se llena mucho y la entrada no es barata para lo que acabas viendo. Si viajas con niños o te va la etnografía, puede compensar. Si vas justo de tiempo, yo lo dejaría para otra ocasión.
El Palacio Real de Estocolmo tiene más de 600 habitaciones y una fachada que impone. Me acerqué sobre las doce y cuarto para ver el cambio de guardia, que es curioso y dura unos cuarenta minutos. El interior se puede visitar, pero no me pareció tan memorable como la fachada vista desde fuera. Si vas justo de tiempo, quédate con el exterior y el cambio de guardia.
De camino a Djurgården pasé por el puente de Skeppsholm, que conecta con la isla del mismo nombre. Tiene unas barandillas decoradas con coronas doradas y, con Gamla Stan y el Palacio Real al fondo, es el encuadre típico para la foto de Estocolmo. Paré, saqué el móvil y seguí andando.
Merece la pena visitar Estocolmo también por cosas como el Östermalms Saluhall, un mercado cubierto de finales del siglo XIX en el barrio elegante de Östermalm. Entré a probar las köttbullar, las albóndigas suecas con mermelada de arándano y puré de patata. Están muy buenas. Y aproveché para sentarme a hacer un fika, que es la pausa sueca de café con un bollo de canela que llaman kanelbulle. Me pareció una costumbre estupenda. Te sientas, pides tu café, dejas el móvil y charlas un rato. Los suecos lo hacen a diario y se les nota.
Entonces, ¿volvería a Estocolmo?
Estocolmo me gustó más de lo que esperaba. Fui pensando que sería una ciudad bonita pero fría, de esas que cumples con ver y ya. Me equivocaba. Es una ciudad con mucha personalidad, que se camina de punta a punta y que combina historia y diseño sin que parezca un parque temático. Cuando te sientas en una terraza en Stortorget con la fachada de colores delante o miras el agua desde Monteliusvägen al atardecer, entiendes por qué la gente repite. Y eso que es cara. Pero lo compensa.
Con dos días intensos se puede ver lo principal, aunque tres van más cómodos. Si me piden favoritos, me quedo con callejear por Gamla Stan, con el Museo Vasa, con la estación de Rådhuset y con las vistas al atardecer desde Monteliusvägen. Merece la pena visitar Estocolmo, y mucho.
Eso sí, lleva calzado cómodo. Se camina mucho.