¿Merece la pena visitar Benidorm? Aquí mi opinión de viajero

El skyline de Benidorm aparece de golpe tras una curva de la autopista, un muro de torres pegado al mar que no encaja con nada de lo que hay alrededor. Aparqué en un parking cerca de la Playa de Poniente después de dar dos vueltas buscando sitio y eché a andar hacia el centro sin plan cerrado. Llevaba años oyendo opiniones cruzadas sobre esta ciudad, de quien la adora a quien la desprecia sin haberla pisado, así que decidí comprobar por mi cuenta si merece la pena visitar Benidorm.

La primera impresión impone. Hay 27 edificios que superan los 100 metros de altura y las aceras van llenas a cualquier hora, hasta un martes fuera de temporada. Crucé media ciudad a pie sin encontrar un solo tramo vacío, y entendí rápido que quien busque un pueblo tranquilo de la Costa Blanca se ha equivocado de salida.

Aun así, seguí caminando y la ciudad me ganó antes de lo que esperaba.

Rascacielos, dos playas enormes y un ambiente que no se apaga

Empecé por lo más evidente, las torres. Benidorm es la segunda ciudad de Europa con más rascacielos y el In Tempo, con sus casi 200 metros, se ve desde cualquier punto de la bahía. Para entender la escala subí al mirador del Gran Hotel Bali, el hotel más alto de Europa con 186 metros y 52 pisos. El ascensor panorámico cuesta 6 euros y deja una vista de 360 grados que sirve de mapa para el resto de la visita, con la ventaja de mirar la ciudad desde el lado opuesto al mirador de la Cruz.

Después tocaba playa. La de Levante tiene más de dos kilómetros de arena fina y dorada y un paseo en forma de media luna que no descansa, con terrazas y música hasta tarde. Bajé a las diez de la mañana y ya costaba encontrar hueco cerca de la orilla, así que al día siguiente madrugué más. Si quieres primera línea, no llegues tarde, porque se queda sin sitio enseguida.

La Playa de Poniente me pareció la opción sensata para pasar el día. Supera los tres kilómetros, tiene una anchura media de 74 metros y el ambiente es más familiar y calmado. Planté la sombrilla allí la segunda mañana y entendí por qué tanta gente del norte de Europa repite aquí invierno tras invierno.

Comer bien fue fácil. Pedí un arroz a banda en un restaurante del casco viejo y repetiría sin pensarlo, aunque la paella y los pintxos de la zona de los vascos, con La Cava Aragonesa siempre llena, compiten duro. Para presupuestos ajustados encontré menús del día por todas partes, herencia de una ciudad acostumbrada a alimentar a miles de visitantes a diario.

De noche la ciudad cambia de marcha. Vi la calle Esperanto y el paseo de Levante llenarse a la hora en que otras ciudades bajan la persiana, y la zona inglesa funciona como un mundo aparte, con sus pubs y sus carteles en otro idioma. No salí de fiesta, pero me quedó claro que aquí quien la busca la encuentra cualquier día de la semana. Con este panorama, entiendo que tanta gente se pregunte si merece la pena visitar Benidorm solo por su ambiente, y la respuesta corta es que el ambiente ya es la mitad del viaje.

Los rincones de Benidorm que más me gustaron

El Balcón del Mediterráneo me pareció espectacular y lo digo sin rebajas. Subí la escalinata desde la Plaza del Castillo, toda blanca y preciosa, y me quedé un buen rato apoyado en la balaustrada mirando el mar abierto entre las dos playas. La luz de media tarde daba de lado y las fotos salían bien a la primera, para mí el mejor sitio de la ciudad para hacerse fotos para las redes sociales.

Desde allí me dediqué a callejear por el casco antiguo, que siempre es un buen plan en cualquier ciudad y aquí no falla. Pasé por la Plaza Castelar con su gran ancla y conté los cuatro cañones de la Plaza de Santa Ana. Acabé tomando algo en la peatonal calle Alameda, sorprendido de encontrar este trozo de pueblo pesquero encajado entre tanta torre.

La Iglesia de San Jaime y Santa Ana, construida entre 1740 y 1780, es muy bonita por fuera y por dentro. Entré a ver la talla de la Virgen del Sufragio, la patrona que según cuentan apareció en una barca a la deriva, y salí con la sensación de que el casco viejo entero gira alrededor de este templo.

Bajando unas escaleras desde la zona del castillo apareció la Cala del Mal Pas, muy bonita, de arena clara y agua tranquila. Llegué a media mañana y ya estaba casi completa, porque es pequeña y se llena muy rápido. Merece el madrugón.

El Mirador de la Cruz, en lo alto de Sierra Helada, fue otro punto fuerte del viaje. Subí en coche hasta casi arriba, aunque también se puede ir andando en unos 40 minutos desde el Rincón de Loix, y desde los 217 metros del mirador se ve todo Benidorm con sus rascacielos alineados frente al mar. Espectacular es la palabra que apunté en el móvil. La cruz la plantaron unos frailes en 1961, escandalizados porque ese año se autorizó el bikini en las playas.

La excursión a la Isla de Benidorm la recomiendo a cualquiera. El barco tarda unos 15 minutos de travesía y el islote triangular es un paraje natural espectacular que se ha librado del ladrillo. Me asomé al agua nada más desembarcar y el fondo marino se ve limpio y lleno de vida, con muchos tipos de especies y algas moviéndose entre las rocas. Quien dude todavía de si merece la pena visitar Benidorm debería empezar por este barco.

Mi veredicto después de patearme Benidorm

Benidorm no engaña a nadie. Es ruido de fondo y toallas plantadas a las diez de la mañana, y quien viaje buscando silencio hará bien en elegir otro rincón de la Costa Blanca. Yo llegué con prejuicios y me los fui quitando a cada caminata, entre el blanco de la Plaza del Castillo y el agua limpia alrededor de la isla.

Mi respuesta es que sí merece la pena visitar Benidorm, al menos una vez y con la mente abierta. Pocas ciudades españolas provocan opiniones tan cerradas en gente que jamás la ha pisado, y quizá el mejor motivo para venir sea justo ese, comprobar en persona cuánto hay de tópico y cuánto de verdad.

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