¿Merece la pena visitar Zafra? Opinión de un viajero

Aparqué cerca de la Plaza de España un sábado a media mañana y caminé unos 200 metros hasta toparme de frente con los torreones del Alcázar. Ese primer golpe de vista ya me contestó media pregunta, porque yo llegaba con la duda de si merece la pena visitar Zafra o si era mejor tirar directo hacia Mérida. Me quedé, y lo primero que hice fue rodear la fortaleza para verla entera antes de entrar en el casco histórico.

Zafra es una ciudad pequeña del sur de la provincia de Badajoz, de unos 17.000 habitantes, junto a la antigua Vía de la Plata. La llaman la Sevilla chica por sus casas blancas y su aire andaluz, y el mote no va desencaminado. Antes de ir conviene ajustar expectativas de tamaño. El casco histórico se recorre a pie sin prisa en medio día, así que la planteé como parada dentro de una ruta por Extremadura en coche y no como destino único para un fin de semana. Acerté con el plan y aun así me fui con ganas de repasar algún rincón con más calma.

Un paseo por la Sevilla chica que se hace en medio día

Empecé por el Palacio de los Duques de Feria, que es el monumento que sostiene la fama de la ciudad. Por fuera me pareció espectacular lo bien conservado que está, con sus torreones intactos y la torre del homenaje de 24 metros. Crucé después a la Plaza del Corazón de María, justo enfrente, porque desde allí sale la perspectiva más limpia del castillo completo y quería esa foto.

El interior no se queda atrás. El edificio funciona hoy como Parador de Turismo y no hace falta dormir en él para entrar. Pasé al patio central de mármol blanco, un claustro renacentista precioso que se añadió cuando la fortaleza medieval se convirtió en palacio, y me senté a tomar un café en la cafetería que lo ocupa. Si dudas de si merece la pena visitar Zafra, ese patio resuelve buena parte de la discusión.

Desde el Alcázar bajé por la calle Sevilla, la vía comercial de toda la vida, peatonal y con el campanario de la Candelaria asomando al fondo. Paré en el Convento de Santa Clara, que queda a mano en esa misma zona. Las clarisas mantienen un pequeño museo de arte sacro y venden dulces artesanos, así que compré una caja de pastas para el viaje. Ese tipo de detalles separan un pueblo con vida de un decorado para turistas.

La calle desemboca en la Plaza Grande, porticada con soportales del siglo XVI que se levantaron cuando el comercio mandaba en la villa. Me senté en una terraza bajo las palmeras y pedí una caña que llegó con su tapa, como manda la costumbre extremeña. Es una plaza para sentarse a mirar la arquitectura renacentista sin hacer nada más, y ese ritmo lento explica en parte por qué merece la pena visitar Zafra.

Los rincones de Zafra que más me gustaron

De la Plaza Grande a la Plaza Chica se pasa por el Arquillo del Pan, un arco bajo con una capillita barroca dedicada a la Virgen de la Esperancita incrustada encima. Lo crucé despacio porque el paso es mínimo y la escena lo pide.

La Plaza Chica me gustó incluso más que su hermana mayor. Es la más antigua de Zafra, con pórticos en tres de sus lados y el Palacio de Justicia presidiendo el conjunto. Me tomé una cerveza allí y estuve repasando las columnas hasta dar con la Vara de Zafra, la medida de 0,83 metros grabada en una de ellas que usaban los comerciantes del mercado que se celebraba aquí desde 1380. Ese detalle me pareció de lo mejor del día.

Desde allí tomé la calle Jerez, y aquí llega mi rincón favorito. Casas blancas con flores en las ventanas y el Arco de Jerez cerrando la perspectiva al fondo, una de las puertas originales que quedan de la muralla del siglo XV. Hice varias fotos porque el encuadre sale solo y funciona muy bien para redes sociales, con la luz dando de lado sobre las fachadas. Al pasar por debajo descubrí que encima del arco hay una capilla dedicada al Cristo de la Humildad y Paciencia.

Volví sobre mis pasos para entrar en la Colegiata de la Candelaria, el gran templo de la ciudad, levantado en el siglo XVI. Su torre es espectacular y se ve desde media Zafra, pero el interior justifica por sí solo el desvío. Dentro guarda lienzos de Zurbarán en el retablo, algo que no esperas en una ciudad de este tamaño y que da la medida de lo rico que llegó a ser este cruce de caminos. Salí pensando que solo por la Candelaria ya merece la pena visitar Zafra.

El último hallazgo fue el Hospital de Santiago. De la Plaza Grande sale una calle sin salida, la calle Santa Catalina, y al fondo aparece la portada gótica del hospital fundado en el siglo XV. La fachada me pareció preciosa, labrada en piedra y rematada con un fresco de la Anunciación, y la considero imprescindible aunque quede escondida. Casi me la salto por no meterme en el callejón. Habría sido un error.

Mi veredicto tras pasear por Zafra

Volví al coche con la caja de dulces de Santa Clara y con la sensación de haber acertado al parar. Zafra no exige planificación ni entradas reservadas con semanas de antelación, se deja ver caminando y devuelve más de lo que pide. El patio de mármol del Alcázar y la cerveza tranquila en la Plaza Chica fueron mis dos momentos del día, con la calle Jerez muy cerca en la lista.

¿Entonces merece la pena visitar Zafra? Para mí, sí, con un consejo honesto. Encájala dentro de una ruta por Extremadura o como parada entre Sevilla y Mérida, porque medio día bien aprovechado le hace justicia. Me fui pensando en cuántas ciudades pequeñas como esta dejamos pasar de largo por correr hacia los destinos con nombre. Esa pregunta todavía me dura.

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