¿Merece la pena visitar Braga? Descubre mi opinión en 2025

El primer sonido que recuerdo de Braga es el de las campanas, a media mañana, mientras arrastraba la maleta desde la estación hasta el centro. El trayecto es corto, unos 10 minutos, pero ya deja ver una ciudad tranquila, con tráfico moderado y cuestas suaves que se notan si vienes cargado. Era un día fresco, incluso algo húmedo, y el ambiente no tenía nada de épico: bares abriendo, gente yendo a trabajar, turistas contados. Mi primera impresión fue funcional, no espectacular, y eso me hizo bajar expectativas rápido.

Me alojé cerca de la Sé y salí a caminar sin rumbo. Los precios en terrazas del centro me parecieron algo más altos de lo que esperaba para una ciudad de este tamaño, y por la noche el ambiente baja pronto. No es un sitio que te sacuda al llegar, y quizá por eso funciona. En ese punto todavía no tenía claro si merece la pena visitar Braga o si se quedaría en una parada correcta y poco más.

La primera toma de contacto con Braga

Braga no intenta impresionarte, y creo que ahí está parte de su gracia. Caminando por el centro histórico entendí que aquí el peso está en lo cotidiano: iglesias abiertas a media tarde, estudiantes cruzando plazas sin mirar edificios, vecinos usando el casco antiguo como si no fuera nada especial. Ese uso normal de espacios muy históricos cambia la percepción.

Pasé varias horas moviéndome a pie, entrando y saliendo de calles pequeñas, sin necesidad de marcar puntos en el mapa. La ciudad se recorre fácil, no cansa y no abruma. El Bom Jesus do Monte es la excepción: subir andando requiere tiempo y algo de paciencia, aunque también hay funicular. Desde arriba, la vista ayuda a entender la escala real de Braga. En ese momento pensé por primera vez que merece la pena visitar Braga, sobre todo si buscas algo manejable y sin prisas.

También ayuda que no todo esté pensado para el visitante. Hay zonas con comercios normales, tráfico real y ruido puntual. No es postal constante. Eso, para mí, suma. No diría que Braga sea intensa ni especialmente animada, pero sí coherente. Y cuando una ciudad no se disfraza, suele envejecer mejor en el recuerdo. Por eso, tras un día completo, volví a pensar que merece la pena visitar Braga, aunque no sea para todo el mundo.

Los lugares imperdibles de Braga

Empecé por la Catedral de Braga, entrando a media mañana. Estuve alrededor de 40 minutos, moviéndome despacio por las capillas. No todo impacta igual, pero el conjunto tiene peso histórico y se nota que no es un edificio aislado del día a día. No es una visita rápida, conviene tomársela con calma.

El Santuario del Bom Jesus do Monte ocupa medio día si lo haces andando. Subí por la escalinata y bajé usando el funicular. El recorrido es largo y repetitivo, pero tiene sentido hacerlo una vez. Desde arriba, Braga se ve compacta y ordenada. No es solo el santuario, es el contexto.

Recorrer la Rua do Souto hasta el Arco da Porta Nova es casi inevitable. Es una calle viva, con tiendas normales y paso constante. El centro histórico se siente usado, no decorado. El Jardín de Santa Bárbara me ocupó poco tiempo; es pequeño y agradable, más para una pausa que para una visita en sí. Subí también al Santuario de Nuestra Señora de Sameiro, menos concurrido y con vistas amplias, y entré al Museo Arqueológico D. Diogo de Sousa, correcto y bien explicado.

La Casa do Raio destaca por su fachada; dentro estuve poco, pero merece la parada.

Mi veredicto después de caminarla

Braga es una ciudad muy bonita que merece la pena visitar. Mi experiencia fue positiva porque caminé sin prisa, entré en la Catedral de Braga, subí al Bom Jesus do Monte, me moví por la Rua do Souto y entendí el centro histórico como un espacio vivido. Sumé el Jardín de Santa Bárbara, el Sameiro, el Museo Arqueológico y la Casa do Raio sin forzar nada.

¿Volvería? Sí, sobre todo como escapada tranquila desde Oporto o como base para explorar el norte. No para marcar hitos, sino para observar. Con esa actitud, merece la pena visitar Braga. A veces viajar también va de eso: de no exigirle a un lugar lo que no pretende ser.