¿Merece la pena visitar Zúrich? Aquí descubrirás una opinión sincera

El tren del aeropuerto me dejó en la estación central en unos 12 minutos y el billete costó 7 CHF, que fue el primer aviso de lo que venía. Iba con la duda de si merece la pena visitar Zúrich o si es solo una ciudad de bancos y oficinas, así que dejé la mochila en el hotel y salí andando hacia el río Limmat.

La primera impresión fue de orden, con tranvías que pasan a su hora y un casco antiguo más pequeño de lo que esperaba. También noté enseguida los precios, porque un café en terraza ronda los 6 € y comer fuera dispara el presupuesto. Decidí tirar de supermercado a mediodía y guardar el dinero para las entradas.

De Niederdorf al Lindenhof, siguiendo el Limmat a pie

Empecé por Niederdorf, en la orilla derecha. Bajé por la Niederdorfstrasse entre casas gremiales de fachadas de colores y cafeterías pequeñas, y salí al Limmatquai para ver el Rathaus, el ayuntamiento, que está construido literalmente sobre el río. Unos metros más allá aparecen las dos torres gemelas de la Grossmünster, la imagen de todas las postales. La fachada románica es muy bonita y el interior es sobrio, lo normal en la iglesia donde Zwingli arrancó la Reforma. Subí los 187 escalones de la torre Karlsturm por 5 CHF, aunque ya no dejan asomarse al balcón y las fotos se hacen estirando el brazo.

Crucé el puente de Münster y fui directo a la Fraumünster. Por fuera ya llama la atención con su torre verde, pero lo bueno está dentro y por eso pagué los 5 CHF de la entrada. Las cinco vidrieras de Marc Chagall, que terminó en 1970 con 83 años, llenan el coro de color y son la razón de más peso por la que merece la pena visitar Zúrich. Al salir me senté en una terraza del Münsterhof, para mí la plaza más bonita de la ciudad, enfrente de la Zunfthaus zur Meisen, la casa gremial desde cuyo balcón habló Churchill en 1946.

A dos pasos queda la iglesia de San Pedro, y me limité a mirar desde fuera su reloj de 8,7 metros de diámetro, el más grande de Europa, porque el interior es austero.

Desde allí bajé por la Augustinergasse, una calle estrecha con fachadas de colores y ventanas de madera tallada. Con la luz de la tarde quedaba bien para una foto. Desemboca en la Bahnhofstrasse, la avenida de las tiendas de lujo, y la recorrí mirando escaparates hasta Paradeplatz, donde entré en Sprüngli a probar los Luxemburgerli, unos macarons pequeños que están muy buenos. Seguí hasta Bürkliplatz y crucé el puente Quaibrücke, con la ciudad a un lado y el lago al otro. Tener ese lago a un paseo del casco antiguo, con zonas de baño que en verano cobran unos 8 CHF, es parte de por qué merece la pena visitar Zúrich.

Si ya estás convencido de visitar esta ciudad, te recomendamos nuestro artículo sobre dónde alojarse en Zúrich.

¿Compensa Zúrich con lo cara que es?

Para el atardecer subí al Lindenhof, una colina con tilos en pleno casco antiguo a la que se llega en menos de cinco minutos por calles empedradas. La entrada es gratis y las vistas del río y de las torres de la Grossmünster al otro lado son preciosas. Me senté en un banco junto a los locales que juegan al ajedrez con piezas gigantes y no me moví hasta que se encendieron las farolas.

Sí compensa, aunque hay que ir con el presupuesto pensado. Zúrich es cara y lo notarás en cada café, pero el casco antiguo lo recorrí entero a pie y casi todo lo que me gustó fue gratis o costó 5 CHF. Con un día ves lo esencial. Si tienes dos, lo haces sin prisa.

Me quedo con las vidrieras de Chagall en la Fraumünster y con el Lindenhof al atardecer. Solo por esos dos sitios ya merece la pena visitar Zúrich, sobre todo si es tu primera parada en Suiza.

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