¿Merece la pena pena visitar Katowice? Descubre una opinión sincera

Desde la estación central de Katowice hasta el Spodek hay unos 10 minutos a pie, y fue lo primero que hice nada más bajar del tren. Mucha gente llega a esta ciudad del sur de Polonia en un vuelo barato desde España y sale directa hacia Cracovia, que queda a una hora. Yo decidí quedarme para comprobar si merece la pena visitar Katowice o si es solo un aeropuerto con una ciudad alrededor.

Katowice arrastra fama de ciudad minera y de aire contaminado, y algo de eso se nota al llegar. Crucé el centro andando y vi edificios de oficinas nuevos y tranvías por todas partes, pero ni rastro del casco antiguo de casas de colores que tienen otras ciudades polacas. Tiene su lógica. La ciudad creció con el carbón en el siglo XIX y no tiene detrás un pasado medieval que enseñar.

Lo que sí encontré fue una ciudad que le ha dado la vuelta a su pasado industrial sin esconderlo. La antigua mina es hoy un museo, los barrios obreros de ladrillo están mejor conservados de lo que esperaba y en el centro hay una calle peatonal llena de terrazas donde acabé sentándome cada tarde. Con eso ya tenía claro que el viaje iba a compensar.

De ciudad del carbón a ciudad de museos y conciertos

El Spodek fue mi primera parada y me pareció una pasada. Es un pabellón para conciertos y eventos deportivos inaugurado en 1971, y su nombre en polaco significa platillo, por la forma que tiene. Lo rodeé entero por la explanada de la plac Sławika i Antalla fijándome en la fachada de escamas metálicas, que cambia de tono según le da la luz. No se parece a ningún edificio que haya visto en otra ciudad.

Volví por la noche para verlo iluminado de azul. Es el mejor momento para hacerse fotos para las redes sociales, con el edificio encendido y la explanada todavía con gente, porque en verano esa zona se anima bastante cuando cae el sol.

Justo al lado está el monumento a los Insurgentes de Silesia, al que en la ciudad llaman «Las alas». Está tan pegado al Spodek que lo vi en el mismo paseo. Son tres alas de águila de Gustaw Zemła, una por cada levantamiento silesio entre 1919 y 1921, y me parecieron muy bonitas, sobre todo cuando me puse debajo y levanté la vista.

Desde allí subí al tejado del Centro Internacional de Congresos, que se comunica con el Spodek por un túnel. El techo es una pendiente de hierba por la que se puede caminar, y arriba tienes buenas vistas del Spodek y de los edificios nuevos del centro. Curioso, y la subida compensa por las vistas.

Al bajar pasé por delante del NOSPR, la sede de la Orquesta Sinfónica Nacional de la Radio Polaca. Lo vi solo por fuera y me pareció interesante como pieza moderna que completa esta zona. Paseando entre estos edificios entendí buena parte de por qué merece la pena visitar Katowice. La ciudad ha levantado su arquitectura nueva junto a la antigua mina, y la mina sigue ahí.

El Museo de Silesia es, para mí, lo imprescindible de la ciudad. Ocupa los terrenos de la antigua mina Katowice, que funcionó entre 1823 y 1999, y conserva el castillete Warszawa II, de 40 metros de altura. Empecé paseando por el recinto exterior, que es gratis, entre los edificios mineros rehabilitados y los cubos de cristal nuevos.

Luego bajé a las salas, que están a 14 metros bajo tierra. Ahí abajo está la exposición sobre la historia de la Alta Silesia y una buena colección de arte polaco de los siglos XIX y XX. Pagué la entrada general de 29 PLN, aunque los martes se entra gratis, así que si te cuadra el día conviene organizarse para ir en martes.

Ladrillo rojo, fachadas y terrazas: los rincones más bonitos de Katowice

En el centro empecé por el Rynek, que poco tiene que ver con la típica plaza mayor polaca. Son tres plazas unidas y cruzadas por las vías del tranvía, así que no invita mucho a quedarse. Aun así me paré delante del Teatro de Silesia, de 1907, y me gustó su fachada simétrica con figuras alegóricas del teatro y la música. Bonita, y merece una parada.

Bajando desde el Rynek hacia la estación está la calle Mariacka, que fue mi sitio favorito para sentarme. Es peatonal, tiene casas del siglo XIX a los dos lados y terrazas una detrás de otra, así que me pedí una cerveza y me quedé mirando las fachadas y a la gente pasar. Hay cocina de todo tipo, de la italiana a la india, y en verano se llena de gente joven. Con la cerveza en la mesa pensé que merece la pena visitar Katowice aunque solo sea por el ambiente de esta calle.

Al fondo se levanta la iglesia de Santa María, neogótica, de ladrillo y arenisca, construida entre 1862 y 1870. Es la iglesia católica de ladrillo más antigua de Katowice y me pareció muy bonita, sobre todo vista de frente desde la propia calle. Caminé hasta el final de la Mariacka para hacer la foto con la iglesia cerrando la perspectiva, y queda muy bien.

Para la catedral de Cristo Rey me alejé un poco del centro hacia el sur. Es la catedral más grande de Polonia, levantada entre 1927 y 1955, y mezcla un neoclasicismo sobrio con detalles art déco. Como la entrada es libre fuera de las misas, entré y bajé a la cripta donde están enterrados los obispos y al Panteón de la Alta Silesia. Me gustó mucho, más por la escala que por la decoración.

Nikiszowiec me costó algo más porque está a unos 5 km del centro, así que cogí el autobús 930. Fue lo mejor del viaje. Es un barrio minero construido entre 1908 y 1918 para los trabajadores de la mina Giesche, todo de ladrillo rojo, con bloques de viviendas que rodean un patio interior.

Lo que más me llamó la atención es lo bien conservado que está. Caminé por los arcos de paso que unen unos bloques con otros y me fijé en los marcos de las ventanas, pintados de rojo, que se repiten en todas las fachadas. Precioso para callejear, y solo por este barrio ya merece la pena visitar Katowice. En la plaza central está la iglesia de Santa Ana, de 1927, y ahí me senté a mirar el conjunto.

Ya que estaba por esa zona, me acerqué también a Giszowiec, que diseñaron los mismos arquitectos, Emil y Georg Zillmann. Aquí la idea fue otra, una ciudad jardín en medio del bosque con casas inspiradas en la casa de campo de la Alta Silesia. Me resultó interesante como contraste con Nikiszowiec, aunque una parte del barrio se derribó en los años 70 y queda menos que ver.

¿Volvería a Katowice o me quedaría en Cracovia?

Volvería, y le dedicaría más tiempo a Nikiszowiec. Katowice tiene poco de ciudad bonita en el sentido clásico y le falta un casco antiguo como el de Cracovia. A cambio enseña arquitectura industrial reconvertida y edificios modernos que no he visto en otras ciudades polacas.

La ciudad se ve en un día completo, y con dos vas tranquilo para incluir Nikiszowiec y el museo sin correr. Si vuelas al aeropuerto de Katowice desde España para ir a Cracovia, mi consejo es quedarte al menos un día antes de coger el tren.

Me quedo con Nikiszowiec, con la bajada al Museo de Silesia y con el Spodek iluminado de noche. Así que sí, merece la pena visitar Katowice, sobre todo si llegas sin esperar gran cosa. Igual la pregunta de verdad es cuántas ciudades por las que pasamos de largo camino de otro sitio merecerían una parada.

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