¿Merece la pena visitar Ourense? Descubre mi opinión sincera

Llegué a Ourense sin saber muy bien qué esperar. La ciudad no tiene costa, no aparece en las listas habituales de escapadas gallegas y apenas la había oído nombrar entre amigos viajeros. Me bastaron un par de calles de granito y una terraza en la Plaza Mayor para darme cuenta de que estaba subestimándola. Preguntarse si merece la pena visitar Ourense es legítimo, porque la ciudad pasa desapercibida entre vecinas con más tirón como Santiago o Vigo. Pero esa discreción tiene ventajas: menos turistas y la sensación de estar descubriendo algo que todavía no ha sido devorado por las guías.

Ourense se camina sin mapa. En un par de días la recorres con calma, parando en las plazas y bajando hasta el río Miño cuando te apetece. El casco histórico es compacto, todo queda a cinco o diez minutos andando, y esa escala se nota en el ritmo de la gente y en las terrazas medio vacías a media mañana. Me moví a pie todo el tiempo y no eché en falta nada más.

Granito, fuentes termales y tapeo entre soportales

Empecé el recorrido por la Plaza Mayor, que tiene algo raro para ser una plaza española: está inclinada. Me senté en una de las terrazas de los soportales a tomar un café mientras miraba las fachadas nobles y el ayuntamiento al fondo. Es una plaza amplia y bonita, con ese granito gallego que envejece bien y con unos soportales que a primera hora de la mañana todavía están tranquilos. Recomiendo tomarse algo aquí antes de empezar a caminar el centro.

Desde la plaza bajé caminando hasta As Burgas, las fuentes termales que brotan en pleno centro a más de 60 °C. La fuente neoclásica es bonita y los jardines de delante también, así que me quedé un rato sentado viendo el vapor subir de las surgencias. Acerqué la mano al caño abierto y quema de verdad. Ese detalle, agua hirviendo saliendo de la piedra en mitad de una ciudad, es lo que convierte a Ourense en algo distinto al resto de capitales gallegas.

Volví sobre mis pasos hasta la Plaza del Trigo, pegada a la fachada sur de la catedral. Tiene una fuente en el centro y unos soportales que enmarcan la vista del templo de fondo. Recomiendo visitarla antes de entrar a la catedral.

Cuando apretó el hambre me fui a la zona de Os Viños, el entramado de callejuelas que arranca en la Plaza del Hierro y se extiende hasta los alrededores de la catedral. La plaza es muy antigua y conserva una fuente en medio bonita, rodeada de soportales y edificios del siglo XV. Pedí un ribeiro, probé lo que iba saliendo de las barras y me quedé más tiempo del previsto. El ritmo aquí es otro, más pausado, y se nota que los que están en las mesas son del barrio. Si alguien duda de si merece la pena visitar Ourense, le sugiero que se acerque aquí cualquier mediodía.

Los rincones que no esperas en una ciudad sin mar

La Catedral de San Martiño es pequeña comparada con otras catedrales gallegas, pero por dentro compensa con creces. Entré y recorrí varias salas, cada una con un carácter distinto. Lo que más me impresionó fue el Cristo Románico, un monumento espectacular que merece una parada larga. Impacta de verdad. Solo por esa pieza ya entiendo que haya quien visite Ourense expresamente para ver la catedral.

Subí después al Claustro de San Francisco, en la parte alta de la ciudad. Me pareció espectacular. Sus más de 60 arcos de piedra decorados con motivos vegetales y animales son preciosos, y la entrada es gratuita. Llegué con el patio casi vacío y me senté un buen rato a mirar los capiteles. Es de esos sitios donde conviene no tener prisa.

Bajé otra vez al centro y me metí por el Eironciño dos Cabaleiros, una plaza pequeña con fachadas de granito donde se conserva el aire del antiguo barrio aristocrático. El balcón rojo de madera de la Casa de María Andrea es lo primero que llama la atención al entrar. Pedí algo en una de las terrazas y me quedé un rato viendo pasar gente. Es un rincón recomendable para tapear con calma, lejos del circuito más evidente.

El paseo hasta el Puente Romano es corto y conviene hacerlo sin prisa. El puente cruza el Miño con una silueta poderosa que me recordó al de Camprodón. Crucé a pie, me paré a mirar los tajamares y el empedrado gastado por los siglos, y seguí hasta la otra orilla. Merece la pena visitar Ourense aunque sea solo por caminar este puente al atardecer con el casco histórico a la espalda.

Río arriba se distingue el Puente del Milenio, construido en 2001. Es bonito de lejos por su curva cóncava de acero y hormigón. El contraste con el puente romano, separados por unos cientos de metros, resume bien los dos tiempos de la ciudad. No subí a la pasarela elevada, pero queda apuntado para otra visita.

Caminé río arriba por el sendero que bordea el Miño hasta la zona de las termas al aire libre. El paseo es agradable y llano, unos quince minutos desde el puente. Las de Chavasqueira tienen piscinas exteriores gratuitas con agua por encima de 40 °C junto al río, y un poco más adelante las de Outariz son de pago pero con buen mantenimiento. La posibilidad de terminar la jornada metiéndote en agua termal al aire libre junto al Miño es probablemente el mejor argumento de Ourense para convencer a cualquier escéptico.

¿Volvería a Ourense un fin de semana cualquiera?

Ourense es bastante bonita y no necesita vender nada que no tenga. Recorrí su casco histórico de plaza en plaza y tapeé en Os Viños hasta perder la cuenta de los ribeiros. Todo cabe en un par de días sin carreras ni madrugones. La ciudad no intenta impresionar con grandes promesas y eso es justo lo que la hace agradable.

Si me preguntan si merece la pena visitar Ourense, contesto que sí sin pensarlo. Es una ciudad que funciona mejor de lo que su fama sugiere, con un patrimonio que sorprende y una cultura termal que no he visto en ninguna otra capital española de este tamaño. Eso, para mí, es la mejor señal de que un sitio merece la vuelta.

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