Llegué a Tudela un sábado por la mañana y lo primero que hice fue cruzar a pie el Puente del Ebro, 360 metros y 17 arcos sobre el río más caudaloso de Navarra. Paré a mitad de camino para mirar el caserío apretado bajo el cerro de Santa Bárbara. Con esa primera imagen ya intuía la respuesta, y la confirmo ahora que escribo esto. Sí, merece la pena visitar Tudela.
La segunda ciudad de Navarra es más pequeña de lo que su historia sugiere. Aparqué junto al casco antiguo y no volví a tocar el coche hasta la tarde, porque todo queda a menos de quince minutos andando. Eso marca el plan. Tudela se ve bien en un día, sin madrugones ni carreras, y encaja perfecto como parada intermedia porque está a una hora de Pamplona y a otra de Zaragoza.
Conviene decirlo claro. Algunas calles del casco muestran fachadas cansadas y tramos con poca vida, sobre todo lejos de las zonas monumentales. Lo comprobé al callejear sin rumbo la primera media hora y no arruina nada, pero sitúa las expectativas. Esto es una ciudad de verdad con un centro histórico notable, no un decorado preparado para el turista.
Una ciudad de tres culturas que se recorre entera a pie
Empecé por el casco antiguo sin plano, que es como mejor funciona. Son calles estrechas y empedradas, llenas de casas antiguas, con tramos donde apenas cabe un coche. Aquí convivieron las tres culturas durante mil años y el trazado lo delata. Giré varias esquinas sin saber muy bien dónde estaba, salí dos veces a la misma placita sin pretenderlo y no me importó lo más mínimo.
Después busqué las dos juderías con el mapa de la oficina de turismo. La Vétula ocupaba la zona cercana al río Queiles y la Nueva se trasladó en 1170 junto al castillo hoy desaparecido. Quedan pocos restos materiales, aunque el callejero conserva nombres como la calle Benjamín de Tudela, el viajero medieval más famoso de la ciudad. Tudela forma parte de la Red de Juderías de España y ese pasado sigue muy presente en el paseo.
En una de esas vueltas me topé con el Palacio del Marqués de San Adrián, que pasa por ser el mejor palacio renacentista de Navarra. La fachada de ladrillo es austera, pero levanté la vista y el alero de madera tallada justifica la parada. Hoy es sede de la UNED, así que me conformé con verlo por fuera y seguir.
Terminé el recorrido en la Plaza de los Fueros y me senté en una terraza frente a la Casa del Reloj. Es una plaza porticada preciosa, antiguo coso taurino, con las fachadas decoradas con los escudos de los pueblos de la Ribera. Ahí está también el letrero de TUDELA, donde para casi todo el que pasa. Tomando algo al sol entendí que merece la pena visitar Tudela aunque solo sea por ratos así.
Los rincones de Tudela que más me gustaron
La Catedral de Santa María es lo más espectacular de la ciudad, por fuera y por dentro. Me quedé un buen rato delante de la Puerta del Juicio, una portada encajada entre casas con las arquivoltas llenas de escenas del Génesis y del Juicio Final, demonios incluidos. Dentro sorprende lo decorado que está todo, con una cúpula que no me esperaba. Eché también un vistazo al claustro románico, que pide calma y da para una visita aparte.
La Torre Monreal me encantó. Es una torre defensiva hexagonal de ladrillo, con su aljibe medieval conservado, que hoy funciona como cámara oscura. Subí y el sistema de espejos proyecta una imagen de la ciudad en tiempo real, 360 grados de Tudela moviéndose delante de ti. Abajo hay paneles sobre las culturas que convivieron aquí. Muy recomendable, y de las visitas más singulares que recuerdo.
Desde la torre encaré la subida al cerro de Santa Bárbara por el sendero que sale del casco antiguo. Arriba queda la estatua del Sagrado Corazón sobre lo que fue el castillo, desmochado hace siglos. Y las vistas. Unas panorámicas espectaculares de Tudela y de mucho más allá, con el Ebro y la huerta a los pies. Se sube en un rato y es gratis.
Bajando hacia el río pasé junto a la iglesia de la Magdalena, la única románica que sobrevive de las que llegó a haber en la ciudad, con su torre esbelta y un tímpano que conviene mirar despacio. Rematé de nuevo en el Puente del Ebro. La luz daba de lado y el puente quedaba bien en la foto, así que la hice y la subí a redes. Con planes tan sencillos como estos, merece la pena visitar Tudela una jornada entera sin mirar el reloj.
Mi veredicto después de un día en Tudela
Tudela se ve en un día. Lo digo sin ánimo de rebajarla, porque ese día se aprovecha muchísimo y se pasa rápido. Llegué por la mañana, lo recorrí todo andando y me marché al caer la tarde con la sensación de haber entendido la ciudad.
Antes de irme me asomé a un par de bares del casco antiguo y las cartas giran alrededor de la verdura de la Mejana, la huerta que había visto desde el cerro. Alcachofas y cogollos de Tudela por todas partes, y en abril celebran unas fiestas dedicadas por completo a la verdura. Ese vínculo entre la vega y la mesa es de lo que más identidad da al sitio.
¿Volvería? Seguramente de paso, aprovechando que queda a mitad de camino entre Zaragoza y Pamplona. Y esa es mi conclusión honesta. Merece la pena visitar Tudela si estás por la zona, sin desvíos épicos ni expectativas infladas, sabiendo que en una jornada te llevas una catedral de primera y un casco antiguo con mil años encima. Yo me quedo con la imagen de la ciudad moviéndose en directo dentro de la cámara oscura, que resume bien lo que ofrece este lugar, bastante más de lo que promete visto desde la autovía.