¿Merece la pena visitar Gijón? Aquí descubrirás la respuesta más sincera

Escuché el golpe seco de las olas contra el muro antes incluso de cerrar la puerta del coche. Aparqué en el parking subterráneo cerca de la Playa de San Lorenzo, una decisión práctica porque el tráfico en el centro se veía denso y así aproveché la tarifa reducida por alojarme en la zona. La temperatura marcaba unos agradables 19 °C, pero el viento soplaba con fuerza, recordándome que esto es el norte y aquí el clima manda sobre cualquier plan.

Caminé los primeros metros por el Paseo del Muro y me detuve un momento en la Escalerona para mirar el termómetro y el medidor de mareas que corona su pilar. Mi primera impresión fue la de una ciudad que vive de cara al mar, sin artificios, donde la gente pasea con chubasquero aunque no llueva por si acaso. Me registré en el hotel, dejé la mochila y salí de nuevo a la calle con una idea clara: merece la pena visitar Gijón aunque solo sea por esa mezcla de salitre y asfalto que se respira nada más llegar.

Dos días de piedra, sidra y cuestas

Decidí que un fin de semana era tiempo más que suficiente para tomarle el pulso a la ciudad sin prisas. Empecé subiendo hacia el barrio de Cimadevilla, perdiéndome por sus calles empedradas que aún conservan ese aire de antiguo pueblo de pescadores. Entré en la Plaza Mayor y me senté un rato a observar el Ayuntamiento; el suelo de piedra y los edificios porticados le dan un empaque clásico que contrasta con el bullicio de las sidrerías que ocupan los bajos.

Subí la cuesta hacia el Parque del Cerro para ver de cerca el «Elogio del horizonte». Me coloqué justo en el centro de la mole de hormigón para escuchar el zumbido del viento, un efecto curioso que justifica la caminata hasta la parte más alta. Desde allí arriba, las vistas de la costa cantábrica son directas y crudas, lejos de cualquier adorno innecesario. Confirmé que merece la pena visitar Gijón cuando bajé hacia el puerto deportivo y vi el Árbol de la Sidra, hecho con miles de botellas verdes que brillaban bajo una luz grisácea.

Terminé la jornada caminando por el Paseo de Begoña, aprovechando sus zonas ajardinadas para descansar un poco del asfalto. Es una zona amplia, perfecta para ver el ambiente local y entrar en alguna tienda si necesitas comprar algo de última hora. Mientras tomaba algo en una terraza, me di cuenta de que la ciudad se recorre bien a pie, sin necesidad de grandes desplazamientos. No hay duda de que merece la pena visitar Gijón si buscas un destino equilibrado entre historia romana, cultura marinera y una buena mesa.

Escenarios para una cámara sin filtros

Si buscas los puntos más fotogénicos, la Plazuela del Marqués es, para mi gusto, de lo mejor de la ciudad por el conjunto que forma el Palacio de Revillagigedo y la estatua de Don Pelayo. Caminé unos metros más y entré en la Iglesia de San Pedro Apóstol, cuya silueta recortada contra el mar es lo más característico del perfil costero gijonés. Justo al lado, bajé a las Termas Romanas de Campo Valdés; pagué la entrada y recorrí las pasarelas viendo los restos de las antiguas salas de baños del siglo I, un sitio pequeño pero muy bien conservado.

Seguí la ruta hacia la Casa Natal de Jovellanos, una casona de finales del siglo XVI que me pareció preciosa por dentro, especialmente su patio interior y la colección de pintura asturiana. Después me acerqué al puerto de Gijón, donde las letras rojas gigantes son el punto típico para la foto, aunque yo preferí seguir hasta la Playa de Poniente para ver los antiguos astilleros. Para salir un poco del centro, cogí el coche y conduje unos 5 km hasta el Jardín Botánico Atlántico. Me llamó la atención el laberinto de laurel, aunque lo que realmente me impresionó fue visitar La Laboral de Gijón.

Es un edificio inmenso, el más grande de España, y para mí es el auténtico imprescindible del viaje. Entré en su iglesia de planta elíptica y subí a la torre de 130 metros para tener la mejor panorámica de toda la región. Es un espacio funcional, reconvertido en ciudad de la cultura, que impone por sus dimensiones de estilo herreriano. La piedra de la torre quedaba muy bien con la luz del atardecer, ideal para llevarse un buen recuerdo visual sin necesidad de posados artificiales.

Pero, ¿Merece la pena visitar Gijón o no?

Después de recorrer desde el Muro de San Lorenzo hasta la inmensidad de La Laboral, mi conclusión es clara y directa. Gijón no necesita venderse con frases hechas porque su atractivo reside en su normalidad y en lo bien que funcionan sus espacios públicos. Subir al Cerro de Santa Catalina, tomarse una sidra en el barrio de Cimadevilla o pasear por la Plaza Mayor son experiencias que dejan un recuerdo sólido y agradable.

Es una ciudad cómoda, de tamaño manejable y con una oferta cultural que sorprende, especialmente en la zona de Cabueñes. Me voy con la sensación de haber aprovechado bien el tiempo y de que la gastronomía y el paisaje compensan cualquier racha de viento fuerte. Si tienes un par de días libres y buscas una ciudad con carácter, definitivamente merece la pena visitar Gijón. Al final, viajar consiste en encontrar lugares que funcionen sin necesidad de explicaciones complejas.

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