Aparqué el coche en la Plaza de España y lo primero que noté al bajar la ventanilla fue el sonido de los pasos sobre el pavimento mojado; hacía una temperatura fresca de 16 °C que me obligó a cerrarme la chaqueta antes de empezar a caminar. Crucé la explanada hacia el lateral de la plaza y me encontré de frente con las Ruinas de Santo Domingo, un esqueleto gótico del siglo XIV que impone bastante más en persona que en las fotos.
Entré al recinto para observar de cerca la cabecera porticada y las cinco capillas que aún resisten, donde me detuve a mirar unos escudos heráldicos grabados en piedra que están increíblemente bien conservados. Caminé unos 300 metros desde allí, pasando por delante del Ayuntamiento, y me di cuenta de que la ciudad es extremadamente cómoda para recorrerla a pie sin rumbo fijo. Aunque el cielo amenazaba con lloviznar, la estructura compacta del centro histórico me convenció de que merece la pena visitar Pontevedra.
Piedra, peatones y el ritmo de las plazas
Caminar por un casco antiguo totalmente peatonal cambia por completo la percepción de una ciudad, ya que te permite centrarte en las fachadas sin miedo a que te atropelle un coche. Subí por la Rúa Michelena hasta desembocar en la Plaza de la Peregrina, donde me senté un momento en un banco frente a la famosa escultura del loro Ravachol. La iglesia tiene una planta circular con forma de vieira que se ve muy curiosa desde el centro de la plaza y, aunque había bastante gente, logré sacar un par de fotos limpias.
Seguí la ruta natural hacia el Convento de San Francisco, una mole de piedra del siglo XIV que domina un lateral de la Plaza A Ferrería y que decidí visitar por dentro para ver el sepulcro de Paio Gómez. Al salir, me metí directamente por la Rua Soportales, una calle corta pero llena de encanto medieval donde las columnas de piedra protegen las terrazas de los bares. Me paré a tomar un café bajo uno de esos arcos porque el ambiente era muy tranquilo y me reafirmé en que merece la pena visitar Pontevedra.
Continué el paseo hacia la Plaza de la Verdura, donde las antiguas tabernas bajo los soportales le dan un aire muy auténtico a la zona. Me detuve a leer la placa de la Casa da Luz, que fue una de las primeras fábricas eléctricas de España, un dato que no esperaba encontrarme en medio de un barrio tan antiguo. En este punto, después de haber cruzado varias plazas seguidas, te das cuenta de que la ciudad está diseñada para disfrutarla despacio y que, efectivamente, merece la pena visitar Pontevedra.
El recorrido por el que merece la pena visitar Pontevedra
Si buscas rincones estéticos, la Plaza de la Leña es el lugar donde más veces saqué el teléfono para hacer fotos porque el cruceiro del siglo XVI en el centro y las casas de piedra con balcones llenos de flores son muy chulos para Instagram. Desde allí bajé hacia el Ponte do Burgo, un puente de origen romano que cruza el río Lérez y que forma parte del Camino de Santiago. Caminé sobre sus once arcos de piedra y aproveché la luz de la tarde para captar el reflejo del agua, que en ese momento estaba muy calmada.
Volví hacia el centro para pasar por la Plaza das Cinco Rúas, un punto donde confluyen cinco calles estrechas y donde vi la casa en la que vivió el escritor Valle-Inclán. Terminé el recorrido ante la fachada de la Basílica de Santa María la Mayor, que parece un retablo tallado en piedra con un nivel de detalle que impresiona bastante. Me gustó mucho el contraste entre la sobriedad del gótico gallego y la elegancia de las plazas, lo que hace que cada rincón sea precioso y muy fácil de fotografiar.
Mi opinión más sincera sobre Pontevedra
Después de recorrer su casco histórico, tengo claro que la experiencia compensa y que es un destino ideal para dedicarle un fin de semana completo. Me quedo con la imagen de la Plaza de la Leña y la tranquilidad de caminar por la Rua Soportales sin el ruido del tráfico constante que suele haber en otras capitales. Aunque algunos puntos pueden estar más concurridos, la belleza de lugares como las Ruinas de Santo Domingo o la Basílica de Santa María justifica totalmente el viaje.
Creo que la ciudad tiene un equilibrio perfecto entre historia, estética moderna y una escala humana que se agradece mucho al viajar. No hace falta complicarse con grandes planes; simplemente pasear por la Plaza de la Verdura o cruzar el Ponte do Burgo ya te da una idea de por qué este lugar es especial. Por todo esto, mi opinión es firme: merece la pena visitar Pontevedra. A veces, las ciudades que no intentan impresionarte con grandes lujos son las que mejor sabor de boca te dejan.