El sonido metálico del tranvía 15 frenando sobre los raíles fue lo primero que escuché al salir de la estación de Cornavin. Hacía una temperatura algo fresca, rondando los 12°C, y decidí caminar los 600 metros que me separaban del hotel en lugar de buscar un taxi. Al cruzar el puente sobre el Ródano, la primera impresión fue de un orden absoluto, casi clínico, donde todo parece funcionar con la precisión de los relojes que anuncian en cada esquina.
Es una ciudad que impone por su rectitud, pero al acercarme a la orilla del lago, el ambiente se relaja un poco con el movimiento de los patos y los barcos amarillos conocidos como Mouettes. Me detuve un momento a observar el precio de un café en una terraza y confirmé lo que ya sospechaba: los 5 francos suizos por un expreso marcan el ritmo del presupuesto.
A pesar de esa barrera económica inicial, pronto me di cuenta de que pasear por sus calles limpias tiene un valor propio. Tras los primeros pasos por el muelle, saqué la conclusión de que, efectivamente, merece la pena visitar Ginebra.
Una ruta de contrastes entre el lujo y la piedra
Caminé hacia el centro histórico, subiendo por las cuestas empedradas de la Grand-Rue para alejarme del tráfico de la zona baja. Entré en una pequeña librería de viejo y luego seguí hasta la Place du Bourg-de-Four, donde decidí sentarme en un banco a ver pasar a la gente. La arquitectura aquí cambia radicalmente, sustituyendo el cristal de los bancos por fachadas medievales que se conservan impecables. Creo que merece la pena visitar Ginebra aunque solo sea por perderse en este laberinto de piedra que parece ajeno al resto de la ciudad moderna.
Bajé de nuevo hacia el agua y me encontré con el Jet d’Eau, que lanzaba su chorro a 140 metros de altura con una fuerza que generaba una bruma constante. Esquivé a un grupo de turistas que se hacían fotos y caminé por el espigón hasta sentir las salpicaduras del agua en la cara. No es un espectáculo sutil, pero define perfectamente la escala de esta ciudad. Al final del recorrido, convencido por la mezcla de historia y fuerza natural, repetí para mis adentros que merece la pena visitar Ginebra si buscas un destino que se siente sólido y bien resuelto.
Rincones por los que merece la pena visitar Ginebra un fin de semana
Empecé mi recorrido estético en el centro histórico, donde la Catedral de San Pedro destaca por su mezcla de estilos; subí los 157 escalones de su torre para tener una panorámica real de los Alpes. A pocos metros, entré en la Maison Tavel, la casa más antigua de la ciudad, que resulta preciosa por dentro gracias a su estructura de piedra del siglo XIV. Caminé después hacia el Parc des Bastions para ver el Muro de los Reformadores y crucé a la Place de Neuve, un espacio rodeado de edificios destacados como el Gran Teatro que queda muy guapo en las fotos por su aire señorial.
Me acerqué al Jardín Inglés para ver el Reloj de Flores, compuesto por unas 12.000 plantas, y seguí la orilla hasta el Parque La Grange, donde me perdí entre sus más de 200 variedades de rosas. En contraste con la sobriedad suiza, la Iglesia ortodoxa rusa con sus cúpulas doradas me pareció un punto visualmente muy potente. También tomé el tranvía para ir al barrio de Carouge, con sus calles de estilo italiano, y llegué hasta La Jonction para ver cómo chocan los colores de los ríos Arve y Ródano. Antes de irme, pasé por la Sede de las Naciones Unidas, el Jardín Botánico y el Museo CERN, lugares que, aunque más funcionales, completan la identidad de la ciudad.
Mi opinión tras caminar por las calles de Ginebra
Después de recorrer los barrios y parques, me queda claro que la ciudad ofrece mucho más que una simple imagen de centro financiero internacional. Me senté en una plataforma de madera en los Bains des Pâquis a ver atardecer sobre el lago y sentí que el gasto extra que exige la ciudad se compensa con la calidad de sus espacios públicos. Es un sitio donde las cosas funcionan, los parques están cuidados y la historia se toca en cada esquina del casco viejo.
No es una ciudad para ir con prisas, sino para caminarla y aceptar su ritmo pausado y algo elitista. Me llevo el recuerdo de los colores de los ríos y el silencio de las calles de Carouge como puntos clave del viaje. Mi conclusión es que la experiencia es sólida y equilibrada para una escapada corta. Sin duda, merece la pena visitar Ginebra.